martes 26 de mayo de 2009

Al compás

El tipo que entra en el vagón del metro, ese tipo incómodo que nada más entrar ya se sabe lo que va a hacer, viene con cara de ir a declamar y se pone en uno de los extremos del vagón, equidistante de las puertas, la gente normal se arrima a los rincones, se agarra a los asideros o se sienta, por eso digo que a éste se le ven las intenciones, viene con instrumental y un portafolio, pero el viajero atento sabe que se avecina un incómodo discurso sólo por la cara que trae el tipo, la cara de circunstancia, si uno mira con atención puede ver cómo repasa mentalmente su diatriba:

-Buenas tardes, les pido perdón [empezar pidiendo perdón es el primer síntoma de que le van a poner a uno en un compromiso, le van a poner a prueba el altruismo y la credulidad, una prueba de fuego] lamento molestarles pero me veo en la penosa obligación de recurrir a la mendicidad. He sido un trabajador de este mismo Metro durante más de quince años, a pesar de lo cual la empresa no ha tenido ningún reparo en dejarme en la calle sin ningún tipo de indemnización, de manera completamente ilegal, aquí pueden ver una copia [plastificada] de la denuncia que tengo interpuesta en el juzgado de lo civil. Mientras tanto, me veo como digo forzado a mendigar para poder llevar algo de comida a mi familia, mi mujer también está en paro y el banco ha ejecutado la hipoteca que teníamos sobre nuestro piso, así que nos hemos visto obligados a vivir en la indigencia. Apelo a su buen corazón, esperando que tengan a bien obsequiarme con algún dinero que lleven suelto, céntimos, pesetas, lo que sea. Si llevaran algo de comer, también se lo aceptaría.

Hemos llegado ya al punto álgido de una incomodidad razonable, el tipo se ha postrado figuradamente ante nosotros, suplica muy educadamente, y agradece incluso cuando no le das nada. Alguna señora está rebuscando ya en su monedero, planea darle el cobre, las piezas de 1 y 2 céntimos que no valen en la práctica, tampoco le valen a este tipo pero aún así las cogerá, se tragará ese sapo. Esperan, las señoras, a que el tipo se acerque a ellas, a que haga la colecta, tampoco es cosa de levantarse una, piensan. Sin embargo, el individuo aún no ha terminado:

-Como les he dicho he sido un trabajador toda mi vida y todavía tengo mi dignidad, soy incapaz de aceptar dinero a cambio de nada, es por ello que me dispongo a ejecutar un numerito ante ustedes que espero les amenice el viaje.

Entonces el individuo enciende una radio que lleva al efecto, la lleva entre su instrumental, y empieza a sonar una música moderna, rítmica, bailable. El tipo se ve entonces sacudido por espasmos regulares, como calambrazos en su espina dorsal que le hacen saltar de un lado a otro del vagón, sus movimientos son caóticos y aleatorios, nada armónicos, pero efectivamente cada espasmo corresponde a un compás exacto de la música, desde luego el espectáculo es bochornoso pero no se puede decir en rigor que no baile al ritmo. Nos ha mentido: la idea no era amenizar en absoluto nuestro viaje, el tipo sólo quería rebajarse aún más, a la bufonada patética ¿quién no daría una moneda a un payaso que llora, a un acróbata al que se le tuerce el tobillo justo antes del salto mortal, a un cantante al que se le desprende un diente al dar el do de pecho?

Pero lo peor, lo que no sabemos, es que el tipo será muy trabajador y todo lo que tú quieras pero no tiene sentido del ritmo ni lo ha tenido nunca, nadie en su familia sabe bailar como es debido ni un mísero pasodoble. El drama es que ha tenido que implantarse en la espina dorsal, en pleno nervio, entre las vértebras seis y siete, uno de esos “chips” que reaccionan a la música, esos que vienen dentro de las latas de coca-cola que bailan, esas latas que se doblan al compás. Este “chip” aplica una pequeña descarga, destinada en principio a activar el resorte mecánico de la lata, digamos que esta descarga marca el ritmo pero no es la causa del movimiento, al menos no del movimiento de la lata. La verdad es que en una médula espinal humana dicha descarga, por pequeña que sea, desencadena una serie de reacciones fisiológicas entre las que efectivamente se encuentran la contracción de casi todos los músculos del cuerpo, en diferente medida, pero también la total relajación de los esfínteres, por no hablar de la amnesia temporal, la coprolalia y una incomodísima segregación masiva de jugos gástricos, que poco a poco hacen que el estómago se digiera a sí mismo.

El espectáculo sólo irá a peor, y no parará. No olvidemos que el tipo ya no está al mando de su cuerpo, es incapaz por tanto de detener la música, se trata de ver cuánto tarda alguno de los viajeros en comprender lo que está pasando y levantarse para acudir en su auxilio, sólo hace falta que alguien ate cabos, avance dos pasos y apriete la tecla de “stop”. Pero la gente no entiende nada, sólo ve como el tipo empieza a recorrer el vagón manoteando como un desdichado, presa de violentas sacudidas al compás, sacudidas de títere, de muñeco de trapo, de pelele; todo esto mientras pone los ojos en blanco y se entrega a la furiosa coprolalia, al tiempo que rebosa ácidos gástricos. No, la gente no entiende nada, no saben nada del “chip”, sólo saben que el tipo está en paro, así que bajan la vista, creían que lo incómodo de la situación había llegado al punto álgido pero aún les queda un rato de vergüenza ajena y estupor.

Por eso, por ocurrente, por imaginativo, por esforzado, por trabajador, por todo ello nuestro amigo y su denuedo mueren sobre la goma del suelo del vagón, colapsado su organismo, borrada su mente, agarrotados sus miembros, la boca sucia de espumarajos y la bragueta mojada.

El que lee pasa otra página, el que escucha sigue tamborileando con el pulgar en el asidero, al compás, y las señoras guardan sus monedas de a céntimo para mejor ocasión.

16 comentarios:

Joan dijo...

Por un momemnto creí que estaba narrando los pormenores de su nueva ocupación y temí por su honor y por su vida.

PS: Expers

engelson dijo...

"desde luego el espectáculo es bochornoso pero no se puede decir en rigor que no baile al ritmo", en esta frase veo fielmente reflejado mi estilo bailongo

o sea que se ha implantado una patata frita en la misma médula, debe ser alguien muy valiente para hacer algo asi, yo he probado con kikos y almendras, vulgares frutos secos, habrá que probar con algo con más fécula, yo también quiero ser un cyborg

togra

Folken dijo...

Lo merecía. Todos lo merecían.

Las desdichadas vértebras me dan asco, pero más asco me dan las moneditas rojas.


stionso

Miguel Noguera dijo...

El parrafo final, con su denuncia a la indiferencia contemporánea, muestra el lado más comprometido del Hombre de la Pústula. El lado más Dani Martín.

Patricil dijo...

¿Latas de Coca-Cola? Aquí tienen a la familia Simpson, con esas piernecicas de cordel con rodillas.

El Hombre de la Pústula dijo...

Descuide, Joan, no me verán jamás en esa tesitura, de hecho se trataba de plantearse esta idea, esta hipótesis, y ya se ha demostrado que acaba mal, así que nada.

Engelson, es un cyborg casero, bastante chapucero en realidad, como sustituirse el bazo por el carburador de un Simca 500, un apaño, un ir tirando. Cirugía muy poco seria, nada rigurosa vaya, se la ha hecho su mujer en el baño de su casa, como si le reventara un grano de la espalda No, no, más a la derecha... Ahí... ¿Sale ya? y ella con papel higiénico y betadine, a la luz de una bombilla de 30 W bastante sucia.

Pues sí que lo merecía, Folk, por rebajarse, por mohino, por triste, sí, por dar tanta vergüenza ajena. Me alegro que hayas captado el mensaje de esta parábola, esta parábola que he voceado desde un rincón del ágora, subido en un cajón de fruta.

Noguera y Patricil, de verdad que no se puede poner uno místico con vosotros. Por lo menos no habeis puesto el enlace.

Roberto Hasting dijo...

El otro día fui testigo de algo parecido en el metro. En lugar de la ridícula contorsión, el mendigo leía en voz alta varios posts de este blog pustular. En seis estaciones, recaudó no menos de siete mil quinientos euros.

El Andariego dijo...

"¿quién no daría una moneda a un payaso que llora, a un acróbata al que se le tuerce el tobillo justo antes del salto mortal, a un cantante al que se le desprende un diente al dar el do de pecho?"
Mmmmmmmm. Auténtica sabrosura.

El Andariego dijo...

Coprolalia...¡qué gran adquisición!

Esther dijo...

Con el último estertor, con el último coletazo del extrabajador del underground reconvertido en homoanguila eléctrica, aparece, bañado en espumarajos, el sapo que se había tragado, recubierto de glándulas secretoras. Saca su lengua protráctil, ese golpe de efecto, y se aleja andando hacia el siguiente vagón( andando, no saltando ).

Al final las señoras no soltaron cobre, así que no tenía nada que hacer allí.

El Hombre de la Pústula dijo...

Un mendigo con siete mil quinientos euros en billetes pequeños, puñados de billetes pequeños, bolsillos hinchados de pesada calderilla, hucha cada vez más visible a cada paso.

Qué bien, Andariego y Esther, habéis estado al quite, no se os han escapado esas verrugas, las habéis tocado con el dedo a ver si son duras o blandas.

Esther dijo...

Duras, duras, hombre de la pústula, las verrugas son todas duras. Hasta esa doble r se hace una pelota dura en la boca al pronunciarla.


Un saludo.


aubdrati

Anónimo dijo...

Me ha encantado sobre todo esta parte: "Pero lo peor, lo que no sabemos, es que el tipo será muy trabajador y todo lo que tú quieras pero no tiene sentido del ritmo". Ese "todo lo que tú quieras". Ese Hombre Pustular de a pie, el que le cuenta una historia a uno de sus compinches. Ahí te hemos visto humano.

Hopositor.

estanli cuvric dijo...

En la urbe que me acoge, en su metro concretamente, pulula una mujer tirando a vieja -aunque tal vez sólo tirando a desvencijada- que, empujada por otra hembra menos dañada, nos deja el cerebro hecho caldo primordial, papilla evolutiva, con sus letanías y cantos fantasmagóricos... "señoooooooooooooooooooooreeeieis/ pofavooooooioir/ soyenfermaaaaaaaaaaaaaaaa/ dineeeeerioirio sesitoooooooo/ paraaaaaaaaa médicooooooooo-ctooooorrrrrrrrrrr..."

VENGA MONJAS dijo...

Púster, se trata del padre de Savier, en el momento de cenar. Ese chico, Savier, se levantó de su asiento para hacerle el retrato, de ahí que no haya nadie en el plato.

EN EL PLATO.

skindesbous dijo...

Anda! se convirtio de un momento a otro en un viejo... Qué bestia soy, apaga y vamonos...