jueves, 28 de mayo de 2009

Manumisión - Hedor

Cuando el día primero de mi última semana como tripulante de esta flota llego por fin a la hongosa sentina, me recibe el apestado, luciendo una mascarilla color quirófano, color turquesa desvaído, y los buenos días que me da son de ese verde en concreto.

Nunca había hablado del apestado. Es un tipo suspicaz e introvertido, probablemente sea buena persona en el fondo, pero nadie lo sabe porque le pueden sus propias intrigas, y por eso vive enemistado con los demás. En realidad yo también soy de esta manera, el apestado bien podría ser un hipotético yo mismo, si hubiera llegado hace varios años en lugar de uno solo. Por fortuna, hace varios años estaba curtiéndome en muy sórdidos lugares donde precisamente aprendí a desenvolverme con campechanía por mucha escoria que me rodee.

Pues lleva la mascarilla por no sé qué alergia que dice, le molesta la sequedad del aire, el polvo del cartón, la aspereza de las cajas. No puedo sino aplaudir su prudencia, después de todo mis proverbiales afecciones epidérmicas surgieron precisamente durante una época en la que manipulaba a diario polvorientas cajas y botes de sustancias químicas altamente concentradas. Abrasivos tóxicos densos y pegajosos dentro de botes azul oscuro, botes polvorientos donde cualquier mano dejaba huella, tapones que parecían verdes hasta que al desenroscarlos se revelaban negros, verde eran el polvo y el moho, e incluso dentro, dentro de ese bote hermético, había una capa de polvo y pelusa sobre la superficie del líquido tóxico, de la sustancia química color marrón oscuro, color herrumbre.

Sí, allí me salió el primer eczema, y desde entonces me recorre la piel de la mano, avanza lentamente al mismo ritmo que se cura, todo este tiempo me ha dado varias vueltas a los dedos. Podría medir el tiempo según estas órbitas eczémicas, si el sol se evaporase de golpe todo el mundo recurriría a mí para saber cuándo es verano.

Esta hongosa sentina me está trayendo recuerdos no del todo gratos. Ello es síntoma de la ruina total y efectiva de aquel buque que ya hacía aguas cuando me recogió, al cual vi hundirse poco a poco, desvencijarse, hasta encallar en un fangoso arrecife y finalmente ser recogido para su desguace por la nave nodriza, el buque insignia del infame pirata Cogesable.

Buque insignia, nave nodriza, estrella de la muerte, fortaleza infernal. Sin ventanas. Bueno, sí, las hay pero parecen de búnker, tienen láminas de hormigón separadas por ranuras donde no cabe un meñique. Ventanas que dan a una de las escalinatas de entrada, me explico: dan al interior de las escalinatas, que no son ni mucho menos macizas. El poco paisaje que se adivina entre las láminas es este oscuro hueco, lleno de polvo y cascotes. No corre el aire, no da la luz. Por si fuera poco, y juro por mi miembro pene que todo esto que digo es cierto, al pie de la ventana hay un foso de rejas fangosas donde caeríamos, caso de intentar escapar y haber logrado abatir las láminas de hormigón con la ayuda de un mazo muy pesado o un potente explosivo. Dicho foso exuda un hedor frío y extraños ruiditos, sonidos que reverberan de una forma muy particular, gélida, acuosa.

Pues aquí abajo viven ahora, y yo todavía, con gesto de condenado. Apilados en un sotanillo, encajonados entre columnas, en un opresivo ruedo de armarios donde no hay ventanas ni más luz que la que rezuman estos tubos de halógeno parpadeante. Encima de mi mesa han puesto un contador geiger, no sé para qué, pero si soplas hacia el sensor, hace ese ruidito característico, crepita.

Este es el aire que se respiran unos a otros, a la cara, o en la oreja, odiándose cada día un poco más. El que peor lo lleva es el bueno de Don Tancredo, custodio de la herencia de tiempos mejores, dueño del obsoleto legado de innúmeras latas y bobinas que produjo esta otrora insigne nave de la industria cinematográfica íbera. Para entrar en sus dominios hay que ponerse de perfil, o no se cabe, y ahí está, acurrucado sobre una mesa atestada de juguetitos, el flexo haciendo sudar su frente, una cazuelita de callos picantes en una mano, en la otra los palillos con los que se la está comiendo. Saluda con un mugido.

Ellos, y yo todavía, llegamos tarde y nos vamos pronto, en cuanto podemos. Salvo el otro día, cuando encontramos un pergamino despedazado en la papelera del comodoro timorato. Por entretenernos probamos a reconstruirlo, y lo cierto es que no fue difícil encajar las piezas de papel y adherirlas entre sí con celo. Lo complicado fue interpretar las palabras que había garabateado allí este chalado.

"-Cacahuetes nacarados ¡demasiada sal! Imposible abrirlos.

-Fisura craneal (¿fuga?) Bulto bajo piel, forma de giba, bolsa de líquido al tacto. Si no se toca, cada vez más grande, y si se toca, se desplaza hacia otro sitio pero al rato surge nueva bolsa de líquido en punto de fisura. Distribuir uniformente por todo el cráneo cada cierto tiempo pasándose la mano. Confiar en que nadie note agrandamiento de cabeza.

-Subvención: Auditoría el martes, auditor sospechoso, posible masón. Inventar excusa.

-Reunión de ejecutivos en casa de Demetrio Gonzaga. Comer mucho la víspera y no ir al baño en todo el día, nada más llegar hacer pis en su cisterna, cagar en su lavabo y limpiarse con su toalla.

-Adelita coge el teléfono en cuclillas ¡NO DEJAR QUE TOQUE MIS COSAS! ¡DIOS, LA MATARÉ COMO TOQUE UNA SOLA DE MIS COSAS!

-Botella de Tropicana, botella amarilla de extraño olor, etiqueta hortera con mulata y muchas frutas, aparecida como de la nada justo después de traslado (posible masón).

Nota mental: esperar a que se vayan todos e introducir la picha en la bisagra de la puerta y embestir hasta eyacular o hacerla trizas, lo que ocurra antes."

No veo la hora de largarme de aquí.