sábado, 13 de febrero de 2010

El hijoputa

Me lo encontré, al hijoputa, porque las llaves se me escurrieron de los dedos al ir a abrir el portal, y tuve la mala suerte de que se colaran por uno de los agujeros que tienen las tapas de alcantarilla para que los poceros puedan levantarlas cómodamente, con ayuda de alguna exótica herramienta, cada vez que tienen que entrar. Yo no soy pocero ni tengo herramientas exóticas así que por poco me despellejo los dedos al abrir la dichosa tapa, en fin, que no me quedó otra que bajar, con el asco que le tengo yo a las cloacas, a todo lo que esté húmedo y oscuro y huela a heces.

Las llaves no las encontré, pero ya digo que al hijoputa sí. No sabría cómo describirle, tiene partes de insecto y partes de reptil, pero el tipo es casi tan grande como una persona, y lo que es seguro es que tiene una sonrisa enorme y asquerosa. He intentado hacer un esbozo, desde luego no le hace justicia, y hay que imaginárselo a tamaño natural, y negro, en realidad tiene la piel gris oscuro, pero no se me da bien colorear:
Es verdad que tiene un aspecto algo siniestro, pero tampoco me parece que se deba juzgar a nadie por su aspecto y nada más, así que hablaré de sus acciones, mencionaré que se trata de un individuo al que en los quince minutos que estuve con él le vi convocar a diez vírgenes que había secuestrado previamente y colocarlas a cuatro patas, formando un círculo, con la idea de desflorarlas a todas a la vez, a la manera de los violadores múltiples. El propósito de semejante ritual era, según me dijo, generar una forma extraña de campo magnético, una especie de inducción mística generada por el acto de desflorar a una virgen, y amplificada por esa disposición espacial en círculo, un poco como en una bobina, o algo así me dijo. Lo cierto es que no domino para nada el tema, la cosa no me quedó clara del todo y tampoco quise preguntar, siendo además que el hijoputa se expresa con mucha dificultad y suena algo gangoso, imagino que por el gran tamaño de su boca. Bueno, he intentado representar todo esto en forma esquemática, esto del mecanismo desflorador. Las líneas verdes y rojas simbolizan el campo inducido, pero podrían no estar ahí en realidad, yo no las vi, de hecho.

No sé, si os digo la verdad este encuentro me ha dejado algo preocupado, me deja varios interrogantes. Como por ejemplo el ruido, ese crepitar que tengo todo el día en la cabeza, un sonido como de arrugar el envoltorio de un caramelo. ¿Será cosa del hijoputa? El psiquiatra dice que no, que se trata de una alucinación relativamente benigna que podría amortiguarse si consintiera en tomar la medicación, pero entonces ¿cómo es que a veces tengo que interrumpir una conversación con otra persona porque suena mi teléfono, y al otro lado oigo ese sonido de nuevo, ese crepitar? ¿Será él, que me llama y no habla, no dice nada, sólo emite ese sonido, ese restregarse el teléfono por las antenas, ese zumbar de élitros?

¿Será él quien me da instrucciones en sueños, sueños plagados de cánticos y símbolos freudianos, sueños en forma de musical donde los protagonistas cantan y bailan y miran a cámara y me dan instrucciones precisas de lo que debo hacer? ¿Será él quien ha hecho entrar en trance a los directores de todas las sucursales bancarias de España, en trance de ojos en blanco y boca abierta como la de un pez, en trance de treinta segundos exactos en los que cada director de sucursal de España transfiere seis céntimos de cada cuenta que existe a la mía para luego no recordar nada, sólo quedar un poco perplejo y desorientado pero sin tener ni idea de que ha participado en un trance fugaz y simultáneo que ha recorrido como imperceptible relámpago, como escalofrío, la piel de las finanzas españolas, pellizcando de cada poro lo justo para que nadie note nada?

¿Será él, el hijoputa, quien me ha dado instrucciones precisas en sueños para que invierta ese monto dinerario extra en un rifle de alta precisión, el mismo rifle que ahora empuño y a cuya mira telescópica tengo arrimado el ojo, el rifle que estoy apuntando y me dispongo a disparar?

LO DUDO MUCHO

sábado, 6 de febrero de 2010

lunes, 25 de enero de 2010

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Máquina de serrar brazos (para el que quiera serrárselos)

Cualquiera que haya intentado alguna vez serrarse los brazos se habrá enfrentado a un problema de engorrosa solución, y es que si bien uno de los brazos puede serrarse sin problemas, el otro, esto es, el que empuña el serrucho, es anatómicamente incapaz de serrarse a sí mismo, por lo cual si uno desea amputarse ambos brazos debe recurrir a la ayuda de un amigo o a soluciones tan aparatosas como improvisadas que ponen en riesgo la entera anatomía del amputando.

Así ha sido, al menos, hasta hoy. Merced al nuevo y flamante ingenio aserrabrazos que aquí presento, uno será capaz de desmembrarse los cuartos anteriores sin necesidad de importunar a las amistades o ensuciar las vías del ferrocarril. El ingenio aserrabrazos puede instalarse en un espacio relativamente reducido, y no necesita más energía que la que el propio usuario proporciona. Además, sus peanas de tornillo universal permiten acomodarlo en cualquier estancia, ya sea su gabinete preferido o el frío y húmedo establo. Sea el primero de su localidad en adquirir el ingenio aserrabrazos y rentabilice rápidamente su inversión cobrando un módico precio a sus vecinos por el usufructo del aparato. ¿Quién necesita extremidades para trabajar teniendo un aserrabrazos, del que diríase que el dinero mana por sacas?

Vean aquí un pequeño boceto del mismo que llevo en mi cuaderno:

martes, 3 de noviembre de 2009

Progeria

Dos niños tomando zumo de piña en una terracita, perdón, en una mesa en la acera, porque de terraza ahí no hay nada, sólo la sombrilla, la mesa de hojalata, las mondas de panchitos en platos de porcelana, los vasos de tubo y los servilleteros que agradecen la visita para ahorrarle tamaño alarde de buen humor al camarero. No es terraza la cosa porque está a ras de asfalto, a pie de tráfico rodado, y en Reina Victoria el día es espléndido, hace sol de junio, hace calor a deshoras y se suda al caminar.

Dos niños tomando zumo de piña con dos abuelos, una pareja de abuelos, la hembra y el macho de la especie anciana, cabe destacar que ni éstos son sus abuelos ni aquellos sus nietos, están sentados como equipos de mus, los niños frente a frente, y los abuelos también. Están cerrando un trato, una conspiración contra natura: los niños quieren la vejez de los ancianos y los abuelos la juventud de los niños. El intercambio se hará con una cajita, una cajita como de anillo, una cajita de pedir manos. Al abrirla un rayo de provecto verdor ilumina el rostro del niño dominante, avejentándole de golpe, cruzándole la cara con décadas de arrugas, una pequeña cara de abuelo con gorrita.

Los abuelos, está claro, lo hacen por los setenta años de vida extra, de vida con pensión a costa de los contribuyentes, toda otra vida de viajes del Imserso y descuentos en el cine. No se sabe si es su primera vez o vienen actuando así durante siglos.

Los niños, en cambio, lo hacen por otros motivos. Uno de ellos sólo quiere dar un disgusto a sus padres, “pica” el telefonillo y sube las escaleras como puede, como le dejan sus ahora ásperos y correosos pulmones. Se presenta ante sus padres con ese cuerpo ajado y calvo, vapuleado por la edad (que no los años) y con voz decrépita espeta: creíais que me había escapado, creíais que quería morirme para que escarmentárais todos, pues bien, no vais tan desencaminados ¡me he quitado setenta años de vida de golpe! Se los he dado a una anciana, Jorgito y yo se lo hemos dado a unos abuelos que hemos conocido por internet, así aprenderéis, ahora vais a tener que consentirme cualquier capricho por lástima. Voy a daros una muy intensa pena ¡una pena abisal! Mis últimos deseos son helado de chocolate y la güi. Los padres, a coro: Hijo mío lo que quieras, pobre hijo mío qué has hecho.

Al otro niño, al niño dominante, se la sudan sus padres, sólo quería ser mayor y no ha sabido tener paciencia. Como era de esperar nadie cree que sea un adulto, la auténtica vejez no es sólo arruga, lunar y cana, la auténtica vejez afecta a todo el esqueleto, alarga los huesos de la cara, hace crecer gibas y verrugas, otorgando un aire elegante en general. A diferencia del físico infantil, cada cuerpo anciano es distinto y sorprendente, es el cuerpo humano completo, desarrollado hasta su más excelente expresión y en toda su gloriosa diversidad. Nada de ésto tiene el cuerpo prematuramente avejentado de Jorgito, pero igualmente los parroquianos se apiadan, quién le diría que no a un niño con físico octogenario: tenga Don Jorge, su vermú, cambio para la tragaperras y una caja de puritos, de los buenos, que no se diga. ¿Unas olivas, Don Jorge?

Don Jorge se caga en dios con voz atiplada y cazallera, para luego esputar el mondadientes que hábilmente blandía entre sus morros arrugados, con tal pericia que le atina al camarero en la pupila.

viernes, 16 de octubre de 2009

jueves, 8 de octubre de 2009

La grieta

Hay una grieta en mi dormitorio, una escarificación de la pintura que recorre como un latigazo oblicuo la pared que tengo a mano izquierda cuando duermo. No es una grieta del muro, es sólo la pintura, blanca y lisa, que ya estaba desgarrada de este modo cuando vine a vivir aquí, mucho antes de que me adueñara de la habitación grande donde se encuentra, la grieta. Como una herida que sólo hubiera rajado la piel, sin dañar el músculo, esto pasa a veces, una vez tuve que escoltar a un compañero de clase que se había hecho algo parecido, un desgarrón provocado por la cabeza de un clavo que sobresalía en clase de gimnasia, le abrió la piel del muslo sin que se derramara una sola gota de sangre, podía verse el músculo en carne viva, cubierto de una fina capa de grasa que hacía como grumos en la carne. El muchacho sujetaba los pliegues de la herida temiendo que esa nueva boca se le abriera aún más, y yo le acompañé hasta la enfermería, pero ya digo que no vi ni una sola gota de sangre.

Pues así la grieta. La pintura se ha retraído también, como aquella piel, pero de un modo no tan elástico, se ha combado como los labios cuando hacen anillos de humo, a lo largo de toda la irregular extensión de la grieta. Esta orografía forma unas sombras bastante inquietantes cuando enciendo la lámpara de cabecera, situada justo debajo, y da en general un aspecto desaseado a mi alcoba, por eso me he animado alguna vez a cubrirla con un poster, un poster de Apocalypse Now en este caso, el problema es que el poster queda abultado por las crestas de esta sierra de pintura desconchada.

Por fin me he arremangado y he movido la cama para poder arrancar los pedazos de pintura muerta de la pared sin manchar demasiado. Es muy parecido a lo que hago cuando desbrozo los desastres que me causan los eczemas de la piel. Los del pie, por ejemplo, es un auténtico placer pellizcar las costras de piel reseca que dejan a su paso, arrancarlos y dejar así respirar a la piel nueva y reluciente que hay debajo. Era un placer, mejor dicho, ahora ya se me han pasado, pero volverán, no me cabe duda, aparecerán otra vez en alguna otra parte al azar de mi anatomía. Es un fenómeno curioso, si bien molesto los primeros días, cuando pican, cuando supuran ese liquidillo traslúcido ocasionalmente teñido de rojo, pero luego la cosa encallece y al final se seca, y se puede raspar la costra de piel muerta, blanca y quebradiza, se puede raspar esa vejez como la corteza de un chopo, y debajo está el tejido joven, renovado, listo para la acción y si cabe más sensible a los estímulos que la piel anterior.

Nada de esto ocurre, por desgracia, en los muros de una casa. No hay regeneración, aunque sí estratos. Compruebo a golpe de espátula que a la capa de pintura plástica, blanca y lisa han precedido otra celeste, que se deshace como polvo, y otra de color verde pastel, color quirófano. Temo incluso que no haya ladrillo, que este muro sea todo capa y capa de pintura, piel sobre piel sin carne ni hueso que valgan.

Voy a tener un problema con esta pared. Voy a tener que pintarla toda, no hay poster que cubra el destrozo que estoy provocando, era la típica cosa que mejor no tocarla. Pero es que estaba harto de verla cada vez que me tumbaba en la cama, el resto de mi casa, salvo quizá la cocina, bueno, dejando aparte la cocina mi casa es pasable, pero había que hacer algo con esa grieta en la pared, y ahora que estoy en ello no puedo dejarlo a la mitad. He cambiado los muebles de sitio, claro, para poder trabajar tranquilamente. Pero no es un hecho aislado, he movido los muebles varias veces ahora que paso tanto tiempo aquí metido. Me acuerdo, claro, de El Ángel Exterminador, dejo de raspar, de hecho, y miro el umbral de la puerta, preguntándome si podré salir ahora que he cambiado de sitio los muebles. Y sí, puedo ir al salón, pero lo cierto es que no salgo de casa, no tengo por qué, claro, ya bajé la basura ayer, sería estúpido salir a la calle sólo para comprobar que puedo hacerlo. Pero es que no sólo he cambiado el dormitorio, también he movido todos los muebles del salón. Varias veces. Y desde que lo he hecho no me ha pasado nada bueno. Sería terrible que el modo en que dispones la cama, el sofá, la mesa, la butaca de leer, que todo eso influyera en lo que te va a pasar. Que todo, y con todo me refiero a todo, fuera una enorme cerradura en la que sólo una determinada combinación permite salir, pasar a lo siguiente.

Sí, sería terrible, por suerte no es así, no que yo sepa. Sigo raspando. Debajo de la capa verde pastel, verde quirófano, hay algo más duro, algo que no es pintura. La espátula chirría sobre una especie de azulejo mate, una especie de baldosa, con bajorrelieves. Tengo que raspar bastante antes de ver la primera figura.

Se trata de jeroglíficos. Una forma de jeroglíficos que no reconozco. No es que sea un experto, que más quisiera. No me encaja, nada de esto. Conozco algo acerca del pasado de mi casa, y no tiene nada que ver con jeroglíficos. Vivo alquilado en un rincón de lo que antes fue una mansión, aún conserva el patio delantero, un pequeño patio con árboles, y las caballerizas que había detrás son ahora un descampado en el que nadie ha tenido cojones de edificar aún. Antes en este descampado había un grupo de sudamericanos que venían a beber por las noches, había juergas debajo de mi ventana, había jadeos sexuales sacados de su tropical contexto, había tipos a las nueve de la mañana mamando de un cartón de vino y hablando por el celular, había colchones sobre los que dormían en verano y bajo los que se refugiaban cuando llovía en otoño. Luego el dueño del solar movió sus hilos y desde entonces sólo hay gatos o pájaros, pero nunca ambos a la vez. Los gatos forman una pequeña banda de tres felinos sucios y desaliñados y los pájaros se agrupan por especies, gorriones aquí, palomas allá y urracas algo más lejos. Nada que ver con jeroglíficos, como digo.

Me lleva varias horas raspar la pared entera. Toso mucho, tengo la piel sudada y cubierta de polvo blanco, celeste y verde pastel. Estoy cansado. Tanto que no me importa que la cama esté junto a la pared equivocada, me tumbo y sin desnudarme siquiera me quedo dormido, con la espátula en la mano.

Me despierta la gata, como tiene por costumbre. Esto es, clavándome su garfio entre los dedos pulgar e índice, si tiene sentido hablar de índice tratándose de los dedos del pie. Es el modo en que suele despertarme cuando no he dejado comida suficiente en su tazón la noche anterior. Aún no ha amanecido, no entra más que la luz de las farolas por la ventana. Sólo cuando me giro veo la pared plagada de jeroglíficos, la había olvidado. Como cada vez que me despierta la gata, sea con un certero aplique de sus garras o con su ruidoso (e intencionado, estoy seguro) revolver en el cajón de arena, ya no me puedo volver a dormir. Menos aún ante la visión de la pared despellejada. Enciendo la lámpara de cabecera, recupero la espátula de entre las sábanas y estudio el modo de atacar la obra. Opto por golpear con el mango uno de los azulejos, seamos serios, esta capa tampoco es presentable, por mucho interés arqueológico que pueda tener. Pero no es como raspar pintura, se trata de baldosas de un cierto grosor y antigüedad indeterminada, así que no puedo sino golpear con el mango de la espátula hasta resquebrajar uno de los azulejos.

Por entre sus grietas brota un líquido acuoso, supura un liquidillo traslúcido ocasionalmente rojo.

Hecha la quiebra puedo despegar los pedazos de la baldosa jeroglífica, y bajo ellos encuentro carne viva, músculo fibroso, surcado de venas palpitantes y cubierto de una fina capa de grasa que hace como grumos en la carne. Suda, manchado de polvo, y se estremece a los estímulos que le proporciono con el pico de la espátula. El polvo me hace toser mucho, y sin querer hinco demasiado la espátula en esta carne interna del muro, y al instante la casa entera cruje, recorrida por un espasmo. El techo, seguramente también el suelo, bajo mi mugrienta moqueta morada, se ha resquebrajado. Hay grietas por todas partes, no sólo en mi cuarto, también en el salón y en la cocina.

Despunta el alba cuando dejo caer la espátula y vuelvo a la cama. No paro de carraspear. Tengo todas las capas de pintura que he raspado cubriéndome la piel y los pulmones. Respiro a duras penas, y oigo el aire sisear entre mis alveolos cubiertos de ceniza y polvo. Me noto cristalizar. Solidificar. A cada inspiración o exhalación mi cuerpo cruje. Lo más doloroso son las aristas, las esquinas. Mi organismo, empapado de yeso y cal coloreada, está adoptando en su interior formas cúbicas, o de paralelepípedo. Mi garganta es un pasillo, mis pulmones salones polvorientos, mis venas cañerías de plomo, mis dedos contrafuertes que se asientan sobre el colchón. Pronto soy incapaz del mínimo movimiento, me noto pétreo, pesado.


-Aquí tiene, señor, los planos de su mansión. He tenido a bien darle forma de cuerpo humano. Las caballerizas representan la mitad inferior del cuerpo, señor, las habitaciones del servicio el pecho y los brazos, y sus aposentos, señor, serán la cabeza.
-Muy bien, muy bien, pero ¿cuándo podré instalarme?


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