viernes, 9 de abril de 2010
Bolsas de plástico al sol
Sólo he tenido conocimiento de esta broma a través de la televisión porque, por diversas razones, esta broma no puede practicarse en nuestro país. A pesar de que hay heces en abundancia, las bolsas que utilizamos suelen ser de plástico, que no arden tan limpiamente como las de papel; y lo habitual es vivir en bloques, cuyo portal se abre a través de un interfono incapaz de pisar nada.
Supongo que por eso este emprendedor par de muchachos intenta una pequeña variación, adaptando la broma a su entorno y a la vez llevándola un poco más allá. La bolsa que utilizan es efectivamente de plástico, y en lugar de arder yace en medio de la carretera, y en lugar de heces contiene un bebé. Los coches pasan por encima creyendo que está vacía, y entonces la sorpresa.
Si os digo la verdad ningún coche para, quizá notan algo raro al pasar por encima de la bolsa-trampa, pero realmente permanecen al margen de la broma, se trata de una broma al aire. Ni siquiera los bebés son de verdad, son muñecos nada más, ya digo que es una broma, no pasa nada.
Aunque el comisario diría otra cosa. El comisario vuelve al hogar después de un día duro, han atrapado a dos muchachos bromistas que ponían bolsas de plástico con bebés dentro en medio de la calle, bebés que habían robado previamente de sus cunas, en un descuido de las madres. Les han aplicado el protocolo habitual, el llamado tratamiento arborescente, que consiste en ramificar las extremidades superiores de los delincuentes, que así sólo pueden delinquir a escala microscópica.
Esta justicia fractal se aplica con la ayuda de varios serruchos y seguetas de diferentes grosores y resoluciones. Se empieza bifurcando los dedos uno por uno, desde la punta a la base, y se continúa serrando longitudinalmente sus respectivos metacarpos, pero al llegar a la muñeca se cambia a un serrucho más grueso, con el que se asierra el antebrazo. Y eso fue todo para los dos bromistas, pero en general el número de iteraciones, el número de grados de ramificación depende de la gravedad de la condena.
Y si sólo fuera un día no pasaría nada, pero es así siempre, ésta es la rutina del comisario. Todo este horror, se lamenta, le ha llevado a refugiarse en la bebida, a desatender a su devota y sacrificada esposa, a la que con gran sordidez ha sido infiel; y lo que es peor, lo que deplora sobre todas las cosas: fallar a su primogénito, que apenas ha entrado en la adolesciencia ha seguido su penoso ejemplo, dando la vida por perdida y entregándose a cualquier clase de escabrosa y desaforada embriaguez.
viernes, 26 de marzo de 2010
Drama irresoluble
(haciendo clic en la imagen se ve un poco mejor, y luego haciendo clic en la esquina inferior derecha, donde al poner el cursor aparece la opción "Expandir a tamaño normal", entonces se ve como dios manda)Lo caduco
Ha tenido que irse, por fin, el buen tiempo, el sol casi justiciero y el floripondio general. Ha tenido que llegar el cielo gris y un viento frío y muy fuerte, que agita inmisericorde las ramas de los árboles por toda la ciudad.
La pústula reblandecida por obra y gracia del zumillo de un coño glorioso. El ímpetu bubónico hundido en una sima de miles de kilómetros. Toda la energía sorbida y entregada a una fosa abisal humana, un agujero imposible de llenar.
Hoy coinciden varias situaciones extrañas. Una campaña estilo “salvad las ballenas” que consiste en mantener apagado por una hora cualquier artefacto eléctrico. No voy a argumentar ni a dar mi opinión acerca de esto, ya digo que hoy vengo manso. También toca esta noche el cambio de hora semestral. Se nos va a hurtar una hora, mientras dormimos, y cualquier tejemaneje temporal de esta clase siempre me inspira recelo y algún que otro delirio. Me intriga mucho que estén tan próximas en el tiempo ambas situaciones. Como si hiciera falta apagar todos los artefactos eléctricos del mundo para cambiar la hora, como si hubiera que parar un reloj gigantesco que desde el centro de la tierra lo alimentara todo. Hay algo turbio, ahí detrás, escuchadme lo que os digo. Estad atentos, el lunes.
Y por último, la inminente tormenta. Las ramas azotadas por el viento, las esporas primaverales, polvo amarillo, flores secas, ramas, tropezones en la ventolera, arremolinándose ante los portales, golpeando mi coche con ruidos secos. Lonas de plástico arrastrándose por la calle, no una simple bolsa de basura, muchas lonas, y muy grandes, reptando sobre el asfalto, por las aceras vacías, olfateando aquí y
allá, irguiéndose por un segundo, amenazando saltar sobre mi parabrisas. El
descampado escupiendo vaharadas de cal a la calle. No es brisa, esto. Algo se cuece.
Sería una coincidencia muy extraña que el apagón se fuera de las manos, saboteado por causas naturales. Que esta tormenta que se cierne y sus rayos aprovecharan el bienintencionado descuido para abrasar varias estaciones transformadoras estratégicamente situadas en todas las grandes ciudades, desmantelando la red eléctrica en su totalidad. Apagar la luz, para descubrir más tarde que por mucho que pulsemos el interruptor, nada vuelve a funcionar.
La lluvia, esta lluvia, tiene algo de esperma. Por la época, claro, por lo sedienta que está la tierra de ella, por cómo se retuerce, la tierra negra e hinchada, vaginal. El viento tiene mucho de embestida, por la manera inmisericorde en la que azota los postigos de la ventana.
Escribo con el cerebro anquilosado, con un exceso de minerales solidificando entre mis neuronas, una suerte de árbol de coral que cruje a cada pensamiento. Voy a seguir la corriente. Voy a apagar borrego cualquier artefacto eléctrico de mi destartalado hogar. A la hora equivocada, eso sí: a las dos, esas que serán las tres, según nos quieren hacer creer. No sé vosotros pero yo deambularé comprobando el estado de los transformadores y los cables de alta tensión, a poder ser muy borracho. Escondiéndome para que no me arrebaten la hora, luego al llegar a casa cambiaré el reloj y fingiré normalidad, pero la hora seguirá en mi poder, para utilizarla cuando mejor me convenga.
PD: Escribí esto hace un año, pero cuando lo quise publicar el cambio de hora ya había pasado, el portal se había cerrado y sólo se abriría un año después, esto es, ahora; por eso los sucesos meteorológicos y vitales que en él se narran han quedado obsoletos o perdido su vigencia. La hora que sustraje sigue acumulando polvo en algún cajón de mi buró, y si publico esto ahora es más por menoscabar el concepto de actualidad que por ensalzar lo caduco.
viernes, 12 de marzo de 2010
Aquel imbécil
Es verdad que este aumento de la superficie costera generó muchos puestos de trabajo, pero lo que este imbécil no pudo ni de coña prever fue que un pico en la actividad electromagnética solar provocaría como así fue una exótica recombinación del compuesto soluble con el que se había subido el punto de fusión del hielo, y que a estas alturas era ya parte integrante de cada gota de agua del planeta. Esta exótica recombinación provocó que el líquido elemento solidificara instantáneamente en todo el globo, pero no en forma de hielo, sino de una especie de vidrio o cristal tibio, parecido al metacrilato pero extremadamente duro y cortante, incapaz de fluir, derretirse o evaporarse.
Como cabe imaginar, aquello fue un desastre a escala mundial:
Barcos encallados en un mar de vítreas colinas, coronadas por espuma de cristal, tripulaciones abandonadas a su suerte, recorriendo desorientadas y en penoso éxodo esta inacabable extensión de dunas traslúcidas y reflectantes que acaban por causarles ceguera permanente y abrasión en sus pies descalzos.
Nadadores atrapados en ríos, lagos y estanques, pidiendo ayuda a gritos, pidiendo ser libertados, pero sólo el eco de los valles responde, ni siquiera el pescador acude en su auxilio, ha tenido que romperse los tobillos para poder sacar los pies del agua, que apenas le cubría hasta la espinilla, y se arrastra como puede ladera arriba.
Buceadores condenados a la asfixia en una tumba de cuarzo, congelado su movimiento en el acto de comprobar el nivel de oxígeno, congelado en una fotografía claustrofóbica. A doce metros de profundidad este agua solidificada no aguanta el peso del agua que hay por encima, a doce metros de profundidad se resquebraja, se estratifica, por eso he dicho que su tumba era de cuarzo, porque entre las grietas y el modo extraño en que la luz se refracta ahí abajo apenas entrevé el coral, las anémonas, los erizos y los peces payaso que morirán con él en el arrecife, pero no tiene problemas para seguir comprobando el nivel de oxígeno y llevar la cuenta atrás perfectamente.
Bebedores ahogados por su propio trago, solidificado a medio camino. La gravedad no depende del líquido en sí, ya que cualquier bebida contiene agua, sino de lo largo que haya sido el trago: hay quien sólo ha dado un sorbito y, aunque a duras penas, consigue vomitar la amorfa pelota de cristal que amenazaba con asfixiarle, pero el que engullía como si no hubiera mañana ve castigada su ansia con un tramo de vidrio que ha adoptado la forma de su tráquea, su esófago y parte de su estómago, y que ahora se mantiene rígido, obstruyendo el paso de aire, hasta que la falta de oxígeno provoca espasmos y convulsiones que causan la fractura del cristal y la subsiguiente carnicería interna.
Individuos que en pleno disfrute de su ducha se ven súbitamente apresados en una diabólica maraña de volutas cristalinas y, temerosos de romper su prisión y hacerse la carne jirones con las esquirlas, permanecen inmóviles hasta consumirse.
Y la lista sigue, pero es la lista de los afortunados, lo verdaderamente agónico ha sido estar en seco y sentir ese ochenta por ciento de agua que compone el propio cuerpo cristalizando, y no hablo de agujetas generalizadas, hablo de carne desmigada y quebradiza,
huesos de fractura fácil, que al partirse suenan pastoso, como al partir chocolate,
saliva formando una jaula interna en la boca,
líquido lacrimal apresando el ojo como un cepo,
una incómoda y pétrea pelota por vejiga,
el líquido del oído interno solidificado, anulando el sentido del equilibrio, y en consecuencia provocando la estrepitosa caída y rompimiento de todo el que no estuviera sentado o tumbado.
Claro que para éstos, para nosotros, tampoco ha sido mejor, porque respirar se ha convertido en un acto imposible de puro áspero y pesado, y es como si la sangre, en lugar de fluir, hubiera coagulado en las venas, espesa, cuajada de gotas de este vidrio tibio. Como en una morcilla, una morcilla en la que en lugar de arroz hubiera pequeñas cuentas de cristal, un collar de perlas corriendo por mis venas.
Poema licencioso
en medio de un comedor de empresa.
Un enorme comedor de empresa,
un enorme
comedor de mujeres,
donde hay que hacer cola
y sostener una bandeja,
e ir cogiendo los platos de uno en uno.
Hay mujeres de edad avanzada
pero también hay jóvenes,
aunque la mayoría tienen unos treinta y tantos,
tirando a cuarenta.
Tienen todas mucha clase,
van sutilmente maquilladas,
y visten elegantemente.
Son señoras,
de pendiente de perlas
foulard de cien euros,
y peinado de peluquería.
El hombre desnudo es el salero,
su esperma es el condimento,
le van llamando desde las mesas
para masturbarle
sobre los platos.
Lo hacen con mucha clase,
cogiendo la polla entre el índice y el pulgar,
agitándola breve y educadamente
hasta que se corre encima del plato,
o del cuchillo de untar.
El problema es que cuando el hombre desnudo se corre,
su orgasmo es auténtico,
muy violento,
y gime a gritos,
se agarra a cualquier cosa,
manotea y sufre espasmos,
vuelca las mesas,
dejándolo todo hecho un asco.
Poema lúgubre
se hace de un equipo de fútbol
(aunque no le gusta)
para que no piensen que es mariquita.
En la grada,
un bruto calvorota
le da un codazo en el hígado,
sin querer,
pero desde entonces sangra por dentro.
No dice nada, precisamente
para que no le llamen mariquita.
Ni siquiera cuando el hematoma
se extiende por todo su cuerpo
y tiene que disimularlo
usando polvos de talco.
Desde entonces su piel es violeta.
El hombre más patético del mundo
no se atreve a apagar la radio,
por miedo a que justo cuando la desconecte
ocurra algo gravísimo, algún suceso
que afecte a alguien conocido.
Se acostumbra a dormir con las voces
de los locutores, y sueña programas de madrugada,
donde una insinuante y adormilada voz femenina
escucha las tragedias
y sucesos rocambolescos
en los que se ve involucrada
gente rara.
El hombre más patético del mundo
está solo, aunque a veces,
en mitad de la noche,
le despierta la llamada
de una muchachita de quince años,
para reírse de él
a grandes carcajadas.
El hombre más patético del mundo
va a la iglesia
en busca de consuelo
pero al comulgar,
al impregnarse la hostia bendita
de su saliva
una fuerza sobrenatural
lo eleva por los aires
y lo arroja a través de una vidriera: dios no le ama.
Traspasado por esquirlas de colores
perforado por tiras de plomo
el hombre más patético del mundo
se desangra lentamente
sobre una zarza.
