No, no es nada sexual.
Es literalmente un huevo, un huevo como los de gallina, podría ser de gallina pero no voy a definirme, además ya está roto, su contenido, yema y clara, gotea pringoso por la cara perpleja de Amenábar como podéis ver en el dibujo (1), apelmazando su barbita incipiente.
No es que se lo haya tirado ningún competidor del feroz mundillo del cine, ningún meritorio rencoroso, ninguna putilla despechada que en venganza haya arrojado el huevo para sabotear su paseo por la alfombra roja, verde o color diarrea.
No es ningún cinéfilo ofendido por el flagrante y bochornoso intento del cineasta por parecerse a Kubrick ¡A Kubrick nada menos! dejándose esa barbita. No es la primera vez que lo hace, Amenábar, tiene fotos intentando parecerse a Buñuel. Pero tampoco es por eso.
No es una vecina molesta por el estruendo del evento farandulero. No es tampoco su travieso sobrinito, a pesar de que tiene por costumbre precisamente arrojar objetos desde su terraza a los viandantes.
Ni siquiera es un huevo venido del frío, del frío del espacio, más le valdría limpiarse cuanto antes, a Amenábar, si el huevo fuera extraterrestre, pero no hay cuidado porque no es el caso.
Es sólo un huevo. Resbalando por la cara de Amenábar. Pringando su traje de etiqueta. Despojándole de su dignidad. Arruinando su carrera para siempre.
(1) Aún no lo he hecho, en cuanto lo tenga lo cuelgo, pero podeis haceros una idea de cómo es: Amenábar de pie en la alfombra roja, flashes y cámaras por todas partes, su rostro estupefacto, churretoso de clara y yema rota de huevo. La gente primero contiene la respiración, no sabe si es una piedra, un cóctel molotof, un tanga, no sabe qué es vaya, pero en cuanto ven que es un huevo se echan a reír, Amenábar se pone muy colorado, tras unos muy tensos segundos huye sollozando a refugiarse en el cuarto de baño.
lunes, 4 de mayo de 2009
domingo, 3 de mayo de 2009
Saliva a borbotones
La reconocí por el olor. La reconocí de entre todas las hembras por el olor ferruginoso de su sangre. El riquísimo olor metálico de su sangre, escapando a través de los poros de su piel. Ignoro si estaba menstruando. No sé de dónde viene el olor, puede que sí, que venga de sus entrepiernas, pero yo huelo su piel. Sus pieles. Sus pelos. Cuando pasan a mi lado, y es primavera, y huelen igual que las flores de los arbustos, esas flores del arbusto altísimo, tan alto como para llegar a un segundo, a un segundo primera. Sus flores, pelotitas blancas sudadas de aceite aromático, ese penetrante olor a sexo vegetal. Ese mismo olor, si es primavera. El muy dulce y puto olor de su ventana, arraigado para siempre en mi cabeza.
Decidí que ella debía ser mi presa, por el olor ferruginoso de su sangre, vapor de sangre transpirado por la piel. Tuve que contener el impulso de restregar mi hocico entre sus pechos, sus abundantes carnes, sus tetazas brutales, vaya; nada más tenerla delante. Preferiría hacer las cosas así, animalesco, odio la forma humana del cortejo, tan cerebral, protocolaria y comedida. Tan verbal. Hipócrita. Preferiría gruñir, sin más, morder su oreja, empujar su frente con la mía y sin intercambiar palabra fornicar. Para eso, claro, no debería haber ciudad.
La había. Y en ella un bar. O un restaurante. Una mesa, en cualquier caso. Vasos de vino, así que más bien sería el restaurante. Varias personas hablando. Presumiendo, debería decir, haciéndose por tanto odiosas a mis ojos. No sé cómo me dieron pie, y metí la mano, saqué la colación, una pequeña fantasía, de eso se trataba, sacar a pasear las perversiones, era de esperar que el tema enarcara mi ceja y el labio superior de mi sonrisa torcida, el colmillo, asomando. Adoro mis colmillos, son puntiagudos, y habrán de traer mucho dolor el día que decida desgarrar con ellos tanta tráquea imbécil. Digo que me dieron pie a contar mi propia fantasía, que es la que sigue y no otra:
-Quede la hembra sola con seis o siete desaprensivos de internet y júntelos en el hogar conyugal, para en el momento más sórdido de esta tumultuosa coyunda entrar el hombre armado de un hacha, motosierra, taladradora industrial o similar, en cualquier caso un arma que le garantice la victoria sobre sus enemigos, lo más sangrienta que pueda ser. Recomiendo vivamente el huso de cócteles molotof, por aquello de dar espectacularidad a la entrada, si bien puede ser un problema caso de realizarse el acto en un inmueble de su propiedad. Es cierto que seis o siete desaprensivos pueden defenderse muy bien de un hombre solo, por aguerrido que sea, yo esto lo soluciono usando granadas lacrimógenas, entrando a saco vaya, con máscara antigás pero también desnudo y armado con una larguísima y muy pesada hacha, cuya hoja ha de poner fin a las toses y lagrimeos de mis aturdidos e indefensos enemigos. Luego cargo con la hembra a hombros y me la llevo, aún tosiente, lejos del humo lacrimógeno para acometer el fornicio propiamente dicho. Hacha en mano y sin quitarme la máscara de goma negra.
Resultó no sé cómo seductora esta diatriba a oídos de la susodicha hembra, aquella cuya sangre herrumbrosa sudaba olores penetrantes. Así fue como me la conseguí llevar lejos de los demás, a mi destartalado hogar, y supe que sería adecuada para mis planes cuando recibió con risas el pestuzo amoníaco del cajón de la mi gata, el cual tengo plantado en nada más entrar a mi morada precisamente para calibrar la reacción de las visitas.
Le ofrecí entonces bebedizos con los que agasajarla, y los recibió contenta e ignorante de que disueltos en sus etilos viajaba una sustancia narcótica que habría de dejarla inconsciente por algunas horas. Efectivamente la pócima surtió su somnífero efecto y al rato la tenía yaciendo sobre mi mugrienta moqueta morada. Desmayada y comatosa.
La tendí en mi cama, desnudándola a fin de contemplarla como es debido. Atadas sus cuatro extremidades a las cuatro patas de mi cama. Su coño magnífico, sus pliegues carnosos entre mis dedos, saliva a borbotones. Debajo de la cama guardo un maletín con el instrumental apropiado para estos casos, era la hora pues de sacarlo.
Aguja en mano, me dispuse a penetrar su vena. El pinchazo fue limpio. El bombeo firme y seguro, de manera que pronto estaba sintiendo su corriente sanguínea en mi propio antebrazo, inflamándome las venas. Glorioso y exquisito paladeo de la sangre fresca de una que de virgen nada, y espero que de sifilítica aún menos. Esa experiencia gloriosa, rejuvenecedora. La vida que vuelve a mis brazos.
Un par de litros, sólo. Lo suficiente para dejarla lívida. Cadavérica. Lo suficiente para tenerme amoratado. Hinchado de sangre, tumefacto, moverse duele y mi aspecto es horroroso, todo yo soy un hematoma, un miembro morcilloso y palpitante. El miembro pene también lo tengo hinchado, claro. Es el propósito de todo este ejercicio, procurarme el flujo sanguíneo suficiente para paliar mi proverbial flaccidez. Con ayuda de una goma de “junk” me hago un nudo de doble lazada en la base del pene, para asegurarme que la sangre que ya lo ha anegado no me deje en mal lugar retirándose. Así es como penetro, cuando puedo. Intruso violento en la vagina ajena, que sigue inexplicablemente sudando palpitosa. La crema carnal, la baba, el sudor y ya al final el semen, en su piel, su piel sudada de gotitas microscópicas de sangre ferruginosa.
Decidí que ella debía ser mi presa, por el olor ferruginoso de su sangre, vapor de sangre transpirado por la piel. Tuve que contener el impulso de restregar mi hocico entre sus pechos, sus abundantes carnes, sus tetazas brutales, vaya; nada más tenerla delante. Preferiría hacer las cosas así, animalesco, odio la forma humana del cortejo, tan cerebral, protocolaria y comedida. Tan verbal. Hipócrita. Preferiría gruñir, sin más, morder su oreja, empujar su frente con la mía y sin intercambiar palabra fornicar. Para eso, claro, no debería haber ciudad.
La había. Y en ella un bar. O un restaurante. Una mesa, en cualquier caso. Vasos de vino, así que más bien sería el restaurante. Varias personas hablando. Presumiendo, debería decir, haciéndose por tanto odiosas a mis ojos. No sé cómo me dieron pie, y metí la mano, saqué la colación, una pequeña fantasía, de eso se trataba, sacar a pasear las perversiones, era de esperar que el tema enarcara mi ceja y el labio superior de mi sonrisa torcida, el colmillo, asomando. Adoro mis colmillos, son puntiagudos, y habrán de traer mucho dolor el día que decida desgarrar con ellos tanta tráquea imbécil. Digo que me dieron pie a contar mi propia fantasía, que es la que sigue y no otra:
-Quede la hembra sola con seis o siete desaprensivos de internet y júntelos en el hogar conyugal, para en el momento más sórdido de esta tumultuosa coyunda entrar el hombre armado de un hacha, motosierra, taladradora industrial o similar, en cualquier caso un arma que le garantice la victoria sobre sus enemigos, lo más sangrienta que pueda ser. Recomiendo vivamente el huso de cócteles molotof, por aquello de dar espectacularidad a la entrada, si bien puede ser un problema caso de realizarse el acto en un inmueble de su propiedad. Es cierto que seis o siete desaprensivos pueden defenderse muy bien de un hombre solo, por aguerrido que sea, yo esto lo soluciono usando granadas lacrimógenas, entrando a saco vaya, con máscara antigás pero también desnudo y armado con una larguísima y muy pesada hacha, cuya hoja ha de poner fin a las toses y lagrimeos de mis aturdidos e indefensos enemigos. Luego cargo con la hembra a hombros y me la llevo, aún tosiente, lejos del humo lacrimógeno para acometer el fornicio propiamente dicho. Hacha en mano y sin quitarme la máscara de goma negra.
Resultó no sé cómo seductora esta diatriba a oídos de la susodicha hembra, aquella cuya sangre herrumbrosa sudaba olores penetrantes. Así fue como me la conseguí llevar lejos de los demás, a mi destartalado hogar, y supe que sería adecuada para mis planes cuando recibió con risas el pestuzo amoníaco del cajón de la mi gata, el cual tengo plantado en nada más entrar a mi morada precisamente para calibrar la reacción de las visitas.
Le ofrecí entonces bebedizos con los que agasajarla, y los recibió contenta e ignorante de que disueltos en sus etilos viajaba una sustancia narcótica que habría de dejarla inconsciente por algunas horas. Efectivamente la pócima surtió su somnífero efecto y al rato la tenía yaciendo sobre mi mugrienta moqueta morada. Desmayada y comatosa.
La tendí en mi cama, desnudándola a fin de contemplarla como es debido. Atadas sus cuatro extremidades a las cuatro patas de mi cama. Su coño magnífico, sus pliegues carnosos entre mis dedos, saliva a borbotones. Debajo de la cama guardo un maletín con el instrumental apropiado para estos casos, era la hora pues de sacarlo.
Aguja en mano, me dispuse a penetrar su vena. El pinchazo fue limpio. El bombeo firme y seguro, de manera que pronto estaba sintiendo su corriente sanguínea en mi propio antebrazo, inflamándome las venas. Glorioso y exquisito paladeo de la sangre fresca de una que de virgen nada, y espero que de sifilítica aún menos. Esa experiencia gloriosa, rejuvenecedora. La vida que vuelve a mis brazos.
Un par de litros, sólo. Lo suficiente para dejarla lívida. Cadavérica. Lo suficiente para tenerme amoratado. Hinchado de sangre, tumefacto, moverse duele y mi aspecto es horroroso, todo yo soy un hematoma, un miembro morcilloso y palpitante. El miembro pene también lo tengo hinchado, claro. Es el propósito de todo este ejercicio, procurarme el flujo sanguíneo suficiente para paliar mi proverbial flaccidez. Con ayuda de una goma de “junk” me hago un nudo de doble lazada en la base del pene, para asegurarme que la sangre que ya lo ha anegado no me deje en mal lugar retirándose. Así es como penetro, cuando puedo. Intruso violento en la vagina ajena, que sigue inexplicablemente sudando palpitosa. La crema carnal, la baba, el sudor y ya al final el semen, en su piel, su piel sudada de gotitas microscópicas de sangre ferruginosa.
martes, 21 de abril de 2009
A mis brazos
Despertar con ambos brazos dormidos. Para siempre.
Mal síntoma. Como el tamborcillo ese de Karate Kid II, así los brazos, colgando.
Agitando mis extremidades, su peso muerto, su carne callosa, como de otro. Siempre que me pasa algo así, siempre que se me duerme un brazo, aprovecho la comatosa coyuntura para, sirviéndome de la mano buena, aplicar la que está anestesiada sobre la zona inguinal, sobre el miembro pene concretamente, y eventualmente sobre el saco escrotal, por aquello de sentir un tacto extraño y novedoso. Empero y como era de esperar, las durezas y callosidades de mi muy varonil y hasta casi diríase que simiesca mano no me excitan en absoluto.
Ni eso, puedo hacer, teniendo ambos brazos muertos. Sólo puedo erguirme malamente y salir de la cama para afrontar el hecho de que no puedo desayunar. No puedo abrir la cafetera con los dientes. Es inútil que me duche, toda vez que no puedo enjabonarme ni secarme después. Quizá si practico con los pies, o restregándome contra la toalla tirada en el suelo.
Sucio y en pijama, porque tampoco puedo vestirme, sopeso la posibilidad de salir a la calle, confiando en que se me pase el entumecimiento de los brazos. Es inútil, no puedo manipular ni las llaves ni la puerta, por otra parte en el pijama no tengo dónde guardar las llaves, de modo que necesariamente me las dejaría dentro si decidiera salir, en un alarde de tamaña estupidez. Es ineludible por tanto llamar al trabajo para avisar de que no puedo ir debido a un súbito y esperemos que pasajero coma de brazos.
Marcar el número es bastante complicado, aún así consigo apañármelas mordiendo perruno el teléfono y depositándolo sobre la mesa, para con la ayuda de un lápiz que sostengo entre mis dientes, marcar el número del cipote substituto.
-Oye… Sí, no, estoy en casa. No voy a poder ir hoy. No, se me han dormido los brazos. Los dos. Y no se me pasa. No sé, imagino que una mala postura durante el sueño… Supongo que será cuestión de tiempo… Bueno. Bueno, vale. Vale, venga. Venga, hasta luego… (clic) Gilipollas…
Solucionado el trámite empiezo a considerar cómo salir adelante. Cómo voy a alimentarme, por ejemplo. Soy incapaz de cocinar nada, bien podría comérmelo crudo, pero casi prefiero la idea de ir al burguer king y pedir a sus amables dependientes que me den de comer, como a un inválido, supongo que tendrán un servicio especial para impedidos, como no lo tengan menudo pollo les voy a montar, hasta que me pongan la servilleta de babero y como a un niño chico me alimenten. La dominicana cuarentona con su uniforme rojigualda, haciendo lo del avión, con su acento salsero “Y acá viene el avión...” y yo con la boca abierta, mugiendo levemente, borrego perdido.
Una hipótesis de futuro que debo combatir a toda costa. La prioridad: despertar mis aletargados y otrora justicieros brazos. Rebusco por el baño, desparramando el botiquín con el hocico, por ver si hay algún estimulante que me pueda inyectar, idea ridícula ésta ya que nunca he guardado estimulantes en el botiquín del baño. Pero por asociación de ideas, de la imaginaria ampolla de adrenalina salto a la jeringuilla con la que habría de inoculármela, pieza instrumental que tampoco tengo, pero de ahí a pincharme con cuchillos y tenedores hay un breve paso que en absoluto me cuesta dar. No teniendo dedos vigentes con los que pellizcarme, habré de buscar el despabile de mis aborregados miembros con la ayuda de diversos y muy hirientes utensilios de cocina.
Mordiendo el tenedor, intento una primera acometida en el brazo izquierdo. Huelga decir que sabe a metal, el tenedor, es curioso cómo el metal, tan sólido y coherente él, huele y sabe de una manera muy característica. El metal, y sus maravillosas propiedades, todas derivadas al parecer de una última capa de electrones libres que son compartidos por todo el cuerpo metálico (si entendí bien cuando me lo explicaron en el instituto) donados por cada átomo para el bien común del sólido, para su mayor coherencia, conductividad y brillo. Debe ser esa capa de electrones libres lo que sabe y huele así, se desgranan, los electrones, como cuando arañas una de esas bolsas de huevas que a veces tienen dentro los pescados. Pues así los electrones, me da igual si no lo entendéis, yo los estoy sintiendo muy claramente, se me quedan entre las muelas, cuando muerdo el tenedor, orbitan en torno a ellas, haciéndome cosquillas.
El giro de cabeza con el que de esta guisa intento azuzar la carne muerta de mi brazo es harto incómodo y de compleja ejecución. Además no veo bien dónde estoy acertando, tengo que intentar unas cuantas punzadas y luego observar los resultados, y sí, sin sentir nada me he clavado el tenedor en el bíceps izquierdo, mi magro y paliducho bíceps izquierdo, sangrar sí que sangra, sangre muerta supongo, porque no siento nada.
Empiezo a pensar que no ha sido una buena idea. No puedo detener la hemorragia.
Pasado un breve ataque de pánico, veo que por fin la sangre coagula, seguramente estaba ya espesándome en las venas, por algo estarán dormidos, los brazos. Dormidos, digo, y debería darlos por muertos. Maldita carne, estúpidos huesos, cáscara indigna y eterno lastre de mi espíritu banzai. Los que otrora fueran magníficos y muy leales brazos ejecutores, ahora no son más que péndulos orgánicos cuyo lerdo oscilar me hace parecer cretino. Ánimo, me digo, algún uso se les podrá dar. Quizá si amarrara fuertemente a mis manos sendos pesos pudiera utilizarlos a modo de temibles mazas, y avanzar por la calle girando sobre mí mismo al tiempo que vocifero para aterrorizar a mis enemigos.
Me parece ésta una idea espléndida, así que me arremango figuradamente y observo en derredor, buscando algo parecido a un bloque de cemento o un cubo lleno de escorias de fundición. Evidentemente no tengo tales objetos en mi casa, así que debo conformarme con una pesada maceta de treinta litros de capacidad para mi brazo derecho y la olla exprés llena de agua y bien sellada para el izquierdo.
No hay problema en acoplar la olla exprés a mi mano, basta con que introduzca el ahora inútil apéndice en el interior de la olla para cerrar después herméticamente la tapa, no temiendo dolor alguno al machucarme los huesos de la muñeca en el proceso.
Para incorporar la maceta a mi ser, en cambio, me veo obligado a rellenarla de concreto e introducir la mano hasta medio antebrazo antes de que frague. Es una lata esperar tanto, pero no me cabe duda de que hallarme en posesión de estas palancas de la muerte compensará tanto padecimiento.
Lamentablemente y como por otra parte era de esperar, me veo incapaz de levantar semejantes pesos por largo tiempo. Oigo crujidos en mis brazos, mientras la carne aguante da igual que se me descoyunten las articulaciones, pero me es completamente imposible avanzar con mis dos mazas en volandas, sus oscilaciones me desequilibran peligrosamente, y por si fuera poco el sólo hecho de mantenerlas en vilo es del todo fatigoso.
Cuando con un resoplido las dejo caer, encorvándome, horadan sendos agujeros en el suelo de mi destartalado hogar, y se precipitan hacia el piso del vecino de abajo, arrastrándome tras de sí, no muy lejos, en realidad, porque el suelo bajo mis pies sigue bien firme, y contra él se me aplasta el cuerpo, mientras los brazos cuelgan y se estiran más y más a través de los agujeros.
Afortunadamente el vecino de abajo, un tipo muy raro del que nunca había hablado, toma mis grotescos apéndices por lámparas, y los siembra de cirios y palmatorias con los que iluminarse durante uno de los muy frecuentes apagones que asolan el gueto donde vivo.
Lo sé no porque lo vea, ya digo que tengo la cara aplastada contra la mugrienta moqueta morada. Lo sé porque lo siento. Efectivamente y poco a poco un hormigueo confirma que la vida está volviendo a mis brazos, ese cosquilleo casi insoportable, mis células floreciendo de nuevo, resucitadas a un infierno de dolor, desgarros y fracturas abiertas.
Mal síntoma. Como el tamborcillo ese de Karate Kid II, así los brazos, colgando.
Agitando mis extremidades, su peso muerto, su carne callosa, como de otro. Siempre que me pasa algo así, siempre que se me duerme un brazo, aprovecho la comatosa coyuntura para, sirviéndome de la mano buena, aplicar la que está anestesiada sobre la zona inguinal, sobre el miembro pene concretamente, y eventualmente sobre el saco escrotal, por aquello de sentir un tacto extraño y novedoso. Empero y como era de esperar, las durezas y callosidades de mi muy varonil y hasta casi diríase que simiesca mano no me excitan en absoluto.
Ni eso, puedo hacer, teniendo ambos brazos muertos. Sólo puedo erguirme malamente y salir de la cama para afrontar el hecho de que no puedo desayunar. No puedo abrir la cafetera con los dientes. Es inútil que me duche, toda vez que no puedo enjabonarme ni secarme después. Quizá si practico con los pies, o restregándome contra la toalla tirada en el suelo.
Sucio y en pijama, porque tampoco puedo vestirme, sopeso la posibilidad de salir a la calle, confiando en que se me pase el entumecimiento de los brazos. Es inútil, no puedo manipular ni las llaves ni la puerta, por otra parte en el pijama no tengo dónde guardar las llaves, de modo que necesariamente me las dejaría dentro si decidiera salir, en un alarde de tamaña estupidez. Es ineludible por tanto llamar al trabajo para avisar de que no puedo ir debido a un súbito y esperemos que pasajero coma de brazos.
Marcar el número es bastante complicado, aún así consigo apañármelas mordiendo perruno el teléfono y depositándolo sobre la mesa, para con la ayuda de un lápiz que sostengo entre mis dientes, marcar el número del cipote substituto.
-Oye… Sí, no, estoy en casa. No voy a poder ir hoy. No, se me han dormido los brazos. Los dos. Y no se me pasa. No sé, imagino que una mala postura durante el sueño… Supongo que será cuestión de tiempo… Bueno. Bueno, vale. Vale, venga. Venga, hasta luego… (clic) Gilipollas…
Solucionado el trámite empiezo a considerar cómo salir adelante. Cómo voy a alimentarme, por ejemplo. Soy incapaz de cocinar nada, bien podría comérmelo crudo, pero casi prefiero la idea de ir al burguer king y pedir a sus amables dependientes que me den de comer, como a un inválido, supongo que tendrán un servicio especial para impedidos, como no lo tengan menudo pollo les voy a montar, hasta que me pongan la servilleta de babero y como a un niño chico me alimenten. La dominicana cuarentona con su uniforme rojigualda, haciendo lo del avión, con su acento salsero “Y acá viene el avión...” y yo con la boca abierta, mugiendo levemente, borrego perdido.
Una hipótesis de futuro que debo combatir a toda costa. La prioridad: despertar mis aletargados y otrora justicieros brazos. Rebusco por el baño, desparramando el botiquín con el hocico, por ver si hay algún estimulante que me pueda inyectar, idea ridícula ésta ya que nunca he guardado estimulantes en el botiquín del baño. Pero por asociación de ideas, de la imaginaria ampolla de adrenalina salto a la jeringuilla con la que habría de inoculármela, pieza instrumental que tampoco tengo, pero de ahí a pincharme con cuchillos y tenedores hay un breve paso que en absoluto me cuesta dar. No teniendo dedos vigentes con los que pellizcarme, habré de buscar el despabile de mis aborregados miembros con la ayuda de diversos y muy hirientes utensilios de cocina.
Mordiendo el tenedor, intento una primera acometida en el brazo izquierdo. Huelga decir que sabe a metal, el tenedor, es curioso cómo el metal, tan sólido y coherente él, huele y sabe de una manera muy característica. El metal, y sus maravillosas propiedades, todas derivadas al parecer de una última capa de electrones libres que son compartidos por todo el cuerpo metálico (si entendí bien cuando me lo explicaron en el instituto) donados por cada átomo para el bien común del sólido, para su mayor coherencia, conductividad y brillo. Debe ser esa capa de electrones libres lo que sabe y huele así, se desgranan, los electrones, como cuando arañas una de esas bolsas de huevas que a veces tienen dentro los pescados. Pues así los electrones, me da igual si no lo entendéis, yo los estoy sintiendo muy claramente, se me quedan entre las muelas, cuando muerdo el tenedor, orbitan en torno a ellas, haciéndome cosquillas.
El giro de cabeza con el que de esta guisa intento azuzar la carne muerta de mi brazo es harto incómodo y de compleja ejecución. Además no veo bien dónde estoy acertando, tengo que intentar unas cuantas punzadas y luego observar los resultados, y sí, sin sentir nada me he clavado el tenedor en el bíceps izquierdo, mi magro y paliducho bíceps izquierdo, sangrar sí que sangra, sangre muerta supongo, porque no siento nada.
Empiezo a pensar que no ha sido una buena idea. No puedo detener la hemorragia.
Pasado un breve ataque de pánico, veo que por fin la sangre coagula, seguramente estaba ya espesándome en las venas, por algo estarán dormidos, los brazos. Dormidos, digo, y debería darlos por muertos. Maldita carne, estúpidos huesos, cáscara indigna y eterno lastre de mi espíritu banzai. Los que otrora fueran magníficos y muy leales brazos ejecutores, ahora no son más que péndulos orgánicos cuyo lerdo oscilar me hace parecer cretino. Ánimo, me digo, algún uso se les podrá dar. Quizá si amarrara fuertemente a mis manos sendos pesos pudiera utilizarlos a modo de temibles mazas, y avanzar por la calle girando sobre mí mismo al tiempo que vocifero para aterrorizar a mis enemigos.
Me parece ésta una idea espléndida, así que me arremango figuradamente y observo en derredor, buscando algo parecido a un bloque de cemento o un cubo lleno de escorias de fundición. Evidentemente no tengo tales objetos en mi casa, así que debo conformarme con una pesada maceta de treinta litros de capacidad para mi brazo derecho y la olla exprés llena de agua y bien sellada para el izquierdo.
No hay problema en acoplar la olla exprés a mi mano, basta con que introduzca el ahora inútil apéndice en el interior de la olla para cerrar después herméticamente la tapa, no temiendo dolor alguno al machucarme los huesos de la muñeca en el proceso.
Para incorporar la maceta a mi ser, en cambio, me veo obligado a rellenarla de concreto e introducir la mano hasta medio antebrazo antes de que frague. Es una lata esperar tanto, pero no me cabe duda de que hallarme en posesión de estas palancas de la muerte compensará tanto padecimiento.
Lamentablemente y como por otra parte era de esperar, me veo incapaz de levantar semejantes pesos por largo tiempo. Oigo crujidos en mis brazos, mientras la carne aguante da igual que se me descoyunten las articulaciones, pero me es completamente imposible avanzar con mis dos mazas en volandas, sus oscilaciones me desequilibran peligrosamente, y por si fuera poco el sólo hecho de mantenerlas en vilo es del todo fatigoso.
Cuando con un resoplido las dejo caer, encorvándome, horadan sendos agujeros en el suelo de mi destartalado hogar, y se precipitan hacia el piso del vecino de abajo, arrastrándome tras de sí, no muy lejos, en realidad, porque el suelo bajo mis pies sigue bien firme, y contra él se me aplasta el cuerpo, mientras los brazos cuelgan y se estiran más y más a través de los agujeros.
Afortunadamente el vecino de abajo, un tipo muy raro del que nunca había hablado, toma mis grotescos apéndices por lámparas, y los siembra de cirios y palmatorias con los que iluminarse durante uno de los muy frecuentes apagones que asolan el gueto donde vivo.
Lo sé no porque lo vea, ya digo que tengo la cara aplastada contra la mugrienta moqueta morada. Lo sé porque lo siento. Efectivamente y poco a poco un hormigueo confirma que la vida está volviendo a mis brazos, ese cosquilleo casi insoportable, mis células floreciendo de nuevo, resucitadas a un infierno de dolor, desgarros y fracturas abiertas.
jueves, 2 de abril de 2009
La buena muerte
El facha con pluma está últimamente aterrado por la inminencia de su revisión odontológica. Delante de su pacharán, acurrucado casi, sólo le falta encogerse entre las solapas de la gabardina que no lleva. Me confiesa sus tribulaciones bucales, a saber: que cada seis meses ha de someterse a una escabrosa limpieza de sarros, que de otro modo se infectan de manera harto hemorrágica y aparatosa. Naturalmente su problema me la trae al pairo, que el roce hará el cariño pero no obra milagros, y sus penas sólo me afectan en la medida en que me recuerdan a las mías, o me previenen de las que están por venir.
Todos, a muy tierna edad, hemos de pasar por la pérdida de piezas dentales, que tan extrañamente se desgajan entonces de las encías, en un primer y único aviso, que no se diga luego que hay traición cuando ya en el achaparramiento vital caen para siempre.
Por si este recordatorio de la caducidad del cuerpo fuera poco, me cruzo al salir de la galera oficina con un curioso microbús que se encuentra estacionado de forma irregular, a fin de poder descargar la recua de ancianos que transporta, maniobra efectuada con la ayuda de una rampa hidráulica que deposita a los vejestorios en la acera, sin obligarles a realizar el menor movimiento, si bien sacudiéndoles a la manera flanesca sobre su silla de ruedas.
Espectáculo descorazonador y lamentable, es cierto, pero que ha de servir de acicate a este espíritu aguerrido, ha de meterme la prisa en el cuerpo, ahora que éste todavía es trampolín y aún le falta para ser lastre. En conduciendo de vuelta a mi destartalado hogar, no puedo sino hacer reflexión acerca del tanatorio asunto, especialmente sobre cómo pudiera evitarse la abominable degeneración y ruina de trae consigo la senectud, y si no sería preferible un óbito estrepitoso, violento, pero sobre todo espectacular y pintoresco, capaz de estremecer al respetable y arrancarle bravos y ovaciones, demostrándoles así que si se muere con gracia, se muere menos. Animándoles también a procurarse un fin chistoso y ocurrente para ellos mismos. Es esperar mucho, lo sé, del aborregado y temerosón íbero medio.
No puedo decir que espere realmente hacer ejemplo de mi propia muerte. Antes bien, la idea es afrontar el fenecimiento con el máximo de los narcisismos, la más desbocada egolatría y un solipsismo rayano en el insulto. Como si el propio fin fuera el del universo todo, ya que al menos y desde luego es el de la melodía que provoca en este cráneo.
Morir en una batalla naval. Reventado por una bala de cañón, enganchado malamente por un garfio de abordaje. A eso me refiero. Si hay que acabar, que sea con gran dolor, para que así dejar de sentir sea alivio.
Precipitado desde lo alto de un avión, caso de no haber un satélite habilitado al efecto de realizar el salto, caer desde los cielos con la autoridad de una plaga divina, kamikaze redentor, humana bomba de carne y sangre surcando las nubes en velocísima prespitación, vociferando “¡Sus, y al usurpador!” u otras arengosas líneas, fervientemente convencido de que el brutal impacto que ha de causar mi mollera resquebrajará la corteza terrestre cual fina cáscara de huevo, esparciendo así sus licuores magmáticos por el espacio. Esa sí sería buena, abofetear al planeta entero, en gresca como de antro de carretera, midiéndole el lomo con un palo de billar, a la Tierra, nada menos, menuda locura hacerle vejamen de este modo, tiene que sacudir de lo lindo, la Tierra encabronada. Pero a eso me refiero.
Hacer homenaje a la charlotada aquella de Tiempos Modernos, y abalanzarse insensatamente para ser masticado por un titánico engranaje, a ser posible en televisiva retransmisión que no escatimara detalle de la muy autolítica idea, y se hiciera asimismo eco de los alaridos de horror de los asistentes al evento cuando vieran cómo la broma se revela macabrísima y en lugar de salir indemne y aturdido por el otro lado del ingenio, asomo apapillado, líquido y vibrantemente rojo. ¡Lo que me iba a reír entonces, de esos idiotas!
Fabricarse un disfraz de pterodáctilo vivo, a todos los efectos funcional, esto es, volátil. No habría de flaquear mi brazo ejecutor en agitar sus pesadas membranas, al no haber día después ni por tanto agujeta alguna que temer, y sería del todo gratificante sobrevolar esta catolicísima y furcia ciudad profiriendo berridos antediluvianos y dejando caer descomunales bolas de guano que portaría al efecto. Así seguiría hasta ser abatido por artillería pesada, o lo que es más probable, hasta que una de las alas se desprendiera del disfraz y no pudiera sino caer a plomo o hacer improvisado y mortífero butrón contra alguna de las numerosas fachadas que a diario nos impiden ver el cielo.
Por supuesto, mi preferido de estos hipotéticos feneceres es el infarto cerebral en el apogeo de un intensísimo fornicio con un nutrido grupo de nínfulas amazonas, lúbricas y ansiosas, que me hubieren asaltado en yendo yo a recoger níscalos. Reviénteme así alguna aorta del cerebro, empápeseme la sesera de esta sangre edulcorada por los éxtasis carnales, sea luego mi cadáver devorado por estas hadas con alas de hormiga, desgarrando sus afilados dientes mi carne sazonada de gratitud y goce.
Lo firmaba ahora mismo, ésto.
Todos, a muy tierna edad, hemos de pasar por la pérdida de piezas dentales, que tan extrañamente se desgajan entonces de las encías, en un primer y único aviso, que no se diga luego que hay traición cuando ya en el achaparramiento vital caen para siempre.
Por si este recordatorio de la caducidad del cuerpo fuera poco, me cruzo al salir de la galera oficina con un curioso microbús que se encuentra estacionado de forma irregular, a fin de poder descargar la recua de ancianos que transporta, maniobra efectuada con la ayuda de una rampa hidráulica que deposita a los vejestorios en la acera, sin obligarles a realizar el menor movimiento, si bien sacudiéndoles a la manera flanesca sobre su silla de ruedas.
Espectáculo descorazonador y lamentable, es cierto, pero que ha de servir de acicate a este espíritu aguerrido, ha de meterme la prisa en el cuerpo, ahora que éste todavía es trampolín y aún le falta para ser lastre. En conduciendo de vuelta a mi destartalado hogar, no puedo sino hacer reflexión acerca del tanatorio asunto, especialmente sobre cómo pudiera evitarse la abominable degeneración y ruina de trae consigo la senectud, y si no sería preferible un óbito estrepitoso, violento, pero sobre todo espectacular y pintoresco, capaz de estremecer al respetable y arrancarle bravos y ovaciones, demostrándoles así que si se muere con gracia, se muere menos. Animándoles también a procurarse un fin chistoso y ocurrente para ellos mismos. Es esperar mucho, lo sé, del aborregado y temerosón íbero medio.
No puedo decir que espere realmente hacer ejemplo de mi propia muerte. Antes bien, la idea es afrontar el fenecimiento con el máximo de los narcisismos, la más desbocada egolatría y un solipsismo rayano en el insulto. Como si el propio fin fuera el del universo todo, ya que al menos y desde luego es el de la melodía que provoca en este cráneo.
Morir en una batalla naval. Reventado por una bala de cañón, enganchado malamente por un garfio de abordaje. A eso me refiero. Si hay que acabar, que sea con gran dolor, para que así dejar de sentir sea alivio.
Precipitado desde lo alto de un avión, caso de no haber un satélite habilitado al efecto de realizar el salto, caer desde los cielos con la autoridad de una plaga divina, kamikaze redentor, humana bomba de carne y sangre surcando las nubes en velocísima prespitación, vociferando “¡Sus, y al usurpador!” u otras arengosas líneas, fervientemente convencido de que el brutal impacto que ha de causar mi mollera resquebrajará la corteza terrestre cual fina cáscara de huevo, esparciendo así sus licuores magmáticos por el espacio. Esa sí sería buena, abofetear al planeta entero, en gresca como de antro de carretera, midiéndole el lomo con un palo de billar, a la Tierra, nada menos, menuda locura hacerle vejamen de este modo, tiene que sacudir de lo lindo, la Tierra encabronada. Pero a eso me refiero.
Hacer homenaje a la charlotada aquella de Tiempos Modernos, y abalanzarse insensatamente para ser masticado por un titánico engranaje, a ser posible en televisiva retransmisión que no escatimara detalle de la muy autolítica idea, y se hiciera asimismo eco de los alaridos de horror de los asistentes al evento cuando vieran cómo la broma se revela macabrísima y en lugar de salir indemne y aturdido por el otro lado del ingenio, asomo apapillado, líquido y vibrantemente rojo. ¡Lo que me iba a reír entonces, de esos idiotas!
Fabricarse un disfraz de pterodáctilo vivo, a todos los efectos funcional, esto es, volátil. No habría de flaquear mi brazo ejecutor en agitar sus pesadas membranas, al no haber día después ni por tanto agujeta alguna que temer, y sería del todo gratificante sobrevolar esta catolicísima y furcia ciudad profiriendo berridos antediluvianos y dejando caer descomunales bolas de guano que portaría al efecto. Así seguiría hasta ser abatido por artillería pesada, o lo que es más probable, hasta que una de las alas se desprendiera del disfraz y no pudiera sino caer a plomo o hacer improvisado y mortífero butrón contra alguna de las numerosas fachadas que a diario nos impiden ver el cielo.
Por supuesto, mi preferido de estos hipotéticos feneceres es el infarto cerebral en el apogeo de un intensísimo fornicio con un nutrido grupo de nínfulas amazonas, lúbricas y ansiosas, que me hubieren asaltado en yendo yo a recoger níscalos. Reviénteme así alguna aorta del cerebro, empápeseme la sesera de esta sangre edulcorada por los éxtasis carnales, sea luego mi cadáver devorado por estas hadas con alas de hormiga, desgarrando sus afilados dientes mi carne sazonada de gratitud y goce.
Lo firmaba ahora mismo, ésto.
martes, 31 de marzo de 2009
La pústula espongiforme de Kogoj y los microabscesos de Munro
Por favor, no busquen eso en gúguel. Es asqueroso. Una imagen asquerosa. Pero el nombre es hermosísimo, esto no se puede negar.
Un par de nombres dignos de una pequeña historia. Así es, he de inventar, o en su defecto hacer memoria. Lástima que no pueda recapitular aquí con el abigarramiento acostumbrado los gratos sucesos que me han venido acaeciendo las últimas semanas, de verdad que es una pena, porque dan de sí, y bastante. Sucesos con una sorprendente capacidad de dilatación. Ya digo, una lástima, pero esto no es una tertulia de sobremesa y yo no soy una de esas iguanas que vocean en sus televisores, suyos de ustedes, que yo al mío le prendí fuego y arrojé por la ventana, maldiciendo que finalmente no matara a nadie en su caída (nada personal, sólo por aquello de darle mala fama, al artefacto).
No, yo soy más bien de hacerme presión en los bubones y de esta manera reventallos, para aplicar la pus sanguinolenta que de este modo cosecho y con cuidado situarla entre dos láminas de vidrio, a fin de enfocar sobrella mi lupa microscopio. Nunca he explicado que la pústula que originariamente me diera nombre fue un curioso híbrido entre verruga y espinilla, en cuya carne tenía a bien hozar, y de la que conseguía hacer brotar una peculiar sustancia orgánica, una especie de cadenilla cartilaginosa, materia del todo inútil y no sé a cuento de qué elaborada por mi cuerpo, que se entretiene a veces de este modo, tal vez practicando futuras metástasis o secreciones de gemelos malignos.
Dicha cadenilla cartilaginosa anidaba a cierta profundidad en mi epidermis, y era necesario aplicar gran presión con la tenaza formada por índice y pulgar para que asomara su cabecilla, o su rabo, lo que se quiera imaginar, pues no era este producto cosa viva, realmente, no más de lo que pueda ser una uña aún sin podar. En brotando ya podíase aferralla entre los dedos, y tirar della no sin cierta aprensión y temblor intestinal. Vaciaba así, cada cierto tiempo y a ser posible en la ducha, por aquello de mantener una relativa asepsia, esta callosa protuberancia. Si hacerla brotar requería de grandes esfuerzos y violentos arañazos, desprenderla del todo no era menos aparatoso, toda vez que parecía enraizada por su extremo final a una de las múltiples venillas que me irrigan las entrañas, no de otro modo se explica que al arrancarla del todo manara un fino chorrillo de sangre, como si aquel diminuto zarajo hubiere estado ejerciendo funciones de corcho tapón que impidiera el escanciado de mis avinagrados zumos.
No, nunca había explicado todo esto, y bien mirado es comprensible que les hubiera ahorrado a ustedes estas dosis de náusea y repulsión del todo gratuitas. Debo decir, empero y así y todo, que desde el mismo momento en que, ya aburrido y un tanto preocupado por la perpetua y costrosa cicatriz que adornaba mi antebrazo dándome aspecto de heroinómano sidoso, desde el mismo momento digo en que dejé de hurgarme este extraño y peculiar esfínter, nunca más volvió a gestarse, que yo sepa, una nueva cadenilla de cartílago. Quedó vacía, la pústula, y desecó, cicatrizando para mi tranquilidad. Dudo que esta acauchutada secreción haya seguido produciéndose en mi interior, pues no he notado embolia alguna, y tiendo a pensar más bien que se trataba de una aguerrida y muy gallarda reacción celular, por la que mi carne se encabritaba ante la cotidiana agresión de mis uñas.
Se puede extrapolar fácilmente de esta historia una moraleja aplicable a mi vida toda, a mi carácter, vaya, y ya en lo concreto a lo que desde esta atalaya escupo. Cadenillas de letras cartilaginosas, extirpadas con cierto dolor e innegable placer, alineadas en viscosos párrafos y expuestas públicamente para el general asqueo.
Secreciones fruto del roce y martirio continuado.
Por eso digo que me veo ahora obligado a hacer memoria, ya que a su vez la imaginación la traigo seca, y por otra parte mucho deploro no poder reproducir aquí estos gratos sucesos que me han venido acaeciendo las últimas semanas y las bellas perversiones que me han sugerido, auténticas pesadillas de exquisita depravación que he sabido relatar con gran pericia y habilidad, aunque esté feo que yo lo diga.
Ya digo, mis estrepitosas vísceras sí las muestro, pero la bragueta no me la bajo, aquí.
Un par de nombres dignos de una pequeña historia. Así es, he de inventar, o en su defecto hacer memoria. Lástima que no pueda recapitular aquí con el abigarramiento acostumbrado los gratos sucesos que me han venido acaeciendo las últimas semanas, de verdad que es una pena, porque dan de sí, y bastante. Sucesos con una sorprendente capacidad de dilatación. Ya digo, una lástima, pero esto no es una tertulia de sobremesa y yo no soy una de esas iguanas que vocean en sus televisores, suyos de ustedes, que yo al mío le prendí fuego y arrojé por la ventana, maldiciendo que finalmente no matara a nadie en su caída (nada personal, sólo por aquello de darle mala fama, al artefacto).
No, yo soy más bien de hacerme presión en los bubones y de esta manera reventallos, para aplicar la pus sanguinolenta que de este modo cosecho y con cuidado situarla entre dos láminas de vidrio, a fin de enfocar sobrella mi lupa microscopio. Nunca he explicado que la pústula que originariamente me diera nombre fue un curioso híbrido entre verruga y espinilla, en cuya carne tenía a bien hozar, y de la que conseguía hacer brotar una peculiar sustancia orgánica, una especie de cadenilla cartilaginosa, materia del todo inútil y no sé a cuento de qué elaborada por mi cuerpo, que se entretiene a veces de este modo, tal vez practicando futuras metástasis o secreciones de gemelos malignos.
Dicha cadenilla cartilaginosa anidaba a cierta profundidad en mi epidermis, y era necesario aplicar gran presión con la tenaza formada por índice y pulgar para que asomara su cabecilla, o su rabo, lo que se quiera imaginar, pues no era este producto cosa viva, realmente, no más de lo que pueda ser una uña aún sin podar. En brotando ya podíase aferralla entre los dedos, y tirar della no sin cierta aprensión y temblor intestinal. Vaciaba así, cada cierto tiempo y a ser posible en la ducha, por aquello de mantener una relativa asepsia, esta callosa protuberancia. Si hacerla brotar requería de grandes esfuerzos y violentos arañazos, desprenderla del todo no era menos aparatoso, toda vez que parecía enraizada por su extremo final a una de las múltiples venillas que me irrigan las entrañas, no de otro modo se explica que al arrancarla del todo manara un fino chorrillo de sangre, como si aquel diminuto zarajo hubiere estado ejerciendo funciones de corcho tapón que impidiera el escanciado de mis avinagrados zumos.
No, nunca había explicado todo esto, y bien mirado es comprensible que les hubiera ahorrado a ustedes estas dosis de náusea y repulsión del todo gratuitas. Debo decir, empero y así y todo, que desde el mismo momento en que, ya aburrido y un tanto preocupado por la perpetua y costrosa cicatriz que adornaba mi antebrazo dándome aspecto de heroinómano sidoso, desde el mismo momento digo en que dejé de hurgarme este extraño y peculiar esfínter, nunca más volvió a gestarse, que yo sepa, una nueva cadenilla de cartílago. Quedó vacía, la pústula, y desecó, cicatrizando para mi tranquilidad. Dudo que esta acauchutada secreción haya seguido produciéndose en mi interior, pues no he notado embolia alguna, y tiendo a pensar más bien que se trataba de una aguerrida y muy gallarda reacción celular, por la que mi carne se encabritaba ante la cotidiana agresión de mis uñas.
Se puede extrapolar fácilmente de esta historia una moraleja aplicable a mi vida toda, a mi carácter, vaya, y ya en lo concreto a lo que desde esta atalaya escupo. Cadenillas de letras cartilaginosas, extirpadas con cierto dolor e innegable placer, alineadas en viscosos párrafos y expuestas públicamente para el general asqueo.
Secreciones fruto del roce y martirio continuado.
Por eso digo que me veo ahora obligado a hacer memoria, ya que a su vez la imaginación la traigo seca, y por otra parte mucho deploro no poder reproducir aquí estos gratos sucesos que me han venido acaeciendo las últimas semanas y las bellas perversiones que me han sugerido, auténticas pesadillas de exquisita depravación que he sabido relatar con gran pericia y habilidad, aunque esté feo que yo lo diga.
Ya digo, mis estrepitosas vísceras sí las muestro, pero la bragueta no me la bajo, aquí.
viernes, 13 de marzo de 2009
Peer Sedición
Creía que era yo solo, pero no. Creía que era yo quien había perdido mi ser vago y maleante para acomodarme al disfraz de ciudadano, pero no, sólo lo he dado sí, rompiendo sus costuras para hacerme sitio.
Creía que era yo quien imitaba a este hatajo de mercachifles viciosos y podridos de cudicia. Eso creía, pero es al revés. Son ellos los que se comportan ahora como yo, los que aborrecen su negocio y repudian este vano amasar las horas. Todo el día hurgando internet como quien se hoza los esfínteres, mascando este insípido y resobado chicle, absentismo virtual, huelga encubierta.
-Sí, sí, déjamelo ahí que ahora lo hago.
Mentira. Sigue diciendo marranadas en algún sórdido chat.
Infectados de mi purulencia, de mi afición al atentado por omisión y desgaste. La furia pustular que en tiempos me hiciera conducirme con violencia y a traición ha dado paso a un nuevo método si cabe más sutil e indetectable, un continuo y venenoso peerse del espíritu que por doquier propaga bufidos de pereza e incita a una suerte de rebelde catatonia, inoculando en cuantos me rodean la ferviente y ponzoñosa vocación de ser lastre.
Lo sé porque lloran. Yo jamás lloro, tengo los conductos lacrimales desecados y si algún día aciago hubiera de brotar algo de ellos, sin duda sería un espeso y bituminoso mucílago que a nadie conmovería.
Pero lloran porque he conseguido hacerles sentir, como yo, esclavos.
Ponen la misma cara que aquella nínfula a la que, a través de la verja del instituto, le dije: “Si te gusta el colegio, el trabajo te va a encantar”. En vano, mis avinagrados encantos fallaron de nuevo y no hubo modo de llevarla a la cama.
Resultó al fin que su coqueteo era frívolo y sucio juego. Tanto aguantar sus peroratas de niña herida, sus interesados arrumacos, su lascivia incontenida, todo para nada. Abrumada por la figura de un padre conquistador y crápula cuya atención sólo conseguía atraer en forma de bofetadas, este pequeño súcubo va por ahí faciendo entuertos y desmanes por los que ser castigada, encontrando un placer morboso en los azotes que de este tortuoso modo obtiene. He jugado el juego un rato, pero ya me harté del moho de su espíritu y de sus besos con anzuelo.
Me pesa hoy especialmente la resaca. Es todo lo que saqué en claro de la pasada noche, a beber, otra vez. En el patio interior de una casa ocupada por muy diverso público. Los habituales del panc, caballeros solventes con chaqueta de pana, carteristas dando abrazos gratis. Y haciendo amalgama de tan dispar tropezón, un curioso engrudo, mezcla de hippieza y raperidad, hirsutas lanas vs. chándals reflectantes, mugrientas rastafarías junto a abrigos de holgura más que notable, alpargatas negruzcas y gorras ladeás, flautas compartiendo vaso con relucientes collarazos de exconvicto. Una alianza peculiar, de la que desde luego yo no tenía conocimiento hasta ayer. En cualquier caso, un ambiente ligeramente más sano y honesto que el siguiente bar, donde si bien la actividad era exactamente la misma, lo cerrado de la techumbre y la polución del respirable desaconsejaban permanecer allí mucho rato. Como de un tiempo a esta parte la escasa vida nocturna que desarrollo se limita al más estricto alcoholismo, encuentro cada vez menos temas de conversación, y no sé cómo acabé voceando la receta del cóctel molotof a la oreja de un amigo. Lo hago mucho, últimamente, escribo esta receta una y otra vez en diferentes formatos y soportes, detallando cada etapa del proceso y explayándome en avisados consejos sobre su elaboración. No sé muy bien por qué lo hago. Se me ocurre distribuir estas instructivas octavillas para su dominio público, pero al punto recuerdo la endémica memez del íbero medio, ese bruto, y prefiero no propagar aún más este tipo concreto de conocimiento práctico para no acabar yo mismo en llamas.
Afectado seguramente por algún panfleto que sin querer leí anoche, medito acerca de las actividades que desarrolla mi grupo de afinidad, esto es, aquellos que llevan tanto tiempo siendo amigos que uno no puede decir en rigor que los haya elegido. Dichas actividades consisten en el puro esparcimiento, más concretamente la asistencia a tugurios y el consumo de sustancias, entre las que destaca el etílico brebaje, adulterado con gran perfidia las más de las veces. Y pienso que efectivamente este mal llamado ocio ha conseguido absorber completamente las energías y tiempos del grupo, cuando no acortado gravemente su esperanza de vida, previniendo muy astutamente que la sobriedad y otras lucideces nos hubieran hecho preferir la sedición.
Es por ello que a partir de ahora me referiré a todas estas actividades presuntamente lúdicas y de seguro nocturnas como “El Hocio” siendo nombre de probada sonoridad y porcinas resonancias.
Ayer fui convocado al camarote del jefazo melindroso. Tiene la lela costumbre de cerrar la puerta de su despacho y subir el volumen de su televisor para que nadie escuche lo que dice desde el exterior, costumbre ridícula si pensamos que nunca ha dispuesto de información sensible, y más que hablar balbucea, llegando a articular verdaderas andanadas de sílabas inconexas que pueden durar hasta el medio minuto. Pues bien, no sé qué ha hecho al tocar el mando que han aparecido un par de tetas en la pantalla, bien restregadas por las manos de su dueña, húmedas y jabonosas bajo la ducha.
Me ha contado lo mismo que a los demás, muy diplomático, admitiendo que lo de renovar mes a mes es una "canallada", pero recordando que en la casa directamente no se renueva, y que de hecho aún tiene que aprobárselo el jefazo de personal. O sea que igual ni eso.
Así que en lugar de escuchar, me he recreado en la imagen de las tetas enjabonadas para, lastre y ceporro, decir a todo que sí.
Creía que era yo quien imitaba a este hatajo de mercachifles viciosos y podridos de cudicia. Eso creía, pero es al revés. Son ellos los que se comportan ahora como yo, los que aborrecen su negocio y repudian este vano amasar las horas. Todo el día hurgando internet como quien se hoza los esfínteres, mascando este insípido y resobado chicle, absentismo virtual, huelga encubierta.
-Sí, sí, déjamelo ahí que ahora lo hago.
Mentira. Sigue diciendo marranadas en algún sórdido chat.
Infectados de mi purulencia, de mi afición al atentado por omisión y desgaste. La furia pustular que en tiempos me hiciera conducirme con violencia y a traición ha dado paso a un nuevo método si cabe más sutil e indetectable, un continuo y venenoso peerse del espíritu que por doquier propaga bufidos de pereza e incita a una suerte de rebelde catatonia, inoculando en cuantos me rodean la ferviente y ponzoñosa vocación de ser lastre.
Lo sé porque lloran. Yo jamás lloro, tengo los conductos lacrimales desecados y si algún día aciago hubiera de brotar algo de ellos, sin duda sería un espeso y bituminoso mucílago que a nadie conmovería.
Pero lloran porque he conseguido hacerles sentir, como yo, esclavos.
Ponen la misma cara que aquella nínfula a la que, a través de la verja del instituto, le dije: “Si te gusta el colegio, el trabajo te va a encantar”. En vano, mis avinagrados encantos fallaron de nuevo y no hubo modo de llevarla a la cama.
Resultó al fin que su coqueteo era frívolo y sucio juego. Tanto aguantar sus peroratas de niña herida, sus interesados arrumacos, su lascivia incontenida, todo para nada. Abrumada por la figura de un padre conquistador y crápula cuya atención sólo conseguía atraer en forma de bofetadas, este pequeño súcubo va por ahí faciendo entuertos y desmanes por los que ser castigada, encontrando un placer morboso en los azotes que de este tortuoso modo obtiene. He jugado el juego un rato, pero ya me harté del moho de su espíritu y de sus besos con anzuelo.
Me pesa hoy especialmente la resaca. Es todo lo que saqué en claro de la pasada noche, a beber, otra vez. En el patio interior de una casa ocupada por muy diverso público. Los habituales del panc, caballeros solventes con chaqueta de pana, carteristas dando abrazos gratis. Y haciendo amalgama de tan dispar tropezón, un curioso engrudo, mezcla de hippieza y raperidad, hirsutas lanas vs. chándals reflectantes, mugrientas rastafarías junto a abrigos de holgura más que notable, alpargatas negruzcas y gorras ladeás, flautas compartiendo vaso con relucientes collarazos de exconvicto. Una alianza peculiar, de la que desde luego yo no tenía conocimiento hasta ayer. En cualquier caso, un ambiente ligeramente más sano y honesto que el siguiente bar, donde si bien la actividad era exactamente la misma, lo cerrado de la techumbre y la polución del respirable desaconsejaban permanecer allí mucho rato. Como de un tiempo a esta parte la escasa vida nocturna que desarrollo se limita al más estricto alcoholismo, encuentro cada vez menos temas de conversación, y no sé cómo acabé voceando la receta del cóctel molotof a la oreja de un amigo. Lo hago mucho, últimamente, escribo esta receta una y otra vez en diferentes formatos y soportes, detallando cada etapa del proceso y explayándome en avisados consejos sobre su elaboración. No sé muy bien por qué lo hago. Se me ocurre distribuir estas instructivas octavillas para su dominio público, pero al punto recuerdo la endémica memez del íbero medio, ese bruto, y prefiero no propagar aún más este tipo concreto de conocimiento práctico para no acabar yo mismo en llamas.
Afectado seguramente por algún panfleto que sin querer leí anoche, medito acerca de las actividades que desarrolla mi grupo de afinidad, esto es, aquellos que llevan tanto tiempo siendo amigos que uno no puede decir en rigor que los haya elegido. Dichas actividades consisten en el puro esparcimiento, más concretamente la asistencia a tugurios y el consumo de sustancias, entre las que destaca el etílico brebaje, adulterado con gran perfidia las más de las veces. Y pienso que efectivamente este mal llamado ocio ha conseguido absorber completamente las energías y tiempos del grupo, cuando no acortado gravemente su esperanza de vida, previniendo muy astutamente que la sobriedad y otras lucideces nos hubieran hecho preferir la sedición.
Es por ello que a partir de ahora me referiré a todas estas actividades presuntamente lúdicas y de seguro nocturnas como “El Hocio” siendo nombre de probada sonoridad y porcinas resonancias.
Ayer fui convocado al camarote del jefazo melindroso. Tiene la lela costumbre de cerrar la puerta de su despacho y subir el volumen de su televisor para que nadie escuche lo que dice desde el exterior, costumbre ridícula si pensamos que nunca ha dispuesto de información sensible, y más que hablar balbucea, llegando a articular verdaderas andanadas de sílabas inconexas que pueden durar hasta el medio minuto. Pues bien, no sé qué ha hecho al tocar el mando que han aparecido un par de tetas en la pantalla, bien restregadas por las manos de su dueña, húmedas y jabonosas bajo la ducha.
Me ha contado lo mismo que a los demás, muy diplomático, admitiendo que lo de renovar mes a mes es una "canallada", pero recordando que en la casa directamente no se renueva, y que de hecho aún tiene que aprobárselo el jefazo de personal. O sea que igual ni eso.
Así que en lugar de escuchar, me he recreado en la imagen de las tetas enjabonadas para, lastre y ceporro, decir a todo que sí.
domingo, 8 de marzo de 2009
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