viernes, 18 de abril de 2008

Paciencia Infinita

Por diversos azares de la vida que no vienen al caso conseguí un empleo temporal, concretamente por tiempo de dos días, sábado y domingo a la sazón, desempeñando funciones de ordenanza en una biblioteca universitaria. Mis intentos de volver a trabajar como profesor particular habían sido un absoluto fracaso y sólo me proporcionaron magulladuras en la nariz, fruto del sonoro portazo con que las madres, asustadas de mi apariencia, ponían metal de por medio entre sus hijas y mi persona. ¡Y todo ello a pesar de que, siendo invierno, llevo mi pústula convenientemente oculta bajo el suéter! No acaba de ser ésta una solución convincente, toda vez que mi gata tiene a bien arañarme a traición, no sé por qué, las manos, que no quedan ocultas por el niki, y por tanto se muestran heridas por cicatrices purulentas en las que todo el mundo repara, pero sobre las que nadie pregunta. Y casi oigo el maquinar de su perversa y obesa imaginación, casi se me aparecen las imágenes que se figuran, y en las que me suponen truhán de turbio pasado, navaja fácil y amigo de trifulcas.

El trabajo era sencillo, y por eso complicado. Consistía en no hacer nada más que sentar en una silla durante varias horas, detrás de un mostrador. He conocido empleos sin duda más arduos, pero yo no soy persona que se esté quieta fácilmente, y menos presenciando el desfile de ninfas que entraban y salían continuamente de la biblioteca. Azorado, hube de aflojarme el cuello de la camisa numerosas veces, y me revolvía inquieto en el asiento, presa de violentos sofocos. Por si semejante suplicio no bastare, mi compañera era dignísimo ejemplar de envra joven, qué digo digno, magnífico. Estaba su belleza elevada a la enésima potencia y engranada a su hermosura, que deslumbraba tanto por su excelencia como por lo óptimo de sus rasgos. Y cuando dicho engranaje poníase en movimiento, uno quedaba como hipnotizado y apenas era capaz de balbucir unas cuantas estupideces. Empero, era su alma asaz bondadosa y alegre, y a todo respondía con una sonrisa.

No tardó en entrar en escena el amigo novio, un celoso perro que continuamente la interrogaba con modales bruscos y groseros, y la sometía a castigos cada vez que consideraba que había ella cometido una u otra falta. Sorprendíme de que ella consintiera tal conducta, siendo a todas luces evidente que, con un solo chasquear de sus dedos, tendría a su disposición todo un ejército de temperamentales seguidores que ejecutarían cualquier deseo suyo con devoción de “hassassin”. Lo achaqué a su carácter generoso, que como en tantos otros casos disuade al oprimido de levantarse contra quien le pisotea. Pero también a su tierna edad, pues era ella diez años menor que yo, hecho que por otra parte teníame conturbado. Afortunadamente, me decía, yo alcancé hace tiempo ya la fortaleza de carácter necesaria y suficiente para erguirme contra las injusticias que he de afrontar en mi camino; pero es cierto que no siempre fue así, y es que de joven fui débil y timorato, y dejéme atropellar por grandulones y aprovechados varios, amén de perder numerosas ocasiones de coito juvenil, lances éstos en los que habitualmente era sustituido por esos mismos grandulones y aprovechados varios. Ahora, y sonrío cada vez que lo recuerdo, ahora ya no. Ahora monto en cólera, ahora me indigno, me enfrento a matones y montoneros con el dedo enhiesto y la vena cava inflamada de ira justiciera, es mi brazo ejecutor implacable que barre a mis enemigos, como con el niño ese de los petardos.

Pero no esta vez. Quizá me debilitó el encantamiento a que su supremo olor me tenía sometido, quizá si me hubiera pedido ella socorro, pudiera haber acudido en su auxilio, pero cuando me quise dar cuenta era domingo y se despidieron de mí, no sin antes darme el amigo novio un impertinente apretón de manos. Lo que no sabía aquel imbécil, y es algo que me hace reír cada vez que lo recuerdo, es que mis manos estaban cubiertas de llagas y heridas infectadas por las garras de mi gata. ¡Seguramente se retuerce ahora en su lecho, entre sudores fríos, lívido y desencajado el rostro, presa de la mixomatosis!

jueves, 17 de abril de 2008

Resaca y hambre

Las innúmeras cervezas con que acompañé el dicho biftec produjéronme a la mañana siguiente resaca despiadada. He deducido tras haberlo observado en multitud de ocasiones que con el tiempo hay alguna parte del cerebro que se oxida o enreda, anudándose tal vez sobre sí misma y enmarañándose en demasía. Y al igual que la hiedra produce de continuo ramas, hojas y zarcillos, así el pensamiento y el discurrir nervioso se ramifican y retuercen en complejos arabescos que no tardan en sobrecargar el conjunto, haciendo que se hunda sobre sí mismo por su propio peso. Y si es la cruda y gélida hoja del hacha del jardinero quien hace poda masacre en la materia vegetal, así el alcohol, bebida espirituosa sobre todas, es quien con mimo de botánico inglés amputa las partes del mi cerebro que estorban su correcto funcionar. O lo detiene sin más, no estoy seguro. El caso es que, tumefacto el pensamiento por obra y merced de la purificadora resaca, salí hoy a la calle a hacer unas gestiones por mi barrio natal. Encontréme allí multitud de hembras deliciosas, que no abundan en el arrabal donde ha lugar mi vivienda, y caí pronto en la cuenta de que me estimulaban todas ellas por una sola razón: la lozanía de sus carnes y lo alocado de su indumentaria. Así es: no me gustan las mujeres: me gustan las jóvenas. Sus miradas atolondradas propias de los dieciseis años, sus medias de rayas, sus pelos estrafalarios y sobre todo su no haber puesto aún los pies en la tierra.

Descubrir esta gilipollez me produjo gran gozo, pues ya creía muerta mi libido, y me metí en el coche haciendo repaso de cuanto llevaba en los bolsillos: un chorizo de Cantimpalo, un cedé con un viejo videojuego FPS y una biografía de Nietzsche escrita por una dama que presumía de haber sido su amor inalcanzado y frustrante. Tres sórdidos objetos por los que me dejaría definir, sin duda. Volví a casa con la ventanilla bajada, a pesar de estar a primeros de enero, y con la resuelta intención de volver a dar clases particulares a domicilio.

Llegado ya a casa y tras la masturbación habitual, no supe qué más hacer. Mi televisor lleva meses estropeado y me niego a comprar uno nuevo, por otra parte mi radio ha demostrado no ser un sustituto aceptable, toda vez que lo único que retransmite son improperios y mamarrachadas. Así que una vez más hice repaso de las misteriosas anotaciones que hay desperdigadas por mi casas, garabateadas como ya he dicho por un bolígrafo azul. Persuadido de que estas incoherentes palabras encierran algún significado oculto, opté por ejecutar sobre ellas operaciones aritméticas de muy diversa índole, que ahora no recuerdo del todo bien. Quizá asigné a cada letra un número, hallé la suma total, lo dividí por el número de palabras, representé las ristras de números resultantes en un sistema de coordenadas, primero plano, y luego de 3, 4 y 5 dimensiones, hallé las razones trigonométricas de las figuras que de este modo se me aparecían, y finalmente obtuve una secuencia de cinco números más dos complementarios, lo que evidentemente era una secuencia de números de la lotería. El mensaje era claro: debía apostar todo mi dinero por esta combinación, y hacerlo sin pensar y cuanto antes, pues es del dominio público que la fortuna favorece a los audaces. De ello vengo, y si bien mi capital al completo no sumaba más de siete euros, tengo la satisfacción que emana de la inversión cabal y juiciosa, y el convencimiento inmutable de que en breve mi despropósita hazaña será recompensada.

miércoles, 16 de abril de 2008

Herodes

El intento de seppukku fue una bochornoso ejercicio de impotencia. El tal acero toledano demostró ser de factura deleznable, digno de figurar en el stock de un vendedor de crecepelo, y doblábase de manera harto cómica e inapropiada cuando lo intenté clavar en mi panza. Tanto el filo como la punta de dicho fierro resultaron ser romos cual tijera infantil, de manera que más me hubiera valido acometer el intento autolítico aguantando la respiración. Iracundo, salí a la calle empuñando el mandoble, dispuesto a conducir hasta Toledo y cantarle las cuarenta al charlatán que me lo vendiera, años atrás.

El primer obstáculo resultó ser mi memoria, pues hacía ya días que no cogía el coche y me era imposible recordar dónde lo había aparcado. Mientras deambulaba perdido por las calles en las que suelo dejar mi vehículo, mirando a mi alrededor en su busca, seguí sin querer ni darme cuenta a un grupo de infantes que se disponían a detonar unos petardos. Primero metieron un puñado en un vaso y tras encenderlo echaron a correr, y fue su carrera lo que llamó mi atención, no una explosión que finalmente no tuvo lugar. No tuvieron redaños de volver a por su defectuosa munición, temerosos de que explotara justo en el momento de recogerla, en lo que hubiera sido un arrebato de justicia poética que de seguro me habría hecho prorrumpir en sonoras risotadas a su costa.

Pronto me los crucé de nuevo, volviendo de una calle cortada a la que me había asomado en busca de mi coche. Me reconocieron, lo cual no suele ser difícil pues la imagen que proyecto posee una gran pregnancia, y andar empuñando un curvo acero toledano siempre subraya esta característica. Quizá sospecharan de mí y tomáranme por policía. Entonces se encontraban prestos a depositar una carga explosiva en el interior de una papelera, y al acercarme yo a ellos, buscando mi coche como ya he dicho, interrumpieron su tropelía y disimularon de modo lamentable. Uno de ellos incluso me puso gesto de mafioso, a pesar de que su físico prepúber y propenso a la obesidad le restaba toda autoridad imaginable. Lo risible de la situación me hizo dar grandes carcajadas en su cara, algo que irritóle en extremo y le llevó a darme una mala contestación. Ni por un momento pensé consentirlo, y para acallar su insolencia, descargué poderoso mandoble sobre la cabeza del impertinente que había dicho una palabra más alta que otra. Mi fierro justiciero demostró que sí podía ser dañino si se blandía con brío y energía, y para elevados fines. El bisoño desplomóse, no sé si cadáver, sobre la acera, y sus compadritos, haciendo gala de la más repugnante cobardía, echaron a correr en opuestas direcciones.

Pavoneándome por la acera continué mi paseo hasta dar por fin con mi coche. Pero el suceso habíame templado el humor, y en lugar de ir a Toledo me acerqué a un restaurant conocido y pedí un biftec.

viernes, 11 de abril de 2008

Seppuku

Hoy llego a la conclusión de que mi vida no tiene sentido ni rumbo ningunos. Mi desbocada y fogosa pasión sexual, la que otrora fuera mi único norte, ha decaído lamentablemente hasta apagarse de manera casi imperceptible. Ello se debe sin duda a mi larga exposición a las radiaciones del monitor del ordenador, y tal vez a una mala postura a la hora de sentarme. Perdido el rumbo, ya no tiene sentido continuar este vagamundear. No hace mucho intenté reengancharme a la vida nocturna urbana, en el más absoluto vano. Mi organismo repudia los diferentes licores, y caigo presa de furibundos catarros cada vez que fumo. Por descontado, me muevo en una completa incompetencia en el ámbito de la seducción, toda vez que regurgito los alcoholes que haya ingerido al dirigirme a cualquier doncella, al tiempo que pierdo el control de mis esfínteres y el juicio se me nubla de modo que simplemente emito unos estertores balbucientes y húmedos de espesa saliva. Considerado todo ello, he estimado oportuno ejecutar un seppukku ritual y poner fin a esta caótica y vana existencia. Para ello dispongo de un acero toledano, réplica del que una vez blandió Carlos Quinto. Apenas acabe de escribir estas palabras, me arrodillaré en el suelo de mi alcoba y rubricaré con sangre este mi lacónico y postrer testimonio. Dejo a otros las angustias y padecimientos de esta hueca vida de asno, convencido de que es imposible alcanzar la alegórica zanahoria que oscila ante la humana nariz.

¡He dicho!

P. S: Lego mis magras posesiones al Ejército de Salvación, a modo de póstumo sarcasmo. Hago excepción de mis juegos de Tente, los cuales habrán de ser embalados y facturados al señor embajador de Burkina Faso, quien deberá elaborar con ellos una construcción congruente y significativa, utilizando todas las piezas y antes de 48 horas. De no conseguirlo, encomiendo a mi casera la tarea de extirparle las gónadas a susodicho diplomático sirviéndose de unos cubiertos de picnic. Para ello dispondrá de un plazo que expirará el Miércoles de Ceniza del presente año. Caso de mostrarse incapaz, ya fuere por no disponer de instrumental apropiado o por exceso de escrúpulo, doy por saldadas las mensualidades que le adeudo y establezco por la presente que sea objeto de público escarnio y abucheo, hasta el fin de sus días o el advenimiento del Apocalipsis, lo que ocurra antes.

jueves, 10 de abril de 2008

Call of Durruty

Infinitamente superior es el nuevo juego que ocupa ahora mis horas, en el que encarno a un soldado ora soviético, ora inglés, ora americano. Afortunadamente es una versión italiana del juego, con lo cual todo el mundo parla cosí, independientemente de su nacionalidad. Para una más intensa vivencia, empleo como banda sonora un dueto de himnos a cual más belicoso: la versión de la pieza de Beethoven que aparece en la Naranja Mecánica, bellamente elaborada con sintetizadores, y el Duel of the Fates de la moderna guerra de las galaxias. Al lado de estas enardecedoras arengas musicales, la cabalgata de las Walkyrias wagneriana parece un amanerado tarareo de Brigitte Bardot, y me siento en verdad capaz de barrer al tercer Reich de un plumazo. Siendo justa la causa, pérfido el enemigo y épico el paisaje donde se desarrolla la acción, he superado los terrores nocturnos que el Doom me hacía padecer, e igualmente paso la vida recluido en mi habitáculo cilindro.

Una gata negra fáceme ahora compañía, y es en verdad bello animal, si bien dotado de muy predadores instintos. Sus juegos consisten en emboscarse bajo una silla o el mantel y saltar como negra heralda de la muerte sobre aquel objeto con el que atraigo su atención. He descubierto además que la mayor parte de los juguetes le resultan indiferentes, prefiriendo sobre todas las cosas morder la blanda carne de mi mano. Y me escandalizo sobremanera por lo sangriento de sus impulsos y juegos, para caer pronto en la cuenta de que no muy distintos son los míos, que se reducen a un simulador de guerra. Disparar, acechar emboscado, el rifle de francotirador es mi juguete favorito. Pero ¡no teman! En sociedad soy completamente inofensivo. Hoy mismo tengo una cita, una juerga drogadicta en casa de un recién emancipado amigo, y en verdad amigo de la infancia, de amplia sonrisa, rudo y viril, canalla y franco al mismo tiempo. Todo indica que debería ir, pero mis eremitas costumbres están ya muy arraigadas, y seguramente prefiera la compañía de mi gata y migo mismo a la de treintañeros solventes.

viernes, 4 de abril de 2008

Doom Doom Pacheco

Después de tres o cuatro días seguidos jugando al Doom, no pude más y salí a la calle a emborracharme. Ya había padecido arrebatos semejantes en mi tardoadolescencia, pero esta última vez ha sido decididamente peor. Como entonces, cada vez que cierro los ojos veo esos escenarios tenebrosos y sangrientos, opresivos. Nada de los amplios espacios abiertos y bien iluminados, ningún paisaje fantástico extraterrestre con los que me había ensoñado en las ediciones primera y segunda. Esta nueva y sofisticada tercera entrega había sucumbido al hiperrealismo que permite el desarrollo tecnológico, perdiendo cualquier rastro de componente lúdico y consistiendo únicamente en la vivencia de una intensa pesadilla, una oscuridad permanente que debe ser horadada con mi linterna, la linterna del personaje, la cual no puede empuñar al tiempo que empuña un arma, de modo que continuamente el jugador se ve sometido al pavoroso dilema de tener que escoger entre poder ver o poder defenderse, una defensa ciega, disparar metralla en todas direcciones, aterrado. Cierro los ojos y veo eso, caminando por mi casa tiendo a empuñar una linterna imaginaria en lugar de apretar los interruptores reales.

Seguramente también contribuye el hecho de que mi casa parece estar en perpetua penumbra y soledad. Sólo me acompañan un puñado de hojas de cuaderno cuadriculado en las que un boli azul escribió una vez algunas palabras. Para mayor esquizofrenia pienso en inglés, porque mi tele se ha roto y me he bajado un montón de series británicas. Ya no escribo más que estos desvaríos, ya no dibujo, no tomo fotos, no grabo, no fumo porros, no hay placer en nada de lo que hago. El suelo se ha esfumado bajo mis pies, y todo lo que hay debajo es un vacío que a cada día que pasa se vuelve más vertiginoso. Manoteo desesperado, a ciegas, sin linterna y desarmado, palpando en busca de algo a lo que aferrarme, pero todo se evapora como el humo apenas lo rozo.

Mi pústula, a pesar de que ya no me la toco, o quizá por eso, ha ennegrecido y parece una mancha, un pecado indefinido, desconocido e imposible de lavar. Creo oír ruidos y susurros en esta casa solitaria cuando estoy en mi cama por la noche, me cuesta dormir, lo cual es lógico porque ya no tengo ocupación alguna a la mañana siguiente.

Es aún peor escarbar en mi pasado en busca de algo a lo que agarrarse, porque nada de lo que encuentro me parece relevante y en cualquier caso ya no está. Sólo quiero gastar lo poco que tengo en emborracharme como un cerdo.

Por eso salgo a la calle.

¡Mentira! Me quedo y echo otra partida.

lunes, 3 de marzo de 2008

Incidentes

Salí del cine presa de la más furibunda indignación. Aquella película basada en la famosa serie de ironía animada había sido una deprimente experiencia de vejez y decadencia. Fui el primero en entrar y sentarme en la butaca, y enseguida me di cuenta de que el resto del público asistente lo componían adolescentes frívolamente decorados con pulseritas de colores y bañadores surferos, quienes por si fuera poco entraban por grupitos, una vez ya empezada la proyección. Para colmo, apenas encontraban su asiento y se decidían a callar sus risitas afeminadas y prestar atención a la película, abrían unas ruidosas bolsas de palomitas y daba comienzo un estruendo plástico y un crujir de dientes irritante en extremo. El grupito que estaba reunido a mi nuca resultó especialmente molesto, toda vez que reían aquellos acontecimientos que no tenían gracia alguna (los batacazos y lesiones de los personajes) y callaban como bobalicones cuando por fin brillaba el ingenio y el saber hacer en alguna frase, y en esos casos era yo el único en soltar una risotada, que en aquel ambiente, debo admitirlo, sonaba senil.

Cuando uno de aquellos aspirantes a consumidor de coca-cola tuvo la desfachatez de plantar sus pies enchancletados sobre el respaldo de la butaca vecina a la mía, es decir, a medio palmo de mi cara, ya no pude contener más mi justa indignación. Me revolví y vociferando le insté a que guardara las formas y el debido respeto, pero no pude dejar de notar que a semejante bisoño le acompañaban dulcísimas ninfas de piel tersa y tostada al ocioso sol de piscina de urbanización. Iracundo por la terrible injusticia que ésto suponía, mi reprimenda fue a más, hasta que de un manotazo hice volar la bolsa de palomitas que sostenía ridículamente entre sus manos, desperdigando su contenido por los aires. Y así fue como abandoné la sala, al grito de “¡Matt Groening debe estar revolviéndose en su tumba!”

Luego me senté en una terraza y engullí cerveza tras cerveza hasta que olvidé el desafortunado accidente. Caí pronto en la cuenta de que había gastado todo mi dinero en la entrada de cine, así que aprovechando un descuido del camarero me giré y me escabullí calle arriba. Al llegar a casa, encontré una hoja cuadriculada que, arrancada de su cuaderno, decía así:

“Primer postulado:
Toda manifestación cultural, sea de la índole que sea, no es más que la expresión más baja e inmunda de que es capaz la humanidad, y debiera avergonzar a quien la realizare.
Segundo postulado:
El patriotismo es un sentimiento propio de catetos inorantes, pollinos descerebrados que no conocen a Dios y, no teniendo alma propia, se identifican con lo más superfluo, accidental y anodino de sí mismos.

De ambos postulados extraemos un corolario que reza:

2 zanahorias
cebolla a go-go
pimiento
ajo
vino blanco o txakolí
y
medio kilo de carne de horca.”

Se trataba sin lugar a dudas de mi letra. Maravillado por mi elocuente prosa y no menos llamativa pluma, quedé reflexionando tumbado en la cama, dando vueltas incapaz de dormir debido al gran calor, y es que la canícula ejercía su fogoso imperio con puño de hierro al rojo. ¿Cuándo había escrito aquello? Me era imposible recordarlo. Sí es verdad que a veces me despierto a mitad de la noche con un montón de palabras en la cabeza, que giran y giran en espiral, provocándome un vértigo que causa mi despertar, y ya no soy capaz de dormirme de nuevo, he de levantarme en duermevelas y anotar en un cuaderno lo que rondare la mi cabeza. A la mañana siguiente, por tanto, no me sorprendo del todo si encuentro una hoja de cuaderno arrancada en la que un bolígrafo azul ha garabateado una Oda a M. A. Baracus.

El día siguiente no pudo ser más banal. Mi sentencia de beca se ejecutaba conforme al plan: en pleno agosto, la oficina estaba prácticamente desierta y mi carga de trabajo, ya de por sí ridícula, se había desvanecido.

A la vuelta, aburrido, decidí sacar mi cámara de fotos mientras conducía, para fotografiar a los coches que me rebasaban por la izquierda, a una velocidad notablemente superior a la permitida. No tanto por tener una fotografía del infractor, sino por lanzar un flash que incomodara a este amigo del delito haciéndole pensar que la fotografía había sido realizada por un radar, y que en la siguiente curva sería arrestado por una pareja de la guardia civil que le llevaría preso. Era éste un divertimento con el que entretenía a menudo tanto a la ida como a la vuelta del trabajo, realmente ameno debo decir, ya que la reacción habitual del que sentía mi flash acusador por el rabillo de su ojo, o reflejado en su retrovisor, era levantar bruscamente el pie del acelerador, cuando no frenar de un modo harto peligroso para los coches que marchaban tras él, igualmente excediendo el límite de velocidad y merecedores por tanto de verse envueltos en un choque en cadena.

Esta actividad provocaba en mí gran gozo y movíame a risa. No me había yo parado a pensar el riesgo que implicaba, puesto que podía acontecer que el conductor puesto en evidencia por mí descubriera que el flash procedía de mi vehículo, un viejo y destartalado Force Fiesta que en ningún caso podría estar conducido por un agente de la autoridad, de puro mugriento y cochambroso.

Algo así tuvo lugar entonces: justo tras flashear in fraganti a un viejo Simca que me rebasó a por lo menos 140 km/h (siendo el límite legal en la carretera de Colmenar de 100 km/h, como todo triste oficinista que la transite sabrá) éste reaccionó frenando enérgicamente primero, y enseguida poniéndose ante mí de un volantazo. Sin duda me había descubierto, tal vez por casualidad el copiloto miraba hacia atrás en el momento en que apreté el disparador, y pudo verme con una mano en el volante y la otra empuñando la camarita. Mi sonrisa se deshizo como el humo, ante la evidencia de que quienes pilotaren aquel Simca no eran capaces de apreciar mi sutil e ingeniosa broma. Frenaba con rabia, obligándome a esquivarle, escorándome cada vez más hacia el arcén, hasta que por fin perdí completamente el control del coche y derrapé en la cuneta.

Comprendí que aquello no iba a ser fácil cuando ví salir a dos tiparracos de aspecto infame armados con barras de hierro. Uno de ellos se acercó a mi ventanilla y cuando estaba entreabriendo mi puerta para pedirle explicaciones por lo grosero de su conducción, la cerró de un patadón, y procedió a golpear salvajemente la ventanilla con su barra de hierro. El cristal saltó hecho añicos, naturalmente, y hube de acurrucarme para evitar que las esquirlas echaran a perder mi hermoso rostro. A través de la destrozada ventanilla, semejante energúmeno asomó las fauces y me exigió que le entregara la cámara. Consideré oportuno ceder y tolerar semejante atropello por aquello de preferir el mal menor. Pero no les pareció suficiente.

Querían saber quién era yo y a qué me dedicaba, y mis explicaciones les parecieron tan poco satisfactorias que creyeron que les tomaba a pitorreo, de modo que la emprendieron a golpes con mi coche y migo dentro. La carrocería del viejo Force Fiesta cedía a cada mandoble, pero justo cuando ya lo daba todo por perdido vino en mi auxilio una sirena derrapando.

No me atreví a salir de mi maltrecho Force Fiesta, pero por el astillado espejo retrovisor pude ver cómo la pareja de la guardia civil salía del vehículo, mientras los dos agresores dejaban caer con disimulo el tramo de cañería y la palanca con los que me habían atacado, y los empujaban bajo mi coche con el pie y un silbido despreocupado. La benemérita exigió una explicación para tan ridícula escena, cuando de pronto unos golpes sordos que parecían proceder del maletero del Simca atrajeron su atención. En la escaramuza que siguió vi la ocasión de escapar de allí, y con un enérgico derrape en la gravilla de la cuneta puse de nuevo en movimiento mi tullido Force Fiesta.

No estaba lejos de la lujosa mansión de mi amigo Hunter, sita en una urbanización que llevaba el pomposo nombre de “ Cayos de Aravaca” Consideré oportuno pasar allí unas horas, y tuve la suerte de que Hunter estuviera en casa, acompañado de un amigo común.

Enseguida olvidé el truculento suceso del que acababa de escapar, pues Hunter y el amigo común mantenían una acalorada discusión, sazonada con el extracto de cactus de San Pedro que habían consumido. Hunter chupaba de una cuchara en la que aún quedaban restos de algo negro, denso y muy pegajoso, proceder que el amigo común condenaba y aborrecía con una mueca. Al parecer el amigo común había buscado en Guguelerz el piso de protección oficial que le había tocado, sito en una ciudad dormitorio. Lo descubría entonces, merced a la visión satelital, y se lamentaba por la notable forma de colmena que presentaba el que habría de ser su siguiente y último hogar. Hunter procedía a consolarle enumerando los hipotéticos beneficios de aquel aborregarse, cierto es que sin mucha convicción. De súbito prorrumpió en fuertes toses, que trató de mitigar acurrucándose hacia los cojines del sofá. O eso pareció en un primer momento, porque amortiguada por efecto de los almohadones creí oír no una tos, sino una frase:

-¡No puedo mentir: ES UNA MIERDA!

Y atónito contemplé como Hunter erguíase de nuevo, profiriendo nuevas toses que forzosamente parecían falsas y protocolarias.