jueves, 9 de julio de 2009

La cocaína

La cocaína
La cocaína
No yo no tomo
Yo no me junto con gente que
Porque mi madre me dice que no me junte
Con la gente de la cocaína
No es buena
Mi madre lo dice
La cocaína
Mi madre tomo mucha cocaína cuando era joven y
Si no hubiera tomado tanta
Yo no habría nacido
Le jodió la vida
La cocaína
La cocaína es mi verdadero padre.
Su polvo blanco
Tanto como se metió
Hizo las veces de esperma
Se lo metía, claro
Por el coño
La cocaína
Y le hizo grumo con los flujos vaginales
Le hizo argamasa
La cocaína
La fecundó y nací yo.

En el principio fue el tedio

Una vez resuelto el problema del agua potable y el alimento sólido, por precaria que fuera esta solución de subsistencia, se me vino encima algo peor que el hambre, la sed o el peligro de muerte: el aburrimiento.

Cuando uno pasa el día yaciendo cuan largo es sobre las baldosas de su azotea, a la sombra de un improvisado toldo, cuando la principal actividad que se desarrolla en el día es la espera, cuando la comida cotidiana es una paloma pobremente asada a la llama de un "camping-gaz" hurtado a las aguas, cuando uno se descubre mirando por inercia su teléfono móvil, esperando quizá ver una llamada perdida o un mensaje, y sólo ve la pantalla resquebrajada y cubierta de orín y moho, y recuerda que ya no hay nadie que pueda llamar; cuando se llega a este punto, es hora de tomar una determinación. Dotarse de un objetivo, por absurdo y rocambolesco que sea. La ciudad entera cuyos asfaltos y hormigones se reblandecen ahora bajo las aguas fue precisamente y sin duda ninguna creada para paliar un aburrimiento semejante, un enorme tedio sedimentado durante siglos, y ahora que el bullicio de la ciudad ha callado, las horas de sol y silencio me hacen pensar si no sería posible construir un andamiaje sobre estas aguas, y sobre el andamiaje extender una gruesa capa de asfalto, capaz de sostener otra ciudad nueva por la que desenvolverse y hacer como si no hubiera pasado nada.

Antes se podía matar el tiempo con cualquier distracción, pero ya no funciona ningún aparato eléctrico así que es del todo imposible tragarse ese alpiste que era la tele, y tampoco puede uno ver películas o enajenarse con videojuegos. Puede uno leer, es verdad. Tengo varios libros rescatados del agua y secando al sol como bacalaos, y una vez pierden toda la humedad son legibles, aunque parece que hayan envejecido un siglo o dos de golpe. Parecen hechos de pergamino ondulado, la tinta está borrosa en muchas partes y siempre hay páginas dañadas, o pegadas entre sí de modo que es imposible separarlas sin provocar su ruina. En contra de la creencia popular, los libros más gratos de leer en una situación de soledad perpetua no son sesudas novelas o versos de hermosa factura, que parecen no tener sentido en el nuevo y acuático contexto. Las novelitas eróticas o de aventuras se disfrutan mucho más y resultan más instructivas.

El fornicio es, no cabe duda, otra gran pérdida en lo que a pasar el rato se refiere. Por mi mente han cruzado vagas ideas, esbozos de experimentos con peces o aves, pero temo que no serían más que un mediocre placebo, lamentable substituto de la experiencia carnal genuina, por no hablar de las muy probables y aparatosas infecciones que dichas prácticas podrían acarrear.

En realidad la única actividad medianamente provechosa e interesante es el buceo. Poco a poco las aguas han perdido parte de su turbiedad, imagino que de alguna manera el polvo en suspensión se ha aposentado, de modo que la visibilidad bajo el agua, siendo mínima, es suficiente.

Lo primero que he hecho, naturalmente, es intentar rescatar mis posesiones. He tenido cuidado de anclar siempre mi barcaza azotea cerca de su base original, esto es, mi antiguo hogar, más por mantener una ilusión de suelo bajo los pies que porque realmente esperara recuperar y dar algún uso a mis muebles y demás artículos del hogar. Las primeras inmersiones no tuvieron mucho éxito, debido fundamentalmente a mi escasa capacidad pulmonar, pero una vez recuperé los preservativos del cajón de mi mesilla, pude utilizarlos como rudimentarias bombonas de aire. El sistema no es tan sencillo como parece, ya que después de todo se trata de globos hinchados que se resisten a ser sumergidos y estorban al bucear. Lo que hago es atar varios de ellos a un cordel, sujeto a su vez a una pesa para que no floten. Cada vez que necesito aire, en lugar de volver a la superficie, corto con unas tijeras el depósito seminal de la punta de uno de los condones y respiro todo el aire que contiene. Seis o siete preservativos dispuestos de este modo me permiten permanecer bajo el agua unos veinte minutos, tiempo más que suficiente, de hecho procuro no consumir todos. Cuando he recogido lo que considero útil, lo dispongo en una caja de fruta, de plástico o madera, la cual ato con una cuerda de tender para poder izarla sin problemas desde la barcaza azotea. Como digo, suelen sobrarme dos o tres globos de aire, cuyo lastre corto, para atarlos a esta cuerda y que hagan así las veces de boya.

Una de las cosas que he recuperado es un pequeño espejo redondo y resquebrajado. Hubiera preferido no verme la cara, por la barba de náufrago, por la mata de pelo estropajoso, como quemado con mechero, por lo amarillento de mis conjuntivas, pero sobre todo porque he descubierto una caries en uno de mis dientes. Naturalmente en este escenario no cabe pensar en dentista alguno, pero he pensado que tal vez podría yo mismo hacer un apaño, toda vez que es uno de los dientes que está junto al colmillo, y es por tanto de fácil acceso. Se trata en realidad de una mota negra que está casi en la punta del diente, al principio la he tomado por un resto de comida pero no había forma humana de sacarla con la uña. Sólo entonces, y sirviéndome de un imperdible, he constatado que esa mota era en realidad un fino agujero, lleno de mierda petrificada, mierda que supongo es la caries propiamente dicha.

Con la aguja del imperdible me he dedicado a raspar esta mácula, descubriendo que en realidad el agujero, siendo de anchura diminuta, se adentra en la pieza dental hasta atravesarla de hecho completamente. Por suerte, y a base de este paciente rascado, he conseguido arañar la costra carioca hasta dejar el agujero expedito, de modo que lo puedo atravesar limpiamente con la aguja del imperdible y con cualquier otra cosa, en realidad, siempre que sea lo suficientemente fina.

Aún no he encontrado utilidad a este orificio, pero es cuestión de tiempo. Ahora todo debe tener una aplicación práctica, un uso, a poder ser distinto del que tenía antes de la inundación. Por ejemplo el destornillador que he encajado en el vano del mango de la fregona, para que en conjunto formen un cómodo arpón. El mango de la fregona es un simple tubo de metal, no todo lo rígido que sería deseable, pero sí bastante ligero. En una de sus bocas encaja casi a la perfección el mango del destornillador. Es cierto que para que se sujete con la firmeza necesaria he tenido que perforar sendos orificios en el tubo que lo contiene, a la altura de otro agujero que hay en la base del mango del destornillador, a fin de atravesar todo ello con un grueso alambre que luego he retorcido con unos alicates. No sé si hace falta que haga un diagrama.

Decía mi padre que un hombre no es un hombre del todo hasta que no tiene un traje y una caja de herramientas. La caja de herramientas, efectivamente, es una de mis posesiones más valiosas y entretenidas. El traje, en cambio, se pudre perfectamente bajo las aguas.

lunes, 6 de julio de 2009

Primera expedición

Los primeros días todo era humo. Podría confundirse con nubes de tormenta, grises y pesadas, arrastrándose a poca altura, o a ratos con una niebla muy oscura, si no fuera por el intenso olor a plástico quemado y por los centenares de llamitas verdes que chisporreteaban por todo el horizonte y que se hacían visibles al caer la noche. Esta humareda general dificultó bastante mis primeras incursiones, no me atreví a alejar mucho mi azotea flotante de su hogar raíz, y me preocupó que los incendios eléctricos que asolaban las terrazas y tejados que aún emergían del agua arruinaran aquellos bienes o alimentos de los que habría podido hacer rapiña.

Poco a poco, la niebla se fue despejando. Primero el cielo se abrió, mostrándose de nuevo azul, veteado eso sí por las sinuosas columnas de humo que ascendían, escuálidas y perezosas, de cada una de las azoteas reconvertidas a islote. El olor a cable y cemento carbonizado fue cediendo paso a otro hedor, penetrante, agrio y a la vez dulzón. Toda la superficie de agua aparecía sembrada de cuerpos y objetos que se pudrían al sol. Todo lo que constituía la ciudad, todo lo que poblaba sus calles y podía flotar ahora lo hacía libremente, cubierto eso sí por una película de cieno verdoso. La mayor parte es basura, ya digo que después de todo no es más que lo que antes yacía en la calle y ahora flota. Desperdicios, bolsas de plástico, neumáticos, contenedores, palés enmohecidos, colillas, pinzas de tender, sillas de terraza, ropa usada, chanclas, barrigas rumanas. Hasta el celo de aquella perrilla, éste también se ha podrido y flota como un hígado hinchado y tumefacto, entre tablones rotos y botellas de plástico vacías.

Nada aprovechable, ya digo. Me preocupa la falta de alimento. Y la deshidratación, ya que evidentemente estas aguas negras que me rodean son de todo menos potables. Por suerte no debo temer los rayos del sol, ya que el hollín que permanece aún suspendido en el aire se me ha pegado a la piel, formando una fina capa cenicienta que me protege de su acción abrasadora y me impide sudar, providencial circunstancia sin la cual habría muerto desecado a los pocos días.

Sólo cuando por fin se extinguieron los incendios y una fuerte brisa barrió hasta los últimos restos de humo pude acometer una incursión propiamente dicha. Habiendo practicado el gobierno de mi improvisado y cementoso boutre, lo dirigí hacia donde en tiempos estuvo el mercado del barrio. Orientarse fue algo complicado de verdad, ya que las calles se ven muy distintas a ras de agua, apenas son reconocibles, y mi propósito era regresar al hogar raíz con un hipotético botín. Por fortuna pude reconocer el antiguo mercado, ahora sumergido, por la cantidad de alimentos que cubrían el agua por completo. Daba la impresión que se podría caminar sobre ellos, si no fuera porque su flotante oscilar revelaba que esta superficie de palés, cajas de fruta y fango orgánico no era en absoluto transitable. Al menos no para mí, para las palomas y gorriones que infestaban este vertedero flotante no parecía suponer un problema.

No tardé en localizar una remesa de botellas de agua mineral que me apresuré a cargar en la cubierta de mi azotea. Encontrar algo comestible me supuso algo más de trabajo, ya que lo que no estaba podrido por el agua había sido picoteado o cubierto de corrosivo guano aviar. Por ello, resolví que lo más sensato sería capturar alguna de esas palomas, para lo cual dispuse un recipiente a modo de bebedero en el que vertí algo de agua mineral. Enseguida los volátiles se arremolinaron para saciar su sed con un líquido que no provocara diarreas y vómitos, y no tuve más que agarrar a unas cuantas por el pescuezo y de seguido retorcérselo. Me procuré también unos cuantos cítricos que flotaban y no tenían del todo mal aspecto, con ellos habría de combatir el escorbuto.

Atardecía ya cuando desplegué la vela de mi azotea, soplaba también un viento moderadamente intenso, como tengo observado que sucede a la salida y la puesta del sol. Apenas había puesto rumbo de vuelta a mi hogar raíz cuando reparé en algo que hasta entonces no había visto, al estar enfrascado en mis tareas de caza y recolección: un navío se me había acercado por popa y acortaba distancias a gran velocidad.

Mi extrañeza inicial dio paso a un juramento por no tener a mano unos binoculares o un catalejo con el que informarme acerca de este peculiar bajel, pero la manera en que se acercaba sin hacer señal alguna no era en modo alguno buen presagio. Enseguida pude ver que aquel navío no era una embarcación propiamente dicha, sino que había sido improvisada, al igual que mi boutre azotea; pero en lugar de tratarse de un terrado arrancado de cuajo de su bloque cimiento, el casco de esta nave era la carcasa de un autobús invertida y previsiblemente vaciada.



Esto la convertía en una embarcación más ligera que la mía, y de mayor velamen, mucho más rápida por tanto. Acortaba distancias como digo a gran velocidad, de modo que no tardé en poder distinguir a simple vista a la tripulación de este navío. En él viajaban al menos media docena de hombres huesudos y vestidos a la manera náufraga, esto es, como yo mismo, pero el gesto fiero y predador que agarrotaba sus rostros y el modo en que agitaban hachuelas y bates de béisbol no dejaban lugar a dudas acerca de sus lesivas intenciones.

No hay mucho que uno pueda hacer para que una azotea, estando ya su única vela desplegada, navegue a mayor velocidad, de modo que sólo pude mascullar entre dientes mientras el autobús pirata se me aproximaba peligrosamente. Ya podía oír sus feroces gritos en los que se me faltaba al respeto y se hacían patentes los caníbales propósitos de este navío de degenerados, ya podía incluso verle la cara al que parecía ser capitán de este antropófago balandro, un tipo que se erguía sobre su proa parachoques, un energúmeno de rostro alargado, con mandíbula casi deforme y aire mongólico en general. Empuñaba en su mano derecha un serrucho, el cual sacudía en el aire, haciendo que en su vibrar emitiera un sonido metálico y ululante que consiguió que se me helaran de terror las entrañas.

Lamenté muy profundamente no disponer de arma alguna, siempre lo he dicho, se debería permitir a los ciudadanos poseer armas de fuego con las que defenderse caso de que la civilización sea temporal o definitivamente suspendida, o sumergida, como efectivamente y por fin ha sucedido. Era éste lamento quejumbroso e inútil como todos, y pronto dio paso a una furiosa desesperación. El barco estaba ya a menos de veinte metros de distancia, y se aproximaba cada vez más, cuando reparé en un detalle que habría de constituir mi salvación. La misma naturaleza autobusera del casco que le proporcionaba esa mortífera rapidez tenía a su vez un punto débil: las ventanillas y parabrisas, que estaban en su mayor parte bajo la línea de flotación y sin duda les eran muy útiles para vislumbrar la urbe sumergida. Apenas caí en la cuenta arranqué varias tejas de mi barcaza azotea y las arrojé en su dirección como haría un discóbolo.

El que parecía capitán de esta tropa de indeseables brutos se rió primeramente, al pensar que mis proyectiles iban dirigidos hacia él o cualquiera de los miembros de su tripulación, pero su sonrisa se le cayó a los pies y rodó por cubierta cuando por fin oyó el primer estruendo de cristales rotos: efectivamente una de mis tejas había alcanzado el parabrisas de proa, abriendo una enorme vía de agua que frenó su avance en seco y sumergió prácticamente toda la cabina, haciendo que el navío adoptara una verticalidad que sólo podía acabar en naufragio.

Contemplé el desastre de aquellos que habían querido mi perjuicio encaramado en lo más alto de mi balsa, que seguía indemne su curso, hasta que por fin vi cómo la nave atacante se hundía del todo en las turbias aguas matritenses, teñidas de fuego y óxido por el ocaso.

viernes, 26 de junio de 2009

A la rapiña


A la rapiña

Al final ni obra maestra ni nada. Quiero decir que la escritura del guión pornográfico me ha sido del todo imposible, ya que de tanto imaginar tórridas situaciones, apenas llevaba media página escrita tenía que parar, tomadas las entrañas por una ardiente lujuria que me veía obligado a desfogar inmediatamente. Así, con estas intermitencias, no había manera de mantener la perspectiva de la obra, y si luego se leían una tras otra esta serie de medias páginas inconexas, la mente del lector era sometida a un paseo extremadamente abrupto, escarpado y tuercebotas.

De manera que mi tiempo lo ocupo como ya digo en masturbarme. El grueso de él, digo, del tiempo, pero no todo el rato. Estando desempleado uno tiene también ocasión de leer y ver muchas películas en su casa, lo cual es bueno, pero acaba pareciéndose un poco a estar en presidio, piensa uno en sacarse la carrera de Derecho por correo, no sé si me explico.

Por suerte no estoy preso, sólo perdido, así que puedo salir a la calle a vagabundear. Si alguien me hubiera dicho hace un par de meses que dejaría voluntariamente de ir en coche, le habría abofeteado sin duda. Pero es que con semejante calor no hay quien se meta en la pequeña carcasa roja de mi destartalado forfiesta, un verdadero horno que bufa vaharadas de aire abrasador al abrir sus portezuelas, eso cuando quiere abrirlas, que el otro día por poco me quedo encerrado en su interior, hirviendo al calor del sol de mediodía. El volante que escalda mis manos, las ruedas reblandecidas, al mínimo frenazo subliman en forma de humo blanco y de gomoso olor.

He vuelto por tanto a viajar en autobús, por el aire acondicionado, claro está, pero también, no puede negarse, por rodearme de seres humanos, para variar la perenne y onanita soledad en la que vivo. Es verdad que al principio lo he hecho, esto de viajar en público, con la mirada fija en un libro y los auriculares puestos, derrochando renegada pose. Poco a poco he levantado la vista y mirado a mi alrededor, a través de la ventanilla concretamente. En la calle el habitual empedrado de cuerpos, pies enchancletados, barrigas rumanas, camisetas de tirantes por doquier, chicas con pantalones muy cortos y un montón de piernas, una madre con vestido que se agacha a coger algo del carrito que empuja, se agacha y la brisa traicionera deja al descubierto por un segundo la ausencia de bragas. Con este calor todo son carnes de muslo, también dentro del autobús. Una chica de pelo negro y piel muy pálida, con labios finos, pintados de rojo, otra de piel seguramente morena, pero que se cubre de maquillaje para parecer pálida, lo sé porque el talco difumina el tatuaje que lleva en el omóplato. A mí cada cual que haga lo que quiera, pero yo un tatuaje sólo me haré si algún día cruzo el ecuador a bordo de algún paquebote, y será un alambre oxidado lo que garabatee torpemente un ancla en mi antebrazo.

Una gorda de exótico acento hablando por su celular, con el altavoz puesto, así y todo en la oreja. Noto que estoy padeciendo los rigores del calor cuando escuchando su insulsa conversación pienso que no está hablando con otra persona, que no hay otra persona al otro lado del teléfono sino que es el propio celular el que le habla, tiene activado un modo de cháchara automática, aleatoria y estridente.

También lo sé porque empiezo a ver números aparentemente significativos por todas partes. Cada vez que miro un reloj, son las 13:31, las 12:21, las 18:18 o cosas así. No sólo números, me pasa también con palabras, que se aparejan formando palíndromos. Me quedo perplejo, claro, desbordado por la cantidad de coincidencias absurdas que se me aparecen, pero por suerte enseguida me corrijo, ya me conozco las ebulliciones de la cabeza y sé que sólo tienen un culpable: este bochorno paposo y asfixiante. Intento combatirlo mojándome al llegar a casa y apuntando hacia mi piel el ventilador, es inútil, puede haber un refrigerio momentáneo pero el calor sigue mandando y paralizando mi sesera.

Por eso salgo al atardecer, cuando los bares ecuatorianos empiezan a abrir sus persianas pintadas de fucsia y celeste. Pululo un rato más, pasan horas hasta que la temperatura baja un grado o dos. Calle abajo, los operarios que esta tarde manipulaban alguna cañería subterránea han olvidado cerrar las tapas dentadas que dan acceso a ellas. Me asomo a su interior y recuerdo ese remedio de anciano que consiste en regar las baldosas y el asfalto para sofocar el calor que desprenden tras pasar todo el día horneándose al sol. Con uno de los picos de los operarios la emprendo a garrotazos contra la cañería, saltan chispas, y sudo aún más, pero pronto se abre una raja en la gruesa vena de hierro y el agua mana a borbotones, fresca, un poco maloliente, sí, pero fría, sale a chorros, un géiser cuya humedad encharca poco a poco el asfalto de la calle, que sisea y se retuerce como piel de lagarto. Me tumbo para descansar, aliviado, y al rato vuelvo a casa para aprovechar las horas de noche que quedan durmiendo en pelota picada.

Despierto con la nariz rozando el techo. La cama se mece con un bamboleo suave pero desconcertante, y es un despertar vertiginoso cuando descubro que el agua ha inundado mi casa hasta dejar apenas un pie de aire hasta el techo, en ese pie flota mi cama. Me zambullo en el agua, buceo para pasar entre las puertas y escapar a duras penas por una ventana. No sólo es mi casa, el barrio entero y es de suponer que toda la ciudad ha sido anegada por un agua turbia y fresca.

Subo al tejado de mi hogar y miro el horizonte de azoteas que asoman sobre la superficie del agua como islotes. Un enorme y masivo archipiélago de pequeños islotes, eso es ahora la ciudad. Debería arrepentirme por haber abierto aquella cañería, por la destrucción y la pérdida de vidas, se supone, pero el caso es que el sol brilla ahora más clemente, reflejado sobre esta superficie acuosa. El calor es incluso soportable, no aplatana, y el frescor del agua favorece la actividad.

Brioso y pletórico de energías, remolco hasta mi tejado un poste de madera que flotaba a la deriva, y con cierto esfuerzo logro ponerlo erecto, amarrado a la salida de humos de mi hogar. Remendando unas cuantas sábanas logro hacer una vela decente, la cual arrío a lo alto del mástil, y ya sólo me queda levar anclas. La cosa no es difícil, toda esta agua ha reblandecido el yeso y la madera que mantenían arraigada la azotea de mi hogar, y con la ayuda de una hachuela puedo separarla del resto de la casa, para surcar las tranquilas aguas de esta ciudad, en busca de rapiña.

viernes, 19 de junio de 2009

Daguerrotipo




Ordenando mi trastero me he encontrado con este daguerrotipo de Don Bubón de la Ignominia y Salcedo, notorio morfinómano.


No sé si saben de alguien que compre quincalla de esta clase, ya digo que necesito hacer sitio.

miércoles, 3 de junio de 2009

Ejército de desharrapados

Ya tenía pensado liarla, cuando llegara la hora aciaga en que me tocara visitar la Oficina de Amparo y Caridades, cuando me tocara acudir casi de madrugada, en faltando aún varias horas para que la oficina abriese, y me encontrara así y todo con una larga cola como de rata, toda hecha de gentes desahuciadas. Pensé que no me sería difícil reclutar allí muy nutridas huestes a las que acaudillar y a cuyo mando dirigirme río arriba, para instalarme en plena naturaleza y hacer de mí todo un Coronel Kurtz.

El primer inconveniente es que ninguno de estos sujetos parecía apto para formar una milicia. Me extrañó la abundancia de personajes grotescos en aquella cola, aquella cola de madrugada, el único rato de frescor que he pasado en todo el día. Grotescos, sí, pero lo que es peor: aborregados. Concluí que jamás podría desplegar mis artes de fino estratega si había de movilizar aquel desfile de caras largas y ojos rebosantes de drama. Cabizbajos, arrastraban los pies cada vez que la cola avanzaba siquiera fuese medio metro, con la pesadez y desazón de un condenado a garrote vil. He de confesar que me vi defraudado al constatar que jamás haría carrera militar de ninguno de ellos, que entre todos no juntaban ni una sola pizca de ardor guerrero, que su moral estaba carcomida y se deshacía con el mero soplar del aire, en fin, que aquella Santa Compaña no sería capaz ni de espantarse las moscas que les rondaban la frente, ni hablemos ya de combatir a mis enemigos.

Arrojé lejos de mí por tanto el cajón de fruta que transportaba, y que me hubiera servido de improvisado púlpito desde el que proferir la más enardecedora arenga. Hubiera sido un desperdicio de saliva, talento y energías, ante aquella caterva de borregos adocenados a los que sólo faltaba mugir, y que no protestaban ni cuando algún avispado hacía caso omiso de la cola y se sentaba como si tal cosa ante la misma puerta de la Oficina de Amparo y Caridades.

Tuve que aguantar los lamentos de un bizco entrado en años que al parecer había perdido su establecimiento después de cuarenta y dos años y ahora trataba de buscarse la vida como asalariado. Temí que fueran todos a desahogarse allí mismo y contar uno por uno sus miserias, pero por suerte nadie hizo caso del dichoso bizco, quien pronto calló y bajó la cabeza para sumergir el rostro en el fango de su desgracia. ¿Podría aquél tipo ya no diseñar y construir sino tan sólo empuñar un arma? ¿Podría blandirla con brío y energías para atracar una bancaria sucursal? Lo dudé mucho, y me abstuve por tanto de proponérselo. Tenía en la mirada ese aire del exconvicto que tras cuarenta y dos años de condena sale por fin a la calle para sentirse extranjero y cometer el primer delito que le salga al paso para volver al penal, al hogar.

Era demasiado tarde para él, pero no para mí. Me plegaré a este trámite, me arrastraré por entre las ruedas de este molino pero sólo hasta conseguir mi cuota parte del dinero del contribuyente, al cual pienso dar muy fructífero y ocurrente uso: voy a emplear esta suma para mantenerme vivo y bajo techo mientras escribo un guión pornográfico como Dios manda, uno como no se ha hecho hasta ahora, plagado de corsés, mujeres orondas, penes con monóculo, tipos disfrazados de caballo y dirigibles.

A partir de ahora lo llamaré Mi Obra Maestra, y no consentiré que se me moleste mientras lo escribo, daré grandes voces a quien lo critique y seré extremadamente suspicaz y tendente a imaginar conspiraciones e intrigas de cara a su plagio.