sábado 13 de septiembre de 2008

Don Bubón de la Ignominia y Salcedo

Las tribulaciones que referí el otro día me han abierto los ojos. El Gran Chasco de Hadrón, y las pestíferas y reveladoras búsquedas gugleanas me han reafirmado en una vieja teoría: hay que volver al siglo XIX.¡No hay duda! Durante el siglo XX, y a las pruebas me remito, todo se ha hecho mal o peor, y el XXI no parece estar mejor encaminado. Es por ello que considero un deber ineludible de todo ciudadano de bien renegar tanto de tecnologías como de relativismos morales que no llevan más que a la disipación. Es menester retomar los recatos, pudicias y modosías que caracterizaron la decimonona centuria. Incluida por supuesto la doble moral en cuanto al intenso fornicio. Muy especialmente en lo relativo al intenso fornicio. Porque ¿qué gracia hay en yacer con una muchacha cuyas caderas ya hemos admirado a placer, ceñidas tan sólo por una impúdica braga “tanga”? ¿Cómo puede un hombre en su sano juicio lograr una erección digna de tal nombre si la hembra de la especie no suelta un escandalizado gritito y se ruboriza al contemplar por primera vez un miembro pene? ¿Qué gracia hay en desvestir a una fémina que ya caminaba por la calle semidesnuda? ¿Acaso se puede comparar al exquisito y anticipado placer que supone levantar enaguas y desanudar corpiños? ¡No y mil veces no!

Es por ello que he decidido quebrantar mis anteojos y obtener como resultado sendos monóculos, los cuales he prendido al bolsillo de mi chaleco con la cadena de la cisterna. Asimismo he empezado ya a aplicar un linimento crecepelo en mi labio superior, con el fin de cultivar un hirsuto bigotón que dios mediante y a su debido tiempo albergará numerosas liendres, glorioso mostacho cuyas puntas rizaré con gran placer cada vez que vaya al canódromo.

He cambiado mi tullido y nada rentable forfiesta por una suntuosa calesa con cochero incluido, y paso las tardes en el club de caballeros donde no dejamos entrar a ninguna mujer, básicamente porque nos dedicamos a comparar la longitud de nuestras pililas y a hacer apuestas ridículas que se olvidan nada más pisar la calle. Luego acudo a un local clandestino donde las gentes de la alta sociedad tomamos absenta y contemplamos las evoluciones de una dama y su negro alazán. Acabado el espectáculo de bestialismo, vuelvo al hogar donde leo a la glauca luz de un parpadeante quinqué las Memorias de Aristófanes Columpio, insigne cartógrafo.

Y ahora manuscribo en papel barbado y con pluma de oca, haciendo pausas de vez en cuando para mirar las vigas del techo en busca de inspiración mientras me hago cosquillas con la punta de la pluma en mis velludos orificios nasales. Luego doblaré el pliego y lo lacraré, entregándoselo a mi secretario para que se ocupe de la mundana tarea de virtualizarlo, porque yo me niego a tocar esa herramienta proletaria, falsa linterna mágica y entretenimiento de barraca que es el ordenador. Antes de desvestirme, embutirme en mi pijama y cerciorarme de tener a mano el orinal, echo una última partida de ajedrez contra mi autómata, maniquí de sonrisa perpetua y grato contrincante a la sazón, pues rara vez acierta a coger una pieza. Tras derrotalle, embebido de la humana superioridad sobre la máquina y el mundo en general, me aplico la diaria dosis de cocaína inyectable y me acurruco entre las gruesas y pesadas mantas que tejiera mi bisabuela, la señora Ignominia de Tarambana y Melifluo, poetisa bucólica y aun así esposa casta y hacendosa.

7 comentarios:

Vida Victoriana y con Támesis dijo...

No olvide usted visitar las opiosos fumaderos, a efecto de conseguir profusas y oleosas alucinaciones sobre el fin del mundo, así como beber absenta cortada con orín puercoespín del Amazonas, directamente traído a Europa por sir Challenger, y distribuido por el yonki Conan Doyle.

Por otro lado, nada como una mujer temerosa de Dios, limpia y hacedosa, que, luego de finiquitar todos los quehaceres del hogar, fele tu miembro viril con cara de asco pero diligente, y el pote de cristal en mano, alerta y preparada, para hacer del maná seminal ungüento milagroso contra las patas de gallo y el correr de los años.

Salute!

estanli cuvric dijo...

Bravo, Don Bubón, BRA-VO! el siglo recién pasado y este que se aproxima a finiquitar su primera décima no dan muestra de calidad alguna y, aún peor, acumulan una cantidad de habitantes humanos poco o nada sana para el conjunto del bello astro azul. Creo que me uniré en su cruzada e andaré por las calles cual Oliver Twist treintañuno, cara tizanda y boina ladeada, birlando relojes, hurtando carteras y ese tipo de cosas. Será mi contribución si le parece.

Danzante dijo...

Estoy con usted, volvamos al siglo XIX. Siempre me ha encantado esa centuria, con su doble moral y sus coitos ceñidos por las enaguas.

En cuanto al fin del mundo, ya sabe, lo anuncian demasiado, pero nunca termina de llegar. Nuestro fin será mucho más próximo, pero yo no me muevo de aquí hasta la década de los 60, cuando retornarán los ácidos, los mayos y las canciones de The Beatles. Hasta entonces, a disfrutar del intenso fornicio.

Entusiasmado me hallo por su texto. :D

Folken dijo...

Mis preferencias son más del siglo anterior a este, es decir, el XVIII. Los brillantes aceros aún hacían temblar a hacendosos caballeros que por ninguna de aquellas deseaban perder el suyo honor. Donde el sable y las armas de mecha eran uno, no siendo uno muerto por enemigo más lejano a sesenta pasos de distancia y por ello capaz uno de demostrar valía y coger liendres con facilidad.

Además, poder matar ingleses en Cartagena de Indias, es lo que todo español que se precie siempre deseó.

Joan dijo...

Alberga toda la razón posible y un poco más, amigo Bubón. Centurias pasadas siempre fueron mejores, con sus monóculos y sus bigotes finísimos -quién fuera galán, bailando chotis y cortejando señoras con piropos de rima consonante-.

Por cierto, "quinqué" me retrotrae hasta antepasados lejanos, no sé porqué.

¿Se imaginan surcar la blogociénaga en blanco y negro? Quizá cierto tono sepia, pero color, jamás.

¡Viva el absolutismo y la década ominosa!

26172406 dijo...

yo solo le paso el dato, las chicas que usted tanto desea no se sacaban, al bañarse ni sus enaguas ni sus enormes calzones, lo cual facilitaria el proceso de curvar los ominosos mostachos que usted profesa llevar.

Santero Delcolmo dijo...

Usted lo dice porque aún no conoce al siglo XXII