sábado, 31 de mayo de 2008

Callo Malhallo

Afortunadamente, uno de los beneficios del natural avejentarse que en menos de un mes hará de mí insolvente treintañero es que la carne tiene ya más callo que otra cosa, y la sangre corre sucia, espesa y con tropezones en las venas. Lo que quiere decir que uno siente y padece cada vez menos las cosas, por ello descubro una semana después que el enamoramiento que temía padecer se ha diluido sin mayores consecuencias y con gran alivio para mi ánimo.

No es ello óbice para que yo acompañe a la envra en cuestión, por conocer a sus amigas, sobre todo, quienes resultan ser todas espléndidas jovencitas. Si hay algo que me guste de fingirme novio es el caudal de depravada perversión que subyace a todo tipo de charlas, roces y miradas con estas amigas de la interfecta. Resulta que por puro aburrimiento el otro día salí a la calle y me animé a acompañar como digo a la envra en cuestión a un evento concierto bastante lamentable, idea ésta que, debo admitirlo, me costó asimilar en un principio. Pasé el viaje en metro considerando cómo habría de comportarme en tal situación, habida cuenta de que de toda la vida, cuando me he visto en festivas coyunturas, jamás he logrado contener el alzamiento de mi labio superior, deseoso de enseñar los colmillos en señal de repulsa. Vino en mi auxilio una vez más la añosa experiencia, a la que últimamente no veo sino ventajas (salvo quizá la ya mentada flojera de miembro y mi incipiente demencia senil) y que esta vez se manifestaba en forma de psicótico delirio, pues en yendo en el vagón, aparecióseme el espectro de Hunter S. Toshiba o no sé qué (aquel escritorzuelo de Kentucky que cultivare la novela rosa) para asesorarme acerca del modo en que me habría de conducir. Al hecho de que mi inglés es harto deficiente sumábase que este señor tiene el acento francamente cerrado, y le huele el aliento a heces y aguarrás, pero aun así algo pude sacar en claro de su balbuciente perorata y para cuando por fin llegué al evento concierto, traía yo el humor en su justo temple y caminaba dotado del adminículo sombrero que el señor Toshiba me dejare en préstamo, aditamento que dábame un aspecto asaz vacilón.

Siguiendo los consejos del señor Toshiba, lo primero que hice al entrar en la sala ritual fue acodarme en la barra, ignorando absolutamente a mis acompañantes, y pedir a la camarera seis margaritas y seis cervezas. Cuando aquélla ofrecióse a llevar las bebidas a una mesa, entendiendo que el pedido era para la envra en cuestión y sus amigas, el señor Toshiba giróse sobre el taburete sobre el que, sentado, trasegaba Wild Turkeys en la barra. Susurróme al oído lo que debía decir, y yo lo repetí al punto y sin dudar:

-No creo haber mentado mesa alguna. He pedido seis margaritas y seis cervezas para bebérmelo todo aquí y ahora, y si dios quiere vomitar al poco rato en el regazo de alguna desconocida ¿Acaso le parece mal?

Al tiempo que decía todo ello me había encaramado a la barra y abofeteaba el rostro de la camarera como quien sacude una estera, esta vez sí por iniciativa propia y para agradar a mi espectro mentor, quien efectivamente prorrumpió en cazalleros bravos y carcajadas. El puñetazo que a cambio me propinare el orondo matón que hacía las veces de gorila hizo que el señor Toshiba se desvaneciera de golpe y yo cayera al mugriento y pegajoso floor, para levantarme dolorido y escupiendo colillas pisoteadas. Aun así, me pusieron la bebida.

La envra en cuestión, que a la luz de los acontecimientos parecía colegir por fin que yo no era del todo trigo limpio, me miraba tomado el gesto de espanto y horror, ponderando, ahora sí, el peligro a que se había expuesto yaciendo conmigo. Encogíme de hombros como toda deferencia y me dispuse a lanzar una moneda al aire para decidir si empezaba por una cerveza o por un margarita, porque lo que sí tenía claro es que iría alternando. Al hurgarme los bolsillos en busca del vil metal encontré que los sietes de mis pantalones que habitualmente dejan al descubierto mi ropa interior cuando no mi genitalidad habíanse expandido en avanzadilla, deshilachando la tela que mantenía a buen recaudo no sólo mi vil metal, sino también las llaves de mi casa y coche, el tabaco y el mechero y mi teléfono celular. Todas mis posesiones habíanse deslizado pernera abajo, no cabía duda alguna, porque en su momento tomé esta cosquilleante sensación como síntoma de que me estaba orinando encima.

La pérdida era así absoluta, dado que me había gastado en pagar la alcohólica docena el único billete de cincuenta que he manejado en mi vida. Debí padecer entonces un ataque de terror pánico, pero no fue así, y es que no hay que olvidar que disponía aún de cuatro margaritas y cinco cervezas para llenarme el buche mientras observaba a mi alrededor, acariciándome el palpitoso dolor de la mejilla donde el orondo matón me hiciere catacroc.

El evento concierto era claramente temático, o tribal, no sé cómo definir estas cosas. Había por doquiera jóvenos y jóvenas greñudos y nada lampiños, que agitaban la cabeza en lo que pareciera ser competición por ver quién tenía la rasta más larga. El que pareciera macho dominante lo era en virtud de su acertada decisión de usar colas de gato para confeccionar el su postizo capilar. No me entretuve mucho en observar a los ellos de esta especie, como es comprensible mi analítico escrutinio volcóse en las hembras, asaz rastudas y ataviadas con pantalones a rayas y otros harapos, y bellas en gran número, y de profundo y penetrante aroma. No quisiera que se me malinterprete, no tengo nada en contra de no lavarse, y recibo con una sonrisa cualquier porro que se me pase, antes bien, parecían ser ellos los que názimente intoleraban mi aspecto avejentado y cariacontecido, y mi poco cívica costumbre de escupir a los pies de las personas. Claro que si no los llevaran descalzos…

El clímax surrealista de la noche fue sin duda el momento en que uno de los múltiples grupos que se turnaban en el escenario, concretamente una comparsa de sambistas, acometió un tema construido sobre aznárica declaración, la cual emitían en su totalidad a modo de introito, para despiezalla más adelante y usar únicamente incs, dops y lalalás sincronizados con la música. No dudo que el propósito de la tonadilla era hacer escarnio a la vez que denuncia de tan nauseabundo personaje (quien de poder oír la pieza se revolvería en su tumba) pero me pareció de pésimo gusto que se me obligare a escuchar tal voz estando como estaba pasando un buen rato, cómodamente acodado en la barra y trasegando el quinto margarita, cuarta cerveza. Estimé como medida punitiva y conveniente, a la vez que proporcionada al perjuicio causado por la escucha de aquel indigesto sonido, arrojar uno tras otro los cuatro tercios que ya había acabado, de suerte que uno de ellos alcanzó la ensombrerada cabeza del mediocre cantante, quien se desplomó sobre el escenario y sangró en abundancia.

Incomprensiblemente sólo se oyó mi risa, que merced a la cantidad de licuores espirituosos que había ingerido tenía bastante de floja. Por eso costóme componer un semblante de la gravedad apropiada cuando la turba muchedumbre se dispuso a hacerme linchamiento colgándome de una tramoya que cruzaba el techo y que, de puro herrumbrosa, vencióse resquebrajada apenas patearon el altar taburete al que me habían alzado, sin que el tirón de la soga en mi cuello me provocare más que una afonía temporal y la invaginación de la nuez.

La tramoya debía ser de carga, porque la sala empezó a derrumbarse al punto, y cayeron cascotes y se levantaron polvaredas en un estruendo inconcebible de alaridos, pétreos impactos, óseos crujidos y astillarse de guitarras.

Cuando recobré la conciencia estaba dentro de un taxi, el espumarajo secándose en la comisura del labio, tumbado sobre el regazo de la envra en cuestión, quien me acariciaba el maltrecho cráneo y se disponía a llevarme a mi casa para, previsiblemente, acometer un nuevo y vano intento de coyunda. Volvíme a desvanecer, desesperado, y es que después de eso no se me ocurría ya modo alguno en que desembarazarme de tan latosa consorte.