viernes 26 de junio de 2009

A la rapiña

Al final ni obra maestra ni nada. Quiero decir que la escritura del guión pornográfico me ha sido del todo imposible, ya que de tanto imaginar tórridas situaciones, apenas llevaba media página escrita tenía que parar, tomadas las entrañas por una ardiente lujuria que me veía obligado a desfogar inmediatamente. Así, con estas intermitencias, no había manera de mantener la perspectiva de la obra, y si luego se leían una tras otra esta serie de medias páginas inconexas, la mente del lector era sometida a un paseo extremadamente abrupto, escarpado y tuercebotas.

De manera que mi tiempo lo ocupo como ya digo en masturbarme. El grueso de él, digo, del tiempo, pero no todo el rato. Estando desempleado uno tiene también ocasión de leer y ver muchas películas en su casa, lo cual es bueno, pero acaba pareciéndose un poco a estar en presidio, piensa uno en sacarse la carrera de Derecho por correo, no sé si me explico.

Por suerte no estoy preso, sólo perdido, así que puedo salir a la calle a vagabundear. Si alguien me hubiera dicho hace un par de meses que dejaría voluntariamente de ir en coche, le habría abofeteado sin duda. Pero es que con semejante calor no hay quien se meta en la pequeña carcasa roja de mi destartalado forfiesta, un verdadero horno que bufa vaharadas de aire abrasador al abrir sus portezuelas, eso cuando quiere abrirlas, que el otro día por poco me quedo encerrado en su interior, hirviendo al calor del sol de mediodía. El volante que escalda mis manos, las ruedas reblandecidas, al mínimo frenazo subliman en forma de humo blanco y de gomoso olor.

He vuelto por tanto a viajar en autobús, por el aire acondicionado, claro está, pero también, no puede negarse, por rodearme de seres humanos, para variar la perenne y onanita soledad en la que vivo. Es verdad que al principio lo he hecho, esto de viajar en público, con la mirada fija en un libro y los auriculares puestos, derrochando renegada pose. Poco a poco he levantado la vista y mirado a mi alrededor, a través de la ventanilla concretamente. En la calle el habitual empedrado de cuerpos, pies enchancletados, barrigas rumanas, camisetas de tirantes por doquier, chicas con pantalones muy cortos y un montón de piernas, una madre con vestido que se agacha a coger algo del carrito que empuja, se agacha y la brisa traicionera deja al descubierto por un segundo la ausencia de bragas. Con este calor todo son carnes de muslo, también dentro del autobús. Una chica de pelo negro y piel muy pálida, con labios finos, pintados de rojo, otra de piel seguramente morena, pero que se cubre de maquillaje para parecer pálida, lo sé porque el talco difumina el tatuaje que lleva en el omóplato. A mí cada cual que haga lo que quiera, pero yo un tatuaje sólo me haré si algún día cruzo el ecuador a bordo de algún paquebote, y será un alambre oxidado lo que garabatee torpemente un ancla en mi antebrazo.

Una gorda de exótico acento hablando por su celular, con el altavoz puesto, así y todo en la oreja. Noto que estoy padeciendo los rigores del calor cuando escuchando su insulsa conversación pienso que no está hablando con otra persona, que no hay otra persona al otro lado del teléfono sino que es el propio celular el que le habla, tiene activado un modo de cháchara automática, aleatoria y estridente.

También lo sé porque empiezo a ver números aparentemente significativos por todas partes. Cada vez que miro un reloj, son las 13:31, las 12:21, las 18:18 o cosas así. No sólo números, me pasa también con palabras, que se aparejan formando palíndromos. Me quedo perplejo, claro, desbordado por la cantidad de coincidencias absurdas que se me aparecen, pero por suerte enseguida me corrijo, ya me conozco las ebulliciones de la cabeza y sé que sólo tienen un culpable: este bochorno paposo y asfixiante. Intento combatirlo mojándome al llegar a casa y apuntando hacia mi piel el ventilador, es inútil, puede haber un refrigerio momentáneo pero el calor sigue mandando y paralizando mi sesera.

Por eso salgo al atardecer, cuando los bares ecuatorianos empiezan a abrir sus persianas pintadas de fucsia y celeste. Pululo un rato más, pasan horas hasta que la temperatura baja un grado o dos. Calle abajo, los operarios que esta tarde manipulaban alguna cañería subterránea han olvidado cerrar las tapas dentadas que dan acceso a ellas. Me asomo a su interior y recuerdo ese remedio de anciano que consiste en regar las baldosas y el asfalto para sofocar el calor que desprenden tras pasar todo el día horneándose al sol. Con uno de los picos de los operarios la emprendo a garrotazos contra la cañería, saltan chispas, y sudo aún más, pero pronto se abre una raja en la gruesa vena de hierro y el agua mana a borbotones, fresca, un poco maloliente, sí, pero fría, sale a chorros, un géiser cuya humedad encharca poco a poco el asfalto de la calle, que sisea y se retuerce como piel de lagarto. Me tumbo para descansar, aliviado, y al rato vuelvo a casa para aprovechar las horas de noche que quedan durmiendo en pelota picada.

Despierto con la nariz rozando el techo. La cama se mece con un bamboleo suave pero desconcertante, y es un despertar vertiginoso cuando descubro que el agua ha inundado mi casa hasta dejar apenas un pie de aire hasta el techo, en ese pie flota mi cama. Me zambullo en el agua, buceo para pasar entre las puertas y escapar a duras penas por una ventana. No sólo es mi casa, el barrio entero y es de suponer que toda la ciudad ha sido anegada por un agua turbia y fresca.

Subo al tejado de mi hogar y miro el horizonte de azoteas que asoman sobre la superficie del agua como islotes. Un enorme y masivo archipiélago de pequeños islotes, eso es ahora la ciudad. Debería arrepentirme por haber abierto aquella cañería, por la destrucción y la pérdida de vidas, se supone, pero el caso es que el sol brilla ahora más clemente, reflejado sobre esta superficie acuosa. El calor es incluso soportable, no aplatana, y el frescor del agua favorece la actividad.

Brioso y pletórico de energías, remolco hasta mi tejado un poste de madera que flotaba a la deriva, y con cierto esfuerzo logro ponerlo erecto, amarrado a la salida de humos de mi hogar. Remendando unas cuantas sábanas logro hacer una vela decente, la cual arrío a lo alto del mástil, y ya sólo me queda levar anclas. La cosa no es difícil, toda esta agua ha reblandecido el yeso y la madera que mantenían arraigada la azotea de mi hogar, y con la ayuda de una hachuela puedo separarla del resto de la casa, para surcar las tranquilas aguas de esta ciudad, en busca de rapiña.

miércoles 3 de junio de 2009

Ejército de desharrapados

Ya tenía pensado liarla, cuando llegara la hora aciaga en que me tocara visitar la Oficina de Amparo y Caridades, cuando me tocara acudir casi de madrugada, en faltando aún varias horas para que la oficina abriese, y me encontrara así y todo con una larga cola como de rata, toda hecha de gentes desahuciadas. Pensé que no me sería difícil reclutar allí muy nutridas huestes a las que acaudillar y a cuyo mando dirigirme río arriba, para instalarme en plena naturaleza y hacer de mí todo un Coronel Kurtz.

El primer inconveniente es que ninguno de estos sujetos parecía apto para formar una milicia. Me extrañó la abundancia de personajes grotescos en aquella cola, aquella cola de madrugada, el único rato de frescor que he pasado en todo el día. Grotescos, sí, pero lo que es peor: aborregados. Concluí que jamás podría desplegar mis artes de fino estratega si había de movilizar aquel desfile de caras largas y ojos rebosantes de drama. Cabizbajos, arrastraban los pies cada vez que la cola avanzaba siquiera fuese medio metro, con la pesadez y desazón de un condenado a garrote vil. He de confesar que me vi defraudado al constatar que jamás haría carrera militar de ninguno de ellos, que entre todos no juntaban ni una sola pizca de ardor guerrero, que su moral estaba carcomida y se deshacía con el mero soplar del aire, en fin, que aquella Santa Compaña no sería capaz ni de espantarse las moscas que les rondaban la frente, ni hablemos ya de combatir a mis enemigos.

Arrojé lejos de mí por tanto el cajón de fruta que transportaba, y que me hubiera servido de improvisado púlpito desde el que proferir la más enardecedora arenga. Hubiera sido un desperdicio de saliva, talento y energías, ante aquella caterva de borregos adocenados a los que sólo faltaba mugir, y que no protestaban ni cuando algún avispado hacía caso omiso de la cola y se sentaba como si tal cosa ante la misma puerta de la Oficina de Amparo y Caridades.

Tuve que aguantar los lamentos de un bizco entrado en años que al parecer había perdido su establecimiento después de cuarenta y dos años y ahora trataba de buscarse la vida como asalariado. Temí que fueran todos a desahogarse allí mismo y contar uno por uno sus miserias, pero por suerte nadie hizo caso del dichoso bizco, quien pronto calló y bajó la cabeza para sumergir el rostro en el fango de su desgracia. ¿Podría aquél tipo ya no diseñar y construir sino tan sólo empuñar un arma? ¿Podría blandirla con brío y energías para atracar una bancaria sucursal? Lo dudé mucho, y me abstuve por tanto de proponérselo. Tenía en la mirada ese aire del exconvicto que tras cuarenta y dos años de condena sale por fin a la calle para sentirse extranjero y cometer el primer delito que le salga al paso para volver al penal, al hogar.

Era demasiado tarde para él, pero no para mí. Me plegaré a este trámite, me arrastraré por entre las ruedas de este molino pero sólo hasta conseguir mi cuota parte del dinero del contribuyente, al cual pienso dar muy fructífero y ocurrente uso: voy a emplear esta suma para mantenerme vivo y bajo techo mientras escribo un guión pornográfico como Dios manda, uno como no se ha hecho hasta ahora, plagado de corsés, mujeres orondas, penes con monóculo, tipos disfrazados de caballo y dirigibles.

A partir de ahora lo llamaré Mi Obra Maestra, y no consentiré que se me moleste mientras lo escribo, daré grandes voces a quien lo critique y seré extremadamente suspicaz y tendente a imaginar conspiraciones e intrigas de cara a su plagio.

jueves 28 de mayo de 2009

Manumisión - Hedor

Cuando el día primero de mi última semana como tripulante de esta flota llego por fin a la hongosa sentina, me recibe el apestado, luciendo una mascarilla color quirófano, color turquesa desvaído, y los buenos días que me da son de ese verde en concreto.

Nunca había hablado del apestado. Es un tipo suspicaz e introvertido, probablemente sea buena persona en el fondo, pero nadie lo sabe porque le pueden sus propias intrigas, y por eso vive enemistado con los demás. En realidad yo también soy de esta manera, el apestado bien podría ser un hipotético yo mismo, si hubiera llegado hace varios años en lugar de uno solo. Por fortuna, hace varios años estaba curtiéndome en muy sórdidos lugares donde precisamente aprendí a desenvolverme con campechanía por mucha escoria que me rodee.

Pues lleva la mascarilla por no sé qué alergia que dice, le molesta la sequedad del aire, el polvo del cartón, la aspereza de las cajas. No puedo sino aplaudir su prudencia, después de todo mis proverbiales afecciones epidérmicas surgieron precisamente durante una época en la que manipulaba a diario polvorientas cajas y botes de sustancias químicas altamente concentradas. Abrasivos tóxicos densos y pegajosos dentro de botes azul oscuro, botes polvorientos donde cualquier mano dejaba huella, tapones que parecían verdes hasta que al desenroscarlos se revelaban negros, verde eran el polvo y el moho, e incluso dentro, dentro de ese bote hermético, había una capa de polvo y pelusa sobre la superficie del líquido tóxico, de la sustancia química color marrón oscuro, color herrumbre.

Sí, allí me salió el primer eczema, y desde entonces me recorre la piel de la mano, avanza lentamente al mismo ritmo que se cura, todo este tiempo me ha dado varias vueltas a los dedos. Podría medir el tiempo según estas órbitas eczémicas, si el sol se evaporase de golpe todo el mundo recurriría a mí para saber cuándo es verano.

Esta hongosa sentina me está trayendo recuerdos no del todo gratos. Ello es síntoma de la ruina total y efectiva de aquel buque que ya hacía aguas cuando me recogió, al cual vi hundirse poco a poco, desvencijarse, hasta encallar en un fangoso arrecife y finalmente ser recogido para su desguace por la nave nodriza, el buque insignia del infame pirata Cogesable.

Buque insignia, nave nodriza, estrella de la muerte, fortaleza infernal. Sin ventanas. Bueno, sí, las hay pero parecen de búnker, tienen láminas de hormigón separadas por ranuras donde no cabe un meñique. Ventanas que dan a una de las escalinatas de entrada, me explico: dan al interior de las escalinatas, que no son ni mucho menos macizas. El poco paisaje que se adivina entre las láminas es este oscuro hueco, lleno de polvo y cascotes. No corre el aire, no da la luz. Por si fuera poco, y juro por mi miembro pene que todo esto que digo es cierto, al pie de la ventana hay un foso de rejas fangosas donde caeríamos, caso de intentar escapar y haber logrado abatir las láminas de hormigón con la ayuda de un mazo muy pesado o un potente explosivo. Dicho foso exuda un hedor frío y extraños ruiditos, sonidos que reverberan de una forma muy particular, gélida, acuosa.

Pues aquí abajo viven ahora, y yo todavía, con gesto de condenado. Apilados en un sotanillo, encajonados entre columnas, en un opresivo ruedo de armarios donde no hay ventanas ni más luz que la que rezuman estos tubos de halógeno parpadeante. Encima de mi mesa han puesto un contador geiger, no sé para qué, pero si soplas hacia el sensor, hace ese ruidito característico, crepita.

Este es el aire que se respiran unos a otros, a la cara, o en la oreja, odiándose cada día un poco más. El que peor lo lleva es el bueno de Don Tancredo, custodio de la herencia de tiempos mejores, dueño del obsoleto legado de innúmeras latas y bobinas que produjo esta otrora insigne nave de la industria cinematográfica íbera. Para entrar en sus dominios hay que ponerse de perfil, o no se cabe, y ahí está, acurrucado sobre una mesa atestada de juguetitos, el flexo haciendo sudar su frente, una cazuelita de callos picantes en una mano, en la otra los palillos con los que se la está comiendo. Saluda con un mugido.

Ellos, y yo todavía, llegamos tarde y nos vamos pronto, en cuanto podemos. Salvo el otro día, cuando encontramos un pergamino despedazado en la papelera del comodoro timorato. Por entretenernos probamos a reconstruirlo, y lo cierto es que no fue difícil encajar las piezas de papel y adherirlas entre sí con celo. Lo complicado fue interpretar las palabras que había garabateado allí este chalado.

"-Cacahuetes nacarados ¡demasiada sal! Imposible abrirlos.

-Fisura craneal (¿fuga?) Bulto bajo piel, forma de giba, bolsa de líquido al tacto. Si no se toca, cada vez más grande, y si se toca, se desplaza hacia otro sitio pero al rato surge nueva bolsa de líquido en punto de fisura. Distribuir uniformente por todo el cráneo cada cierto tiempo pasándose la mano. Confiar en que nadie note agrandamiento de cabeza.

-Subvención: Auditoría el martes, auditor sospechoso, posible masón. Inventar excusa.

-Reunión de ejecutivos en casa de Demetrio Gonzaga. Comer mucho la víspera y no ir al baño en todo el día, nada más llegar hacer pis en su cisterna, cagar en su lavabo y limpiarse con su toalla.

-Adelita coge el teléfono en cuclillas ¡NO DEJAR QUE TOQUE MIS COSAS! ¡DIOS, LA MATARÉ COMO TOQUE UNA SOLA DE MIS COSAS!

-Botella de Tropicana, botella amarilla de extraño olor, etiqueta hortera con mulata y muchas frutas, aparecida como de la nada justo después de traslado (posible masón).

Nota mental: esperar a que se vayan todos e introducir la picha en la bisagra de la puerta y embestir hasta eyacular o hacerla trizas, lo que ocurra antes."

No veo la hora de largarme de aquí.

martes 26 de mayo de 2009

Al compás

El tipo que entra en el vagón del metro, ese tipo incómodo que nada más entrar ya se sabe lo que va a hacer, viene con cara de ir a declamar y se pone en uno de los extremos del vagón, equidistante de las puertas, la gente normal se arrima a los rincones, se agarra a los asideros o se sienta, por eso digo que a éste se le ven las intenciones, viene con instrumental y un portafolio, pero el viajero atento sabe que se avecina un incómodo discurso sólo por la cara que trae el tipo, la cara de circunstancia, si uno mira con atención puede ver cómo repasa mentalmente su diatriba:

-Buenas tardes, les pido perdón [empezar pidiendo perdón es el primer síntoma de que le van a poner a uno en un compromiso, le van a poner a prueba el altruismo y la credulidad, una prueba de fuego] lamento molestarles pero me veo en la penosa obligación de recurrir a la mendicidad. He sido un trabajador de este mismo Metro durante más de quince años, a pesar de lo cual la empresa no ha tenido ningún reparo en dejarme en la calle sin ningún tipo de indemnización, de manera completamente ilegal, aquí pueden ver una copia [plastificada] de la denuncia que tengo interpuesta en el juzgado de lo civil. Mientras tanto, me veo como digo forzado a mendigar para poder llevar algo de comida a mi familia, mi mujer también está en paro y el banco ha ejecutado la hipoteca que teníamos sobre nuestro piso, así que nos hemos visto obligados a vivir en la indigencia. Apelo a su buen corazón, esperando que tengan a bien obsequiarme con algún dinero que lleven suelto, céntimos, pesetas, lo que sea. Si llevaran algo de comer, también se lo aceptaría.

Hemos llegado ya al punto álgido de una incomodidad razonable, el tipo se ha postrado figuradamente ante nosotros, suplica muy educadamente, y agradece incluso cuando no le das nada. Alguna señora está rebuscando ya en su monedero, planea darle el cobre, las piezas de 1 y 2 céntimos que no valen en la práctica, tampoco le valen a este tipo pero aún así las cogerá, se tragará ese sapo. Esperan, las señoras, a que el tipo se acerque a ellas, a que haga la colecta, tampoco es cosa de levantarse una, piensan. Sin embargo, el individuo aún no ha terminado:

-Como les he dicho he sido un trabajador toda mi vida y todavía tengo mi dignidad, soy incapaz de aceptar dinero a cambio de nada, es por ello que me dispongo a ejecutar un numerito ante ustedes que espero les amenice el viaje.

Entonces el individuo enciende una radio que lleva al efecto, la lleva entre su instrumental, y empieza a sonar una música moderna, rítmica, bailable. El tipo se ve entonces sacudido por espasmos regulares, como calambrazos en su espina dorsal que le hacen saltar de un lado a otro del vagón, sus movimientos son caóticos y aleatorios, nada armónicos, pero efectivamente cada espasmo corresponde a un compás exacto de la música, desde luego el espectáculo es bochornoso pero no se puede decir en rigor que no baile al ritmo. Nos ha mentido: la idea no era amenizar en absoluto nuestro viaje, el tipo sólo quería rebajarse aún más, a la bufonada patética ¿quién no daría una moneda a un payaso que llora, a un acróbata al que se le tuerce el tobillo justo antes del salto mortal, a un cantante al que se le desprende un diente al dar el do de pecho?

Pero lo peor, lo que no sabemos, es que el tipo será muy trabajador y todo lo que tú quieras pero no tiene sentido del ritmo ni lo ha tenido nunca, nadie en su familia sabe bailar como es debido ni un mísero pasodoble. El drama es que ha tenido que implantarse en la espina dorsal, en pleno nervio, entre las vértebras seis y siete, uno de esos “chips” que reaccionan a la música, esos que vienen dentro de las latas de coca-cola que bailan, esas latas que se doblan al compás. Este “chip” aplica una pequeña descarga, destinada en principio a activar el resorte mecánico de la lata, digamos que esta descarga marca el ritmo pero no es la causa del movimiento, al menos no del movimiento de la lata. La verdad es que en una médula espinal humana dicha descarga, por pequeña que sea, desencadena una serie de reacciones fisiológicas entre las que efectivamente se encuentran la contracción de casi todos los músculos del cuerpo, en diferente medida, pero también la total relajación de los esfínteres, por no hablar de la amnesia temporal, la coprolalia y una incomodísima segregación masiva de jugos gástricos, que poco a poco hacen que el estómago se digiera a sí mismo.

El espectáculo sólo irá a peor, y no parará. No olvidemos que el tipo ya no está al mando de su cuerpo, es incapaz por tanto de detener la música, se trata de ver cuánto tarda alguno de los viajeros en comprender lo que está pasando y levantarse para acudir en su auxilio, sólo hace falta que alguien ate cabos, avance dos pasos y apriete la tecla de “stop”. Pero la gente no entiende nada, sólo ve como el tipo empieza a recorrer el vagón manoteando como un desdichado, presa de violentas sacudidas al compás, sacudidas de títere, de muñeco de trapo, de pelele; todo esto mientras pone los ojos en blanco y se entrega a la furiosa coprolalia, al tiempo que rebosa ácidos gástricos. No, la gente no entiende nada, no saben nada del “chip”, sólo saben que el tipo está en paro, así que bajan la vista, creían que lo incómodo de la situación había llegado al punto álgido pero aún les queda un rato de vergüenza ajena y estupor.

Por eso, por ocurrente, por imaginativo, por esforzado, por trabajador, por todo ello nuestro amigo y su denuedo mueren sobre la goma del suelo del vagón, colapsado su organismo, borrada su mente, agarrotados sus miembros, la boca sucia de espumarajos y la bragueta mojada.

El que lee pasa otra página, el que escucha sigue tamborileando con el pulgar en el asidero, al compás, y las señoras guardan sus monedas de a céntimo para mejor ocasión.

viernes 22 de mayo de 2009

Manumisión - Cajas

Ahora todo se reduce a hacer cajas. La caja es la unidad mínima e indivisible del proceso de traslado. Tienen forma de paralelepípedo más o menos regular, dependiendo de la habilidad o esmero con que se hayan empaquetado y precintado. Es una forma bastante práctica, toda vez que se pueden apilar unas encima de otras formando bloques bastante grandes que ocupan todo el espacio por donde antes uno podía moverse. Estos bloques, a su vez, y debido precisamente a su forma de paralelepípedo, encajan bastante bien en los espacios construidos por el ser humano, sean edificios o camiones de mudanza.

Todo muy euclidiano. Paredes planas, aristas, esquinas, formas que no se ven casi en la naturaleza, sí, hay algunos minerales que crecen con esta forma, eso me preocupa, no debería ser así, lo cierto es que tenía la idea de que las líneas rectas, los planos y sus intersecciones volumétricas sólo existían en la imaginación humana, porque en la vida real uno no encuentra nada de eso, no me refiero sólo a la naturaleza, las propias paredes parecen planas pero si uno las examina al microscopio resultan ser irregulares y muy accidentadas. Venía digo con la idea de que lo plano y lo recto no existen más que en nuestra imaginación, pero me he acordado de la pirita y ahora me quedo preocupado, no vaya a ser que la imaginación se componga de algún compuesto o isótopo de pirita. Probablemente en estado gaseoso, burbujas efervescentes irrigando de microembolias el cerebro, tal vez la razón humana es una permanente lesión de mollera, un mal viaje que dura décadas.

Menuda putada como sea así. Ya digo que me quedo preocupado.

Cajas. Por todas partes. Reproduciéndose como hongos, llega un punto en que no sólo ocupan los huecos entre las mesas y el pasillo sino que se amontonan en mi mesa, emparedándome, hasta por fin ocupar mi sitio, mi propio sitio:


Mi eficiente substituto

Me largo de allí consciente de que no voy a volver a pisar esa moqueta ni apoltronar el culo en esa silla, ni asomarme a la misma atalaya pustular desde donde empecé a propagarme, la ventanita con vistas a la blogociénaga, el ojo de buey de mi submarino (creo que ya he comentado que en casa no tengo interné y todo mi chapotear por estos cenagales virtuales lo he hecho en horas de trabajo, como debe ser). Ahí dejo, sumergida, alguna que otra piedra.

La semana que viene se demostrará que es imposible que todas estas cajas quepan en la hongosa sentina a la que vamos, a la que van, mejor dicho, que yo por poco tiempo. También haré fotos de ese inconveniente y de sus consecuencias, como se puede ver estoy dando parte de todo el proceso, lo retransmito, aunque tal relato no sea muy edificante ni destaque por sus valores épicos precisamente. No, el tono es más bien de dossier, datos, cifras, gráficas fotocopiadas, todo muy gris, muy de chupatintas ojeroso.

Me veo de algún modo obligado a dar fe y razón de que lo que digo es verdad, temo que si no hago así nadie me crea, por ello aportaré fotografías que ilustren el aspecto general y la concreta insalubridad de la sentina, y no descarto tomar y publicar conmovedores y muy artísticos retratos del facha con pluma y los demás. Como el fotógrafo que viaja al tercer mundo a observar sin participar de la esclavitud ajena, enfocaré la cámara hacia su cara y dispararé, señalaré con el dedo, será mi manera de decir “Ahí te quedas”. Como el fotógrafo que viaja al tercer mundo, ya digo, sólo que yo no organizaré lucrativas exposiciones al volver a casa, sólo publicaré aquí esos primeros planos del facha con pluma y los otros, vestidos en mono de faena, sucia la cara de hollín, carita triste de niño minero. Sería violento si por casualidad alguno de ellos cayera aquí y al reconocerse leyera esto, lo leyera todo, pero ya, total...

jueves 21 de mayo de 2009

Manumisión

Llego a casa y me abro una cerveza mientras arranca el ordenador y empiezo a escribir que por fin llegó mi ansiada manumisión. Suena muy mal, eso de ser despedido y ponerse a beber.

Salir de trabajar, dar un par de vueltas para aparcar evitando al gorrilla de turno, ignorando sus señas hacia el sitio libre, no atropellándole por pura urbanidad. Aparcar por fin, en silencio caminar por la calle y meterse en un bar, un bar casi vacío, un par de tipos a su bola cada uno, leyendo el periódico y tomando un café, el sol por la ventana, muy tranquilo y silencioso el bar y llegar y pedir una caña por favor.

Suena muy mal, con el maletín al lado, el maletín de despedido. Sin pasar por casa siquiera, sin decírselo a nadie, sentarse en la barra y ponerse a beber.

Un sol tremendo. No se puede decir ya eso de la gélida y puta calle, con este calor tan ricamente dando. Tampoco funciona el emepetrés, en el coche, de modo que tengo que cantar para entretenerme mientras conduzco, cantar a ritmo de blues, con la voz polvorienta y legañosa.

Mi manumisión coincide con un traslado provisionalmente definitivo a una sórdida y hongosa sentina, los bajos fondos de la nave nodriza, la goleta principal del infame pirata. La cubierta inferior, la más mierdosa y plagada de humedades. Aún tengo que terminarla, la mudanza, tengo que seguir yendo a trabajar por unos días y lo más arduo será aguantarse las ganas de abofetear al comodoro timorato, ese tipo inverosímil.

El barco hundiente llevaba ya unos meses encallado, y finalmente será desguazado para almacenarse sus pedazos en este fondo de bodega que digo. El comodoro timorato insiste que estos pedazos serán un día reconstruidos, insiste mientras me comunica mi cese, por cosas así digo que es inverosímil, no hay quien le crea, no para de negar evidencias y ser al mismo tiempo él mismo prueba fehaciente de que hay castas y poco más, de que el mérito no tiene nada que ver con nada, son conceptos abstractos y aislados de la realidad del mundo, el mérito, el talento, la valía, el trabajo duro, todo esto no vale un pimiento y esforzarse es inútil.

Tendríais que verle escribir una carta, una simple carta usando el mismo programa con el que ahora manuscribo. No comprende qué son esas rayas rojas y onduladas como ruffles que salen debajo de las palabras mal escritas (como ruffles) en este programa con el que ahora manuscribo. No lo comprende y te llama a su despacho para que se lo expliques, no comprende su propia incomprensión, no comprende qué es quedar en mal lugar, quedar de tonto delante de un subordinado.

Este tipo se encarga de producir películas. Este tipo decide. Con su culo de sabandija, su culo de escurrir el bulto, su culo de untuoso y aristocrático memo, paradigma de la imbecilidad y el cretinismo, en serio os lo digo, no es malo, no es ningún cabrón, es sólo el tipo más tonto que jamás he conocido. El tipo que decide.

Aún me quedan unos días por aquí, ya digo. Dará de sí, la cosa, yo desde luego tengo planes para cuando sea efectivamente libre, y ninguno incluye el envío de hojas de vida.

domingo 3 de mayo de 2009

Saliva a borbotones

La reconocí por el olor. La reconocí de entre todas las hembras por el olor ferruginoso de su sangre. El riquísimo olor metálico de su sangre, escapando a través de los poros de su piel. Ignoro si estaba menstruando. No sé de dónde viene el olor, puede que sí, que venga de sus entrepiernas, pero yo huelo su piel. Sus pieles. Sus pelos. Cuando pasan a mi lado, y es primavera, y huelen igual que las flores de los arbustos, esas flores del arbusto altísimo, tan alto como para llegar a un segundo, a un segundo primera. Sus flores, pelotitas blancas sudadas de aceite aromático, ese penetrante olor a sexo vegetal. Ese mismo olor, si es primavera. El muy dulce y puto olor de su ventana, arraigado para siempre en mi cabeza.

Decidí que ella debía ser mi presa, por el olor ferruginoso de su sangre, vapor de sangre transpirado por la piel. Tuve que contener el impulso de restregar mi hocico entre sus pechos, sus abundantes carnes, sus tetazas brutales, vaya; nada más tenerla delante. Preferiría hacer las cosas así, animalesco, odio la forma humana del cortejo, tan cerebral, protocolaria y comedida. Tan verbal. Hipócrita. Preferiría gruñir, sin más, morder su oreja, empujar su frente con la mía y sin intercambiar palabra fornicar. Para eso, claro, no debería haber ciudad.

La había. Y en ella un bar. O un restaurante. Una mesa, en cualquier caso. Vasos de vino, así que más bien sería el restaurante. Varias personas hablando. Presumiendo, debería decir, haciéndose por tanto odiosas a mis ojos. No sé cómo me dieron pie, y metí la mano, saqué la colación, una pequeña fantasía, de eso se trataba, sacar a pasear las perversiones, era de esperar que el tema enarcara mi ceja y el labio superior de mi sonrisa torcida, el colmillo, asomando. Adoro mis colmillos, son puntiagudos, y habrán de traer mucho dolor el día que decida desgarrar con ellos tanta tráquea imbécil. Digo que me dieron pie a contar mi propia fantasía, que es la que sigue y no otra:

-Quede la hembra sola con seis o siete desaprensivos de internet y júntelos en el hogar conyugal, para en el momento más sórdido de esta tumultuosa coyunda entrar el hombre armado de un hacha, motosierra, taladradora industrial o similar, en cualquier caso un arma que le garantice la victoria sobre sus enemigos, lo más sangrienta que pueda ser. Recomiendo vivamente el huso de cócteles molotof, por aquello de dar espectacularidad a la entrada, si bien puede ser un problema caso de realizarse el acto en un inmueble de su propiedad. Es cierto que seis o siete desaprensivos pueden defenderse muy bien de un hombre solo, por aguerrido que sea, yo esto lo soluciono usando granadas lacrimógenas, entrando a saco vaya, con máscara antigás pero también desnudo y armado con una larguísima y muy pesada hacha, cuya hoja ha de poner fin a las toses y lagrimeos de mis aturdidos e indefensos enemigos. Luego cargo con la hembra a hombros y me la llevo, aún tosiente, lejos del humo lacrimógeno para acometer el fornicio propiamente dicho. Hacha en mano y sin quitarme la máscara de goma negra.

Resultó no sé cómo seductora esta diatriba a oídos de la susodicha hembra, aquella cuya sangre herrumbrosa sudaba olores penetrantes. Así fue como me la conseguí llevar lejos de los demás, a mi destartalado hogar, y supe que sería adecuada para mis planes cuando recibió con risas el pestuzo amoníaco del cajón de la mi gata, el cual tengo plantado en nada más entrar a mi morada precisamente para calibrar la reacción de las visitas.

Le ofrecí entonces bebedizos con los que agasajarla, y los recibió contenta e ignorante de que disueltos en sus etilos viajaba una sustancia narcótica que habría de dejarla inconsciente por algunas horas. Efectivamente la pócima surtió su somnífero efecto y al rato la tenía yaciendo sobre mi mugrienta moqueta morada. Desmayada y comatosa.

La tendí en mi cama, desnudándola a fin de contemplarla como es debido. Atadas sus cuatro extremidades a las cuatro patas de mi cama. Su coño magnífico, sus pliegues carnosos entre mis dedos, saliva a borbotones. Debajo de la cama guardo un maletín con el instrumental apropiado para estos casos, era la hora pues de sacarlo.

Aguja en mano, me dispuse a penetrar su vena. El pinchazo fue limpio. El bombeo firme y seguro, de manera que pronto estaba sintiendo su corriente sanguínea en mi propio antebrazo, inflamándome las venas. Glorioso y exquisito paladeo de la sangre fresca de una que de virgen nada, y espero que de sifilítica aún menos. Esa experiencia gloriosa, rejuvenecedora. La vida que vuelve a mis brazos.

Un par de litros, sólo. Lo suficiente para dejarla lívida. Cadavérica. Lo suficiente para tenerme amoratado. Hinchado de sangre, tumefacto, moverse duele y mi aspecto es horroroso, todo yo soy un hematoma, un miembro morcilloso y palpitante. El miembro pene también lo tengo hinchado, claro. Es el propósito de todo este ejercicio, procurarme el flujo sanguíneo suficiente para paliar mi proverbial flaccidez. Con ayuda de una goma de “junk” me hago un nudo de doble lazada en la base del pene, para asegurarme que la sangre que ya lo ha anegado no me deje en mal lugar retirándose. Así es como penetro, cuando puedo. Intruso violento en la vagina ajena, que sigue inexplicablemente sudando palpitosa. La crema carnal, la baba, el sudor y ya al final el semen, en su piel, su piel sudada de gotitas microscópicas de sangre ferruginosa.